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[CONTRATIEMPO] El odio como totalidad: ¿Contratiempo para la inteligencia?

Los bárbaros que todo lo confían a la fuerza y a la violencia,
nada construyen, porque sus simientes son de odio.
(José Martí)

La sociedad venezolana está sometida a la operación de guerra no convencional más sofisticada que haya podido concebirse hasta el presente. Hace algunos años, advertíamos con cautela y seguramente con algo de arrogancia — propia más del miedo que de la prudencia de la razón — que se avecinaba, después de la tragedia histórica de la muerte de Chávez y durante la campaña electoral para la presidencia de Venezuela que finalmente ganó Nicolás Maduro, un tiempo en el cual seríamos no sólo actores en un proceso bélico muy particular, sino que además encarnaríamos el campo de batalla.

Ser al mismo tiempo quien batalla y donde se batalla nos pone en la condición de “enfermedad”: la lucha nos cuesta vida pues debemos dedicar esfuerzos para algo que nos hace daño desde adentro. Es una guerra que inducida por agentes externos es, sin lugar a dudas, endógena. Allí la paradoja, la tragedia y el sin sentido.

La paradoja estriba en que nuestro propio cuerpo, psiquis y relaciones con el mundo (los otros y lo otro) se convierten en objeto de agresión y defensa al mismo tiempo. Esto imploca que nuestro modo de ser se disloca y se desordena hasta el extremo de incorporar diferencias surgidas en ámbitos distintos a aquellos en los cuales nos relacionamos con otras personas. Son instancias o espacios que nada tienen que ver con la diferencia. Quizás el ejemplo más terrible sea el golpear con palos a un hombre asesinado por chavista. ¿Cómo se puede odiar más allá de la muerte? Pero es también la tragedia de quien decide odiar a su familia por una diferencia política que no determina para nada cuánto se le quiere en el seno de su propia familia. Es el sin sentido de agredir lo común y lo indefenso: árboles, edificios, perros y gatos, por no mencionar a niños y ancianos como objetos de odio y “blancos de guerra”.

La tragedia se exacerba porque ese odio deja de ser un sentimiento ocasional de unos hacia otros para erigirse en un sentimiento común entre los venezolanos que termina siendo disimulado de un modo que se convierte en indiferencia ante el sufrimiento ajeno e incluso el goce cuando ocurre el infortunio para el “contrario” político que se va así constituyendo en enemigo y, en esa misma medida, objeto de exterminio. La paradoja entonces aflora en los labios de quienes apelan a Dios para que extermine al contrario como un acto de buena voluntad. Esto es absolutamente contradictorio con la idea de la bondad del amor de aquel Dios. O, por ejemplo, la revelación de los errores de los que fueron “nuestros” y que ahora son de “ellos” cuando precisamente por un simple acto de coherencia debimos corregir el error por el error y no por la conveniencia. Es el sinsentido cediendo al odio. Entonces, decidimos perseguir con mayor ahínco y empeño con quien nos separan sutilezas que aquel quien desde siempre nos ha declarado como su enemigo a ultranza.

Es el sin sentido de suponer que el odio es entonces un ejercicio totalizante porque con ello terminamos de asesinar la propia humanidad que nos define y nos hace con los otros. La paradoja de declararnos triunfantes cuando nos hemos convertido en animales sedientos de sangre y con poca razón y prudencia para conducir algo en algún sentido constructivo. Es la tragedia de suponer que todo se resuelve en la falsa creencia de que todo se mide entre “bueno” y “malo”, como si lo humano fuera tan sencillo, tan simple o, tan pobre en suma.

La totalidad del odio nos empobrece a todos porque terminamos no midiendo virtudes sino aplaudiendo crueldades o actos que reñidos con la dignidad, nos entrega la victoria de aniquilar a quien precisamente por ser diferente a nosotros, nos va haciendo en la dialéctica que es la propia y única forma en que devenimos en un nosotros. Un nosotros de afán universal pero de realidad contingente, por la sencilla razón de ser humanos.

No es la inteligencia la que gobierna este odio totalizante. En realidad, se trata de negar la condición fundamental del ser humano en tanto ser gregario. Es decir, aquel que está y es por los otros. A riesgo de repetir frases ya hechas, el acto político en su esencia más pura es un acto de amor. Porque esencialmente se trata de reconocer al “otro” como un legítimo otro y no como objeto de usura, de asesinato y barbarie. Los tiempos en que somos soldados y espacio de confrontación bélica debieran encontrarnos con la única arma con la cual es posible salvar la vida y la idea de comunidad: El amor como acto trascendental para toda la humanidad sufriente, excluida e invisibilizada. Es el amor que fluye en algunas comunas, en los esfuerzos de tantos colectivos que a despecho de tanto empeño por satanizarlos, dan la cara para hacer digna su lucha, su signo y su victoria.

A tiempo: Las elecciones deberán ser la medida no sólo del empeño del pueblo y las bases que apuestan por la paz, sino además, la vara para medir el empeño de quienes quieren hacer patria o están extraviados en la búsqueda de hacer negocios.

Emergencias: A un año del llamado a la Asamblea Nacional Constituyente, es importante evaluar los logros y los desafíos de todos los venezolanos en estos tiempos. Es la tarea a la cual nos convoca este tiempo.

Allende: ¿Alguien se preguntará que ocurre en México donde matar mujeres, periodistas y jóvenes no es objeto de debate nacional? ¿Por qué el silencio de tantos organismos humanitarios ante tan atroz realidad? La naturalización del exterminio es el triunfo del odio como totalidad.

Sobre el autor

Merideño. Profesor (jubilado) Universidad de Los Andes. Investigador en el ámbito de movimientos sociales y organización de la sociedad civil en AL, y del Pensamiento Sistémico Interpretativo. Promotor del conocimiento libre.

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