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[CONTRATIEMPO] Viaje a Itaca: Contratiempo de la patria en guerra

“- En el jardín del corazón, estás.

-Pero eso es estar en morada, ¿No?

-Sí, enamoradas.

(Al Alba, autor desconocido)

La distancia entre este contratiempo y el más reciente está medida por un silencio que de necesario, pasó a ser incómodo hasta llegar a ser insoportable. Este contratiempo va más con la pretensión de poner en la trama de la distancia un dolor que sólo se vive en las entrañas de Venezuela como un proyecto en construcción.

Se vuelve común en estos tiempos de desenlaces anunciados y que nunca ocurren como esperan los predicadores del desastre, el asumir que se está en una suerte de viaje que apunta a un destino que sin saber con precisión cual es, parece que todos coinciden en que es el momento de llegar. Es el ansia por un desenlace.

En una producción cinematográfica, “Regreso a Itaca” director Laurent Canet (2015), que me recomendó una brillante profesional venezolana hace unos meses, se dibuja el encuentro de la Cuba que le toco salir del país y aquella que se quedó sosteniendo la historia para darse cuenta que la historia poco la sostiene la voluntad humana y es más bien la suma inexacta en una aritmética difusa en la cual se resumen las percepciones con las cuales una sociedad aprende a verse a sí misma. Similar a la situación que parecen enfrentar todas las sociedades, en Venezuela este proceso alcanza niveles extremos pues más allá del maquillaje que unos y otros le lanzan para hacerla luz o escoria del mundo, Venezuela es ahora el espacio donde se debate desde una razón política construida sobre las precarias fuentes de la emoción colectiva o en masa. Es decir, una razón huerfana de argumentos. Habrá quien crea que eso no es razón, pero es sin duda, la justificación para algunas acciones en colectivo.

En Venezuela, hay una disputa por entronizar un proceso de “idiotización de masas” contra la posibilidad de “pensar por uno mismo” desde la complementariedad que otorga la presencia de los otros, ahora potenciada por el carácter metatópico pero lamentablemente instántaneo de las redes. Las realidades que se “viven” ya no sólo difieren por la referencia espacial (esta última se va revelando cada vez más irrelevante y no es poco para una “política desde la cotidianidad”), sino que además al pensamiento lo va sustituyendo un “carnaval de apreciaciones” que definitivamente derroca la construcción heroica de la realidad compartida y realza la realidad como un acuerdo entre afines. Pero en los afines, la discusión no sólo se muestra como innecesaria sino que, en tiempos de “guerra” se considera que es una traición a una trinchera que convenientemente se dibuja de un modo u otro, dependiendo de las circunstancias y que termina sepultando por inservible o impertinente, la discusión de los principios que guían una determinada acción política. Pero resulta que esa discusión es la raíz donde yace la diferencia entre la idiotización de las masas y el uso público de la razón. Una revolución que no admite el debate de sus principios paulatinamente se va consolidando como una estrategia de idiotización. Los extremos se tocan.

La estrategia de la denominada “oposición” en Venezuela no se diferencia en nada a la estrategia aplicada por la denominada democracia occidental en la cual, las libertades prevalecen sobre los deberes y los compromisos sociales. Allí, la idiotización es la condición necesaria (acaso algunos aspiran a que sea suficiente) para dar el zarpazo que entronice el individualismo como la razón política (camino seguro para el canibalismo de la diferencia) y desde allí, si bien todo lo personal es político se deviene rápidamente a que lo político es personal y con ello, la cotidianidad es la suma de los individualismos en pugna. Una política desde esta cotidianidad es la guerra por otros medios.

La construcción heroica de la realidad con todos es precisamente la ruptura de esa pesada cotidianidad que se le ha impuesto al venezolano que revela un estado de cosas donde la sobrevivencia ocupa todos los espacios y hace que lo cotidiano no sea objeto de relato, porque no se relata desde la dimensión de la necesidad, y entonces lo que va quedando como memoria queda supeditado a las formas de relato dominantes que están precisamente para que la cuenten quienes disfrutan de una holgura material. Dicho lo cual, nos corresponde en la Venezuela contemporánea, la urgente e histórica tarea de cambiar la realidad y crear tiempo para poder contarla. El no hacerlo, puede significar que se sucumba a la idiotización de las masas, porque se nos ha olvidado poner a buen recaudo los modos como nosotros nos explicamos a nosotros y otros, una singular cotidianidad, que debiera estar hecha en clave de solidaridad. El Ejercito Productivo Obrero del cual nos habla Tatuy, precisamente nos muestra la cara luminosa de este proceso. No deja de ser sintomático que decida llamarse “ejército”, lo cual lo revela en condición de guerra y esto permite presumir un enemigo multidimensional que incluye uno de construcción interna: el rentismo, el facilismo, la oportunidad para la estafa que no dibuja un especto político sino un enemigo más colosal: la cultura del consumo.

Los medios de comunicación juegan un papel vital en este asunto, pero sólo bajo la premisa de que sean medios (es decir, qu0e tributen a fines superiores) podrán contribuir con subvertir esa cultura y, en segundo lugar, que permitan la comunicación: Es decir, abrir canales para que sea de múltiples direcciones y no unidireccional. Esa diferencia que es cualitativamente más compleja que aquella de construir discursos dogmáticos que enajenan la posibilidad del ejercicio del pensamiento es lo que sugiere que el “Regreso a Itaca”, en el caso de Venezuela, no sea una historia contada con un número fijo de caracteres, una sucesión de fotografía o, en el mejor de los caso,s una sucesión inconexa de imágenes. La historia de los pueblos y los pueblos, merecen que su relato sea no sólo bien contado, sino además que se promuevan las múltiples voces que muestren que la realidad construida no es un ejercicio de tiranía sobre las palabras y las imagenes, sino que es el resultado de la más singular democracia, quizás la primera y única: el derecho a la voz poliversa de los pueblos.

La guerra que se libra en Venezuela es entre otras, una guerra de olvidos y desaires. Esta guerra en la cual  parecen sucederse a lado y lado, en una espiral que desciende y asciende desde lo más elemental de ser vivo: alimento, hasta lo más sublime de la humanidad: la solidaridad. Ojalá que Itaca nos reserve no otra fidelidad que aquella que le debemos al ejercicio de la libertad del pensamiento. Incluso, el cuestionarse a sí mismo como el principio fundante sobre el cual se construye el aprender a ser humano que es esencialmente, saberse finito e imperfecto. Curiosamente, esta guerra enseña que la soberbia es terriblemente débil para vencer a la razón.

A tiempo: La fractura de las luchas en distintos estadios que se suponen independientes es la forma más elaborada de paralizar a los pueblos. Profesores vs estudiantes, es la ecuación perfecta para vencer a la educación como asunto de todos. Migrantes vs excluidos se convierte en la excusa perfecta para que la xenofobia y el miedo triunfen entre los más vulnerables. Aprender que todo se resume en un acto de justicia para todos, es el principio de la emancipación de los pueblos.

Emergencia: la paz es fundamento de una nueva sociedad siempre y cuando no haya chantaje contra los menos favorecidos y excluidos y no se invisibilice a los pobres. A partir de allí, todo diálogo es posible.

Allende: El delito de odio si bien no es una violación de los derechos humanos, constituye un acto de lesa humanidad que debiera ser sancionado sin miedo, sin negociación, sin impunidades compradas.

Sobre el autor

Merideño. Profesor (jubilado) Universidad de Los Andes. Investigador en el ámbito de movimientos sociales y organización de la sociedad civil en AL, y del Pensamiento Sistémico Interpretativo. Promotor del conocimiento libre.

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