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[CONTRATIEMPO] ¿Y si votáramos distinto?

Ochoa elecciones

Cuando puedo elegir: deseo,
cuando debo evaluar: pienso.
Ciudadano siglo XXI.

La insistencia en la vía electoral para dirimir las diferencias entre los venezolanos, además de estéril, por ahora, tiene toda la posibilidad de ser una opción incómoda para todas las partes. En Venezuela, se apela al expediente del respeto de la constitución para evitar la elección anticipada presidencial pero se obvia para temas más urgentes como lo son los salarios, el respeto a los debidos procesos ante decisiones de trascendencia nacional y la negociación de los bienes de la nación. Por último, incluso el signo monetario establecido constitucionalmente como el bolívar debe compartir espacio con franca desventaja junto al dólar: Durmiendo con el enemigo, se podría llamar el sainete.

Pero, estas “menudencias” sobre la errática defensa de la constitución por trazos y conveniencias no deberías ser la excusa para evitar hablar de la vía electoral en estos tiempos de espantosa inflación, ausencia del Estado y una indiferencia de la ciudadanía que une desencanto con ira. La crisis de representación política se hace cada vez más aguda porque el pueblo va sintiendo el abandono de las ideas sobre las cuales se construyó una identidad.

Probablemente, el eslogan “Tú también eres Chávez” se desdibuja porque quienes se dicen herederos de esa propuesta no reflejan la imagen que de Chávez se tiene o se tuvo. La urgencia por desmontar a Chávez como ejemplo no es sólo un anhelo de una oposición maltrecha. Es también anhelo por parte de los oportunistas que galopando sobre las insuficiencias humanas de un proyecto colectivo pero con un hiperlidereazgo en Chávez, ven que la figura de Chávez les hiere, los revela. En suma, los denuncia.

Pues bien, si es una democracia revolucionaria, bien valdría la pena cambiar el modo como elegimos a los gobernantes. En recientes trabajos sobre los procesos de toma de decisión se hace evidente que los argumentos adquieren más peso cuando corresponde evaluar y calificar a los candidatos antes que elegir a uno entre dos o más. La razón que se esgrime es que puestos en la tarea de evaluar y medir desempeños, quizás la nota final sea distinta a la escogencia casi visceral del candidato.

Así, en la campaña electoral, la difusión de ideas y argumentos pueda ser más interesante que la descalificación y el insulto. No sólo eso, iremos aprendiendo que protagonismo no es ser el “bueno” de la película, sino la puesta en escena de las virtudes y defectos para que en la competencia agónica que es la política, prive la razón antes que la emoción. Nótese que no estamos hablando de otorgar y definir pautas para la evaluación porque eso sería ir demasiado lejos.

Quizás, identificar las virtudes de un líder para la Venezuela que esperamos, sea una tarea que amerite de calma pero con pasión política, de una economía que no este sitiada por los oportunistas y de ciudadanos que no sean sancionados a miles de kilómetros de distancia por haber escogido los líderes que escogió.

Finalmente, quizás se trate de revolucionar el modo como nos damos los gobernantes que cada vez más parecen explotar el más primitivo de los instintos: el miedo y el odio, para la más trascendentes de las tareas, el bien común.

Ahora que vienen las elecciones parlamentarias y quizás se estén negociando elecciones presidenciales, bien valdría la pena que se promoviera la evaluación de las mujeres y hombres que hacen vida pública en esta nación. Es la mínima tarea en una democracia protagónica y co-responsable.

Emergencias: La definición de servicio público debe ser reemplazada por servicios básicos. Allí, podremos entender que el Estado y el sector privado deben ofrecerlos. Pero llamar público, lo que es el secuestro por parte de lo privado está haciendo mella en el transporte, la salud, la electricidad y la telefonía.

Emergentes: Las elecciones presidenciales en cualquier parte del mundo pasan por Venezuela porque es el ejemplo perfecto para un “socialismo” fracasado. No importa que el socialismo nunca haya estado instalado en Venezuela y que el fracaso haya sido el producto de la imposición de intereses ajenos a la nación.

Allende: Las complejidades culturales y sociales de las sociedades latinoamericanas no se resuelven en los noticieros. El asunto es mucho más complejo. Resulta curioso la facilidad de juzgar sin conocer la diversidad que toda sociedad alberga.

Inmediato: El pueblo venezolano es, acaso para su alegría y desgracia, una sonrisa a flor de labios sin importar las circunstancias.

Sobre el autor

Merideño. Profesor (jubilado) Universidad de Los Andes. Investigador en el ámbito de movimientos sociales y organización de la sociedad civil en AL, y del Pensamiento Sistémico Interpretativo. Promotor del conocimiento libre.

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