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[ARTICULITO 32] ¿Qué es eso de la ética?

Tu destino está en los demás
tu futuro es tu propia vida
tu dignidad es la de todos
José A. Goytisolo

Este es el tema, que en el Articulito 30, donde hablamos de la producción y productividad, habíamos propuesto de último de una serie de temas para continuar. Pero frente al hecho de que vivimos, sin duda, en una sociedad donde el concepto de ética esta tan manipulado que la ética misma se ha hecho postiza, pensamos que debemos tratarlo primeramente. Seguramente algunos pensaran que este no es un tema económico y tendrán razón, pues si algo carece de ética es la economía, ya lo hemos dicho antes, la economía no es sino la guerra llevada por otros medios, con la intermediación, muy interesada, de la política.

Pero bueno, comencemos por el principio. Comencemos por aproximarnos a lo que puede ser una ética desde una visión que pretenda ser revolucionaria (que es en el fondo la única visión que nos interesa discutir y perdonen si este texto resulta un poco largo).

En términos formales la ética se ha ocupado y preocupado siempre del problema del comportamiento humano. En ese sentido lo moral o lo ético son formas de conocimiento que determinan, o dicen cosas acerca de, lo que es bueno y lo que es malo, y de lo que podría ser verdad. Ese modo de conocimiento, debería estar presente en la conciencia de cada persona como un saber esencial que se ocupa de lo que se debe o no se debe hacer, particularmente frente al comportamiento colectivo. Los conceptos y creencias sobre moralidad y ética, son habitualmente generalizados, codificados (hasta cosificados) y mediatizados en esas cosas que llamamos “culturas” y que en el fondo no son más que los mecanismos de control social que el sistema hegemónico impone a los pueblos, manipulando sus necesidades en determinados momentos o situaciones, hecho este que determina que la ética y la moral sociales, van cambiando para adaptarse, esencialmente, a las necesidades del mercado, que en el fondo es el elemento desde el cual y para el cual se generan dichas “culturas” (en otro momento deberíamos tratar el asunto de la cultura, sin comillas).

Así, el problema pareciera que no pasa de ser una cierta adaptación del individuo para poder sobrevivir a las exigencias de la sociedad, o visto desde otro ángulo, una adaptación de nuestro comportamiento visible para poder ser aceptados por la sociedad y poder así, alcanzar o mantener determinados privilegios. Trabajando este concepto (el de ética, específicamente) en clases con un grupo de Comunicación Social, una estudiante llegó a la siguiente conclusión: “Podríamos decir que la ética es todo aquel conjunto de comportamientos socialmente necesarios que debemos cumplir mientras nos están viendo.”

Pero, y ¿qué pasa cuando, para acabar de complicar el asunto, intentamos pensar la cuestión desde el comportamiento de una persona que pretenda ser revolucionaria, es decir una persona que declaradamente dice trabajar por la construcción de un mundo nuevo, de una nueva sociedad? Y por supuesto cuando hablamos de una nueva sociedad, cuando estamos pensando en una sociedad no capitalista, que es la única posibilidad de que sea nueva, pues cualquier otra cosa sería simplemente formas metamórficas del mismo viejo asunto. Es decir cuando estamos hablando de una sociedad regida, entonces, por otra ética y otra moral, que por razones simples, elementales, debieran ser revolucionarias.

Lo real es que el problema de la ética postiza, como la calificábamos al principio, no es solamente un problema de comportamiento de los individuos fetichizados por el mercado, sino que también es un asunto que atañe, muy particularmente atañe, a esas personas que resultan ser los sujetos de la pregunta hecha anteriormente.

Muchas veces se resuelve la cosa de manera simple, simplista más bien; y se dice que como somos revolucionarios debemos romper de cuajo con la moral y la ética del capital. Y lo hacemos, pero sin sustituirlas por nada. Es decir decimos que hemos abandonado la ética del capital, pero desde el momento mismo en que no construimos una nueva, estamos simplemente mintiendo, pues seguimos regidos (fetichizados) por las normas y condiciones de la ética que decimos rechazar. Mentimos fácilmente, manipulamos cada vez que nos conviene, mantenemos nuestras condiciones de consumo o inventamos unas nuevas, pero de consumo igual, justificamos la falta de calidad y nuestra ineficiencia revolucionaria con el argumento de que “y que podemos hacer si somos hombres y mujeres viejos viviendo en la vieja sociedad”, escondemos nuestra falta de calidad revolucionaria y de coherencia, detrás de una supuesta “liberación” donde la práctica de la libertad no pasa de ser libertad para adaptarnos y “parecer” en lugar de “ser”.

Un cantor nos habla de “arar el porvenir con viejos bueyes”, pero creemos que hablaba de viejos bueyes que arrastren futuro por los surcos y no bestias cansadas que restrieguen pasado en el futuro.

Definitivamente, la ética, en el caso de los revolucionarios, no es algo de lo que se pueda prescindir. No es algo accesorio que nos quitamos y ponemos según nos convenga. Y lo grave es que el proceso bolivariano, este, el único que tenemos, está en peligro, exactamente porque los revolucionarios nos estamos negando a vivir una ética para la vida (que es todo lo que ella es o no es nada) y nos hemos dedicado a vivir de la ética para la muerte, que es exactamente una negación de todo de lo que decimos perseguir.

Quizá todavía estemos a tiempo. Recordemos aquel llamado de Chávez de hace algunos años, donde recalcaba el imperativo de construir una ética revolucionaria y socialista. Cosa que de ninguna manera se puede hacer si nos empeñamos en ser bestias cansadas, capaces solo de restregar pasado. Quizá todavía estemos a tiempo de salir de esta maldita ética postiza que tanto daño le hace al proceso que intentamos por razones vitales.

Aclaremos, en este sentido, algunos puntos. Quizá el primero necesario es aclarar, aclararnos, si la ética de la que hablamos es individual o colectiva.
Al tratar de responder esa cuestión notamos que la respuesta depende esencialmente de qué estamos hablando cuando hablamos de ética. Si hablamos de la ética postiza que nos impone el Capital o si hablamos de la que sirve para destruir esa maldita ética.

Ven, depende de qué estamos hablando: De la ética formal o de la ética para la Revolución. Bueno, seamos claros entonces. Definamos sin dudas de qué ética queremos hablar.

Como revolucionarios estamos obligados a pensar, pensarnos, desde una ética reproductora de la vida, pero esencialmente de la vida de aquellos que tienen negada la existencia de manera esencial, es decir de los explotados, que son a la vez los productores, gracias a su trabajo vivo, de los valores y las riquezas de la humanidad.

Pero además desde una ética donde todos los explotados, absolutamente todos, participen de manera simétrica, es decir por igual, sin ningún tipo de privilegio particular; y estaremos refiriéndonos entonces a una ética donde las cosas son válidas por ser factibles, es decir por ser empíricamente realizables.

Pero además, el asunto pasa por entender que no es un problema simplemente de los pobres; es de las mujeres, de los niños y niñas explotadas, es de los pueblos explotados, de los pueblos sometidos, martirizados por el mercado de la guerra o por el mercado de la estupidez, es decir pueblo empobrecidos.

Y surge aquí el problema de la conciencia. El problema de cómo y cuándo ese explotado asume su condición de tal, se reconoce como tal y comienza a actuar, no para resolver su situación individual, que ahora entiende que no es resoluble individualmente, sino para resolver la situación -hecha condición- de la explotación a nivel global. Es decir, cuando el explotado adquiere, pensándose a sí mismo, conciencia de que o lucha por construir otra ética o muere.

Evidentemente ahí la conciencia, la ética y la moral dejan de ser un asunto simplemente individual y por lo tanto prescindible. Y ahí notamos que si bien la conciencia se inicia a nivel individual solo se realiza a nivel colectivo como única forma de dejar de ser un simple ejercicio formal, es decir la conciencia se torna el elemento constitutivo de la clase desposeída y elemento base de las luchas antagónicas que esa condición genera.

Muy bien. Todo esto suena a teoría (y a lo mejor se va poner peor en lo que sigue). Pero ¿qué pasa en lo concreto?, ¿cómo se realiza este proceso en la práctica revolucionaria? O diciéndolo directamente, ¿cómo el individuo se hace colectivo, se hace pueblo, pasando de ser objeto alienado por el mercado a ser sujeto para sí, de la lucha revolucionaria?.

Sería muy fácil responder aquí, que hacemos la Revolución con lo que tenemos, con las mujeres y los hombres que tenemos, heredados y moldeados por la lógica del mercado, es decir construidos en lo material y en la consciencia como simples mercancías que se compran y se venden; asunto que es falso, pues, el viejo hombre y la vieja mujer, en su propia condición, no hacen revoluciones. Y por favor no estoy hablando de edades. El mercado se ha encargado de que nuestros jóvenes sean, en muchos casos, “jóvenes viejos”, antepasados de sí mismos, sin más.

En Venezuela, en concreto, el asunto es que este proceso que estamos viviendo se inicia con un aluvión social que trajo hasta sus bases de participantes (probables militantes) a personas provenientes de todas las corrientes políticas y de casi todos los estratos sociales. La izquierda en nuestro país nunca pasó, en la llamada IV República, de ser el 3% de padrón electoral. El que haya llegado a mantener un porcentaje de participación electoral superior al 50% significa solamente que la mayoría de esa gente viene de romper con la mentira de su aceptación de la realidad: “nacemos pobres y tenemos que, toda la vida, actuar como pobres”. Lo cual significa entonces que muchas, muchísimas, de esas personas participaron en partidos políticos de la derecha (Acción Democrática y Copey, básicamente), la mayoría de ellos por razones de clientelismo porque la única forma de recibir migajas del sistema era simulando participar. Pero quiere decir también que en esas personas, su única ética social y política es la obtenida de, y a través de, esas prácticas.

Pero eso no sería tan grave, dado que una persona honesta, que comience a hacerse consciente, es decir a romper su yo individual para hacerse sujeto colectivo, puede (y necesariamente debe) modificar y cambiar radicalmente sus principios éticos desde el momento en que asume y desarrolla, realmente una praxis transformadora, revolucionaria. El asunto se vuelve álgido cuando nos enfrentamos a dos situaciones demasiado comunes y particularmente dañinas. La primera, toda esa caterva de individuos que detentando alguna forma de poder en la época adeco-copeyana, se trasladan al proceso revolucionario con toda su “ética” intacta y sin ningún motivo o razón para modificarla, y muchos menos sustituirla. Y la segunda, creo que peor, todo ese segmento de “nuevos” militantes que sin haber tenido experiencia anterior, ya sea por la edad o porque simplemente antes estaban excluidos, asumen su militancia con una “ética postiza”, es decir una que no es “ni chicha, ni limonada…”

Todo esto genera este limbo moral y ético en el que se encuentra el proceso político que vivimos en los momentos actuales y que, de alguna manera, responde la pregunta inicial, pues mientras la ética sea un problema individual (y por ello manejado a conveniencia), todas estas situaciones solo estarán bosquejadas y nunca serán asumidas para resolverlas. La ética comienza a ser revolucionaria desde el mismo momento que decide hacerse colectiva. O dicho más correctamente, el individuo puede alcanzar, construir, una ética revolucionaria (y alcanzar, construir, conciencia de clase para sí) desde el momento en que su praxis social se hace colectiva y por lo tanto su ética se integra en otra ética, totalmente nueva y por esta misma razón deja de ser prescindible.

De aquí se derivan otras consideraciones, quizá la más demoledora es la aparición, en medio de las filas revolucionarias de lo que podríamos llamar una ética de otoño, ya que ni es ética ni es un coño.

Veamos.

Hasta ahora concluíamos que la ética para un revolucionario es una condición no prescindible. Es decir es un asunto del cual un revolucionario no puede prescindir, de la cual un revolucionario no puede carecer. Y eso es determinante.

Pero qué pasa con los revolucionarios que en la práctica tiene varias éticas, distintas entre ellas. Y cada una más adaptada que la otra a sus conveniencias (y las conveniencias que el sistema le impone para conservar privilegios).

Frente a esto solo vamos a decir una cosa que ya dijimos, no es posible, no es válida esa afirmación, cómoda, de que tenemos que conformarnos con lo que tenemos. Es cierto que el futuro se hace “arando el porvenir con viejos bueyes”. Es cierto definitivamente que una puta (y no estamos hablando de las trabajadoras sexuales, que en muchisimos casos son unas damas) o un ladrón pueden llegar a ser (y lo han hecho) completos revolucionarios. Pero es absolutamente inaceptable un revolucionario (que porque todavía es el hombre o la mujer viejos) se conforme con ser simplemente, un ladrón o una puta (y perdonen el uso de los términos).

Definitivamente ahí está el asunto. Necesitamos no solamente conceptos de ética. Necesitamos construir, en contra de la ética del capital, una ética de la vida, que solo puede ser total, colectiva y no prescindible. Carajo ¡Se nos va la vida en ello!

Pero hay un asunto a este nivel de la conversa que es muy necesario tener en cuenta: Debemos por todos los medios evitar lo que Gramsci llamó “voluntarismo eticista”, ya que es igualmente grave reducir al asunto a un simple determinismo económico.

Tratemos de hacernos entender, primero y fundamentalmente, la moral es la sustancia y la ética la forma. Ya dijimos que para un revolucionario, la ética es un asunto colectivo, es un asunto de reproducción de la vida, en particular de la vida de los que tienen negada la vida gracias al capitalismo y la explotación. Y por ello decíamos antes, que la ética del revolucionario es una cuestión colectiva e imprescindible. Es decir no puede existir, pues no es coherente con su condición, un revolucionario con una ética personal y acomodaticia.

Intentemos ver –pensando que esto es más una propuesta para la discusión que un texto de elaboración teórica– el asunto desde la óptica gramsciana: Preguntémonos qué consecuencias tiene esta acentuación del elemento practico-transformador, individual, en la complicada tensión dialéctica entre la historia y la política, bajo la concepción moral determinada por una concepción materialista de la historia.

La visión que Gramsci tiene del marxismo (cualesquiera que puedan haber sido los numerosos trazos de revisión que haya introducido en él, trazos además absolutamente necesarios) queda anclada en la convicción que expresa de una positiva capacidad de imponerse como proyecto conjunto de transformación intelectual y moral de la vida del hombre. Aunque aparezca del todo evidente el anclaje de Gramsci a una visión tendencialmente finalística del marxismo (donde la separación de política y moral estaría destinada a anularse progresivamente en una especie de moral “superior”, en una “forma a de convivencia en la que la política, y por lo tanto la moral, serán superadas”), la consecución de un sentimiento moral colectivo se debe de nuevo a la mezcla de “elaboración de voluntad y pensamiento colectivo obtenido gracias al esfuerzo individual concreto, y no gracias al proceso fatal de extravió de los individuos”. Así la historia para Gramsci, no es otra cosa que la vida misma caracterizada por el continuo y recíproco reenvío de pensamiento y acción, inteligencia creativa y procesos históricos en actos, en acciones concretas, reales, en eso que él llamaba praxis. Y por ello la política, la de verdad, que indica a sí misma fines de emancipación colectiva y de interés general, puede dejar de contener en ella misma principios éticos necesariamente universales. La crítica materialista de los prejuicios, de los abstractos deberes morales y de las falsas obligaciones, no debe conducir al escepticismo ni a lo acomodaticio, pues “No puede existir asociación permanente y con capacidad de desarrollo que no esté sostenida por determinados principios éticos”. (Todos los textos entrecomillados son de Gramsci

Es decir concluimos de nuevo lo mismo, la ética está en la base del actuar y su coherencia, en sí, determina la coherencia de la acción en la que se resuelva. Una ética estrictamente formal, de otoño, por esencia solo puede producir acciones y resultados también de otoño, y por lo tanto negadores de sentido revolucionario.

Por ello es que podemos afirmar que la ética de un funcionario, por ejemplo, que se pretende revolucionario no puede ser esa mezcla de cosas, casi nunca conceptos, apenas eslóganes convenientes, que se utilizan para manipular la opinión pública e imponer sus criterios hegemónicos grupales y por ello esencialmente contrarrevolucionarios; ese funcionario, que a nombre de una revolución, que para ser tal debe cambiar todo lo que deba ser cambiado, se dedica a anunciar “cambios” que esconden y disfrazan clara actitud de claudicación, de retroceso, fundados en la entrega de los procesos esenciales económicos y sociales a la burguesía (y no podemos hablar de burguesía colocándole algún adjetivo, pues solo hay una burguesía, nunca habrá otras, cualquier otra pretensión no solo es antiética, sino contrarrevolucionaria), desarrollando proceso “disimulados” de privatización de casi todas las cosas, en muchos casos violando cualquier principio, hasta los legales por ellos mismos establecidos y proclamados.

Ahí está claro lo que llamamos ética de otoño. La ética de toda esa caterva de “revolucionarios de otoño” que pueblan sectores del gobierno “revolucionario”.

El asunto más delicado es que como afirmaba categóricamente el Che Guevara: “El socialismo es la ciencia del ejemplo”. Y, en este caso ¿de qué ejemplo estamos hablando? ¿de qué camino? ¿de qué ética? ¿de cuál revolución?

Y ¿dónde queda, entonces, aquel llamado de nuestro comandante Chávez cuando nos exigía la construcción de una otra ética, negadora de cualquier intento de seguir negociando nuestros principios?

O nos enfrentamos a este asunto y reaccionamos, o absolutizamos esa ética falsa y como consecuencia entregamos la revolución.

Está claro, no es un problema de conceptos y posturas. Es asunto de construir, sin medias tintas, una ética revolucionaria de la vida, ya que la vida, particularmente la humana, la que hace historia, es todo lo que ella es o no es nada. No nos cansaremos de decirlo. No hay otro camino.

Sobre el autor

Comunicador y educador popular, escribidor, caminante empeñado en que se hace camino al andar y definitivamente nuestramericano y tatuyano.

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