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[CUENTO] The Ultimate Safari – Nadine Gordimer

Traducción Edgar Gutiérrez

Reproduzco un texto de Nadine Gordimer publicado a finales de los años 80: “The Ultimate Safari”. Me tomé la libertad de hacer una traducción del texto original en inglés, que como no tiene  ningún fin distinto a pasar un rato, ya que dicen que es un buen ejercicio contra el alzhéimer, espero que no me cause una demanda.

La historia, según cuenta la misma Gordimer, habla de una narradora anónima y su familia cuando abandonan su aldea de Mozambique para ir a un campo de refugiados a través de la frontera en Sudáfrica. En una charla no grabada que la escritora dio en la Universidad de Witwatersrand en Johannesburgo en 1991, Gordimer atribuyó la inspiración para el cuento a una narración que oyó en una visita que hizo a un campo para refugiados mozambiqueños en Sudáfrica, de una niña que había huido, con su familia, de la guerra civil que, financiada por USA y Sudáfrica misma, se estaba desarrollando  en esos momentos,  en Mozambique contra el gobierno revolucionario del FRELIMO y donde actuaba RENAMO, un grupo de terroristas de extrema derecha, asesinos feroces, no muy diferentes del ISIS actual y que por supuesto, había sido financiado, armado y reconocido por los asesinos mayores: USA.

Mi intención ahora, al mostrar este relato, no es referirme a Nadine Gordimer, luchadora contra el apartheid y sin embargo ganadora del Premio Nobel de literatura. Sino más bien asomarme, a través de este relato desgarrador a una guerra cuyo único objetivo fue recuperar, para el capitalismo, el control de un pequeño país africano, y mostrar los efectos que tuvo sobre los únicos que pierden todas las guerras: Los pueblos, o más bien los pobres, sujetos individuales de los pueblos. Creo que es una historia que tiene mucho que decirnos a nosotros hoy…

Lo último en Safaris – Nadine Gordimer

Aquella noche mamá fue a la bodega y no regresó jamás. ¿Qué pasó? No lo sé. También papá se había ido un día y tampoco regresó nunca; pero él se había ido a la guerra. Nosotros también estábamos en la guerra, pero éramos niños y, al igual que la abuela y el abuelo no teníamos armas. La gente a quien mi padre combatía −los bandidos los llama el gobierno− corrían por todas partes y nosotros salíamos huyendo de ellos como pollos perseguidos por perros, sin saber adónde ir. Nuestra madre fue a la bodega ese día, porque alguien le había dicho que estaban vendiendo aceite de cocinar. Estábamos contentos pues hacía tiempo que no probábamos el aceite. Tal vez lo consiguió y alguien la asaltó en la oscuridad y se lo quito o tal vez se encontró con los bandidos. Si te encuentras con ellos, te matan. Dos veces vinieron a la aldea y corrimos a ocultarnos en el monte, y regresabamos cuando se marchaban, para encontrar que se lo habían llevado todo; pero la tercera vez que vinieron no hallaron nada que llevarse quedaba, ni aceite, ni comida, ni nada; así que quemaron la paja, y los techos de nuestras casas se hundieron. Mi madre encontró unos pedazos de latas y los pusimos para cubrir una parte de nuestra casa. Allí estábamos esperándola la noche que no regresó.

Nos daba mucho miedo salir, aún a hacer nuestras necesidades, pues los bandidos si habían venido; no a la casa de nosotros –que como no tenía techo debía parecer que no había nadie en ella, que estuviera vacía por completo−, pero sí al resto de la aldea. Oíamos a la gente gritar y correr, pero nos daba miedo hasta correr, sin mamá que nos dijera hacia dónde. Yo soy la del medio, la niña, y mi hermanito se apretaba a mi barriga, con sus brazos alrededor del cuello y las piernas rodeándome la cintura, como un monito a su mamá. Mi hermano mayor se pasó toda la noche con un pedazo de uno de los palos quemados de la casa en sus manos, para defendernos si los bandidos nos encontraban.

Nos quedamos allí todo el día, esperando a mamá. No sé qué día era; en nuestro pueblo ya no había escuela ni iglesia, así que no sabíamos si era domingo o lunes.

Cuando empezaba a anochecer, llegaron la abuela y el abuelo. Alguien de la aldea les había dicho que los niños estábamos solos, que nuestra madre no había regresado. Pongo a la abuela antes del abuelo porque es así: ella es alta y fuerte, y no es vieja, el abuelo es pequeño, casi no se ve dentro de sus enormes pantalones, sonríe aun cuando no oye lo que le dices, y su pelo parece como si se lo hubiera dejado lleno de espuma de jabón, La abuela nos llevó −a mí, al bebé, a mi hermano mayor y al abuelo− a su casa y todos teníamos miedo (salvo el bebé, que iba dormido en la espalda de la abuela) de encontrarnos a los bandidos en el camino. Esperamos mucho tiempo en casa de la abuela, como un mes. Teníamos hambre, pero mamá jamás regresó. Mientras esperábamos que viniese a buscarnos, la abuela no tenía comida para darnos, ni siquiera para el abuelo ni para ella. Una mujer que tenía leche en los pechos nos dio un poco para mi hermanito, aunque él en casa comía atol, igual que nosotros. La abuela nos llevó a buscar espinacas silvestres, pero toda la gente del pueblo hacía lo mismo y no encontramos ni una hoja.

El abuelo, caminando de último siempre, salió, junto a unos jóvenes a buscar a nuestra madre, pero no la encontró. La abuela lloró con otras mujeres y yo canté junto con ellas. Trajeron algo de comida −frijoles−pero a los dos días estábamos otra vez sin nada. El abuelo había llegado a ser dueño de tres ovejas y una vaca y una huerta, pero ya hacía tiempo que los bandidos se habían llevado las ovejas y la vaca, ellos también tenían hambre; y al llegar la época de la siembra el abuelo no tenía, ya, semillas que sembrar.

Así que decidieron –la abuela, porque el abuelo apenas hizo unos ruiditos, balanceándose, pero ella no le prestó atención− que nos iríamos. A nosotros, a los niños nos gustó la idea. Queríamos irnos del sitio donde mamá no estaba y donde solo teníamos hambre. Queríamos ir a un sitio sin bandidos y con comida. Nos alegraba pensar que existiera un lugar así, aunque fuese allá lejos.

La abuela cambió su ropa de domingo por unas secas mazorcas de maíz, que cocinó y envolvió en un trapo, y que nos llevamos al partir. Ella esperaba que encontráramos agua en algún río, pero no encontramos ninguno y nos dio tanta sed que tuvimos que regresar. Pero no hasta casa de los abuelos, sino hasta un pueblo donde tenían bomba de agua. Ella destapó la cesta donde llevaba algo de ropa y el maíz. Saco sus zapatos y los vendió para comprar un bidón de plástico para llevar el agua. Yo le dije: Gogo, ¿cómo vas a ir a la iglesia ahora si ni siquiera tienes zapatos?, pero ella dijo que el viaje muy era largo y llevábamos demasiado peso.

En aquel pueblo encontramos a otras personas que también se iban y nos unimos a ellos porque parecían saber mejor que nosotros para dónde ir.

Para llegar allá lejos, teníamos que atravesar el Parque Kruger. Habíamos oído hablar del Parque Kruger como de un país donde solo viven animales: elefantes, leones, chacales, hienas, hipopótamos, cocodrilos, todo tipo de animales. Antes de la guerra, en nuestro país teníamos algunos de esos animales, (la abuela lo recuerda, nosotros, los niños no habíamos nacido aun), pero los bandidos matan a los elefantes para vender sus colmillos, y los bandidos y nuestros soldados se han comido todos los antílopes. En el pueblo había un hombre sin piernas: un cocodrilo se las arrancó en nuestro río; pero a pesar de ello nuestro país es un país de gentes y no de animales. Habíamos oído hablar del Parque Kruger porque algunos de los hombres del pueblo iban a trabajar allí, a unos sitios donde acudían los blancos de visita para ver animales.

Otra vez emprendimos el camino. Había mujeres, y otras niñas como yo, que teníamos que llevar a los pequeños a cuestas cuando las mujeres se cansaban. Un hombre nos guiaba hasta el Parque Kruger. ¿Ya llegamos?, ¿ya llegamos?, le preguntaba a cada momento a la abuela. Todavía no, decía el guía, cuando ella le repetía mi pregunta. Él nos explicó que tendríamos que dar una gran vuelta para rodear la cerca que nos mataría, nos dijo, asándonos la piel con solo tocarla, como los alambres que hay allá arriba en los postes de la luz en nuestras aldeas. Recuerdo que he visto ese dibujo de una cabeza sin ojos ni piel ni pelo, en una caja de hierro del hospital de la Misión que teníamos antes de que lo dinamitasen.

Al preguntar otra vez, me respondieron que ya llevábamos como una hora caminando por el Parque Kruger. Pero todo tenía el mismo aspecto que el chaparral por donde habíamos caminamos todo el día, y no habíamos visto más animales que monos y pájaros como los que hay donde vivimos, y una tortuga que, como es natural, no pudo escapar de nosotros. Mi hermano mayor y los otros chicos se la trajeron al guía para matarla, guisarla y comérnosla. Pero él la dejó libre porque dijo que no podíamos encender fuego mientras estuviésemos en el Parque porque el humo mostraría donde estamos y la policía y los guardias vendrían y nos obligarían a volver por donde habíamos venido. Dijo que teníamos que ir de un lado a otro como animales entre animales, lejos de las carreteras, lejos de los campamentos de los blancos. Y justo en aquel momento oí, estoy segura de que fui la primera en oírlo, un crujir de ramas y el sonido de algo que se abría paso entre la hierba, y casi chillé porque creí que era la policía, los guardias (de quienes el guía nos dijo que nos cuidásemos mucho) que nos habían encontrado. Y era un elefante, y otro elefante, muchos elefantes, grandes manchas oscuras que se movían por todas partes entre los árboles. Arrollaban la trompa en las hojas rojas de los árboles de mopane y se las llevaban a la boca. Los más chiquitos se pegaban a sus madres y los que eran un poco mayores peleaban entre sí, igual que mi hermano mayor con sus amigos, pero con la trompa en lugar de usar los brazos. Yo los observaba con tal interés que se me olvidó que tenía miedo. El guía nos dijo que permaneciésemos quietos y en silencio mientras los elefantes pasaban. Pasaron muy lentamente, porque los elefantes son demasiado grandes para necesitar huir de nadie.

Los ciervos corrían ante nosotros. Saltaban tan alto que parecían volar. Los jabalíes se paraban en seco al oírnos, y se alejaban zigzagueando como siempre lo hacia aquel muchacho del pueblo con la bicicleta que su padre trajo de las minas. Seguimos a los animales hasta los pozos donde ellos bebían. Cuando se iban tomábamos algo de agua. Por eso nunca pasábamos mucha sed, pero los animales comían, comían constantemente, siempre que los veías estaban comiendo hierba, árboles, raíces. En cambio, para nosotros no había nada. El maíz se nos había terminado. Lo único que podíamos comer, a veces, era lo que comían los monos, unos pequeños higos resecos llenos de hormigas, que crecen en las ramas de los árboles junto a los ríos. Era duro ser como los animales.

Cuando hacía mucho calor, durante el día, encontrábamos leones echados y durmiendo. Eran del color de la hierba y no los descubríamos a primera vista, aunque el guía sí, y nos hacía retroceder y dar un largo rodeo para no pasar por donde dormían. Yo quería echarme como los leones. Mi hermanito estaba cada vez más delgado, pero pesaba igual. Cuando la abuela me buscaba, para cargármelo a la espalda, yo intentaba escaparme. Mi hermano mayor dejó de hablar; y cuando descansábamos tenían que sacudirlo para que se volviese a levantar, como si ahora se hubiese puesto sordo, al igual que el abuelo. Vi que la abuela tenía la cara llena de moscas y que no se las espantaba y eso me asustó. Cogí una hoja de palmera y se las espanté.

Caminábamos de día y de noche. Veíamos los fuegos donde los blancos cocinaban en los campamentos y olíamos el humo y la comida. Mirábamos las hienas que iban agachadas como si sintiesen vergüenza, deslizándose por el chaparral siguiendo aquel olor. Si una de ellas volvía la cabeza se le veían unos ojos grandes y brillantes, como los nuestros cuando nos mirábamos unos a otros en la oscuridad. El viento traía voces en nuestra lengua desde los cercados donde viven quienes trabajan en los campamentos. Una de las mujeres que iba con nosotros quería ir a verlos por la noche y pedirles que nos ayudasen. Pueden darnos la comida de los cubos de basura, dijo, y empezó a lamentarse a gritos y la abuela tuvo que agarrarla y taparle la boca con la mano. El guía nos había dicho que debíamos evitar cualquier contacto con aquellos de los nuestros que trabajaban en el Parque Kruger pues si nos ayudaban, los botarían del su trabajo. Si llegaban a vernos, lo único que podían hacer era fingir que lo que habían visto eran animales.

A veces nos deteníamos a dormir un poco durante la noche. Dormíamos muy juntos. No sé qué noche fue (porque caminábamos y caminábamos siempre y a todas horas), pero una vez oímos que los leones estaban muy cerca. Sus rugidos no eran como los que se oían desde lejos. Jadeaban como nosotros al correr, pero diferente, pues no habían corrido, solo acechan por allí cerca. Nos apretábamos unos contra otros, unos encima de otros, y los de los lados intentaban refugiarse en el centro, donde estaba yo. Me aplastaron contra una mujer que olía mal porque tenía miedo, pero me alegré de poder agarrarme fuertemente a ella. Rogué a Dios que hiciera que los leones cogieran a alguien de los lados y se marcharan. Cerré los ojos para no ver el árbol desde donde cualquier león podía saltar y caerme justo encima. Pero en lugar del león saltó el hombre que nos guiaba; se puso de pie y comenzó a golpear el árbol con una rama seca. Nos había enseñado a no hacer ruido nunca, pero él ahora gritaba. Gritaba a los leones como solía hacerlo un borracho de nuestro pueblo, que le gritaba al aire. Y Los leones se retiraron. Los oímos rugir, devolviéndole los gritos desde lejos.

Estábamos cansados, cansadísimos. Mi hermano mayor y el guía tenían que levantar al abuelo y pasarlo de piedra en piedra cuando cruzábamos algún río, cuando encontrábamos lugares para cruzar los ríos. La abuela es fuerte, pero le sangraban los pies. Ya no podíamos seguir llevando las cestas en la cabeza, no podíamos cargar con nada, excepto mi hermanito. Dejamos nuestras cosas debajo de un arbusto. Cargar nuestros cuerpos hasta allí ya será bastante, dijo la abuela. Luego comimos frutos silvestres que en el pueblo no conocíamos y nos dieron cólicos. Estábamos entre la hierba que llaman elefante porque es casi tan alta como un elefante, aquel día que nos dieron los dolores, el abuelo no quiso agacharse allí delante de todos como mi hermanito, y se fue un poco más allá para hacerlo a solas. Tenemos que seguir, no paraba de decirnos el guía, no podíamos retrasarnos decía, pero le pedimos que esperaramos al abuelo.

Así que todos aguardaron a que el abuelo nos alcanzase. Pero no nos alcanzó. Era en pleno día; los insectos zumbaban en nuestros oídos y no lo oímos moverse entre la hierba. No podíamos verle porque la hierba era muy alta y él muy bajito. Pero debía de andar por allí, metido en sus anchos pantalones y en la camisa rasgada que la abuela no le pudo coser porque ya no tenía hilo. Sabíamos que no podía estar lejos porque era débil y lento. Fuimos todos a buscarle, pero en grupos, no fuese que también nosotros nos perdiésemos de vista entre la hierba. Esta se nos metía en los ojos y en la nariz. Continuábamos llamando al abuelo, pero el zumbido de los insectos debió de llenar el pequeño espacio que le quedaba para oír en sus orejas. Miramos y miramos, pero no dábamos con él. Estuvimos entre aquella hierba tan alta toda la noche. En sueños, me lo encontré acurrucado en un espacio que había apisonado con los pies, igual que hacen los antílopes para ocultar sus crías.

Al despertarme seguía sin aparecer. Así que continuamos buscando, y para entonces vimos senderos que habíamos abierto de tanto pasar entre la hierba, sería fácil para él encontrarnos si nosotros no le encontrábamos. Todo aquel día no hicimos más que quedarnos sentados y esperar. Todo está muy tranquilo cuando tienes el sol encima de la cabeza, dentro de la cabeza, aunque te acuestes como los animales, bajo los árboles. Yo me tendí boca arriba y vi esos feos pájaros de pico de gancho y cuello desnudo volando en círculo por encima de nosotros. Habíamos pasado muchas veces por delante de ellos mientras descarnaban huesos de animales muertos, de los que no quedaba nada que pudiésemos comer también nosotros. Ronda tras ronda, elevándose y descendiendo y de nuevo elevándose. Veía sus cabezas asomar por todos lados. Volando en círculo sin parar. Noté que la abuela, quieta allí sentada con mi hermanito en su regazo, también los veía.

Por la tarde, el guía se acercó a la abuela y le dijo que los demás debían continuar y le dijo que, si sus hijos no comían, morirían pronto.

La abuela no dijo nada.

Le traeré agua antes de marcharnos, dijo él.

La abuela nos miró, a mí, a mi hermano mayor y a mi hermanito, que estaba en su regazo. Nosotros observábamos cómo los demás se levantaban para marcharse. Yo no podía creer que pronto se vaciaría todo alrededor, la hierba donde ellos habían estado, que nos quedaríamos solos en aquel lugar, en el Parque Kruger, y que la policía o los animales nos conseguirían. Me saltaron lágrimas de los ojos y de la nariz y me cayeron en las manos, pero la abuela no dijo nada. Se levantó, con los pies separados tal como los pone para alzar un haz de leña, allá en casa, en nuestro pueblo, se colgó a mi hermanito a la espalda y lo ató con su vestido (la parte de arriba se le había desgarrado y llevaba sus grandes pechos al aire, pero no había nada en ellos para él). Y solo dijo: Vámonos.

Así que dejamos el lugar de la hierba alta. Lo dejamos atrás. Fuimos con los demás y con el hombre que nos guiaba. Emprendimos la marcha, otra vez.

Había una carpa muy grande, más grande que una iglesia o una escuela, sujeta al suelo. No podía imaginar que aquello fuese lo que era llegar allá lejos. Vi una cosa parecida la vez que nuestra madre nos llevó a la ciudad porque se enteró de que nuestros soldados estaban allí y quería preguntarles si sabían dónde estaba nuestro padre. En aquella carpa la gente cantaba y rezaba. Esta es azul y blanca como aquella, pero no es para rezar y cantar; vivimos en ella junto a muchos otros que han llegado de nuestra tierra. La monja del hospital dijo que éramos como doscientos sin contar los bebés; pues han nacido algunos por el camino a través del Parque Kruger.

Dentro está muy oscuro, aun cuando brilla el sol afuera, y es como una especie de pueblo. En lugar de casas, cada familia tiene unos pequeños espacios separados por sacos o cartones -lo que se tenga a mano- para que las demás familias sepan que es tu espacio y que no deben entrar, aunque no haya puerta ni ventanas ni techo, de manera que si estás de pie y no eres una niña pequeña puedes ver el interior de la casa de todo el mundo. Algunos incluso han hecho pintura con piedras del suelo y han dibujado cosas en los sacos.

Pero sí que hay un techo de verdad: la carpa es el techo, alto, muy alto. Como el cielo. Como una montaña, y nosotros estamos dentro de ella; por las grietas de la carpa caen chorros de polvo y tierra, tan densos que parece que se pudiera trepar por ellos. La carpa no deja entrar el agua por arriba, pero si entra por los lados y por las callecitas que separan nuestros espacios (por donde solo puede pasar una persona cada vez) y los otros niños como mi hermanito juegan con el barro. Hay que saltar por encima de ellos para pasar. Mi hermanito no juega. La abuela lo lleva al hospital cuando viene el médico los lunes. La monja dice que le pasa algo en la cabeza, y cree que es porque no teníamos comida por la guerra. Porque nuestro padre no estaba. Y porque había pasado mucha hambre en el Parque Kruger. Solo quiere estar todo el día encima de la abuela, en su regazo o pegado a ella, y no hace más que mirarnos y mirarnos. Quiere pedir algo, pero se nota que no puede. Si le hago cosquillas solo sonríe un poquito. En el hospital nos dan un polvo especial para hacerle atol y puede que un día se ponga bien.

El día que llegamos estábamos con él, mi hermano mayor y yo. Casi no me acuerdo. Los vecinos del pueblo que está cerca de la carpa nos llevaron al hospital, donde tienes que firmar que has llegado, desde muy lejos, por el Parque Kruger. Nos sentamos en la hierba y todo estaba llenos de barro. Había una monja muy bonita con el pelo muy lacio y unos bonitos zapatos de tacón alto, que nos trajo el polvo especial. Nos dijo que teníamos que mezclarlo con agua y beberlo despacio. Nosotros rasgamos los paquetes con los dientes y lamimos todo el polvo; a mí se me quedó pegado en la boca y me chupé los labios y los dedos. Otros niños que hicieron el viaje con nosotros vomitaron. Pero yo solo notaba que todo se revolvía dentro de mi estómago, y que lo que me había tragado bajaba y se me enrollaba como una serpiente en el estómago, y me dio un hipo muy fuerte. Otra monja nos dijo que nos pusiésemos en fila en la entrada el hospital, pero no pudimos. Nos quedamos todos por allí sentados, cayendo unos sobre otros; las monjas nos ayudaron a todos a levantarnos cogiéndonos del brazo y luego nos clavaron una aguja. Con otras agujas nos sacaron la sangre y la metieron en unas botellitas. Era contra la enfermedad, pero yo no entendía nada, y cada vez que cerraba los ojos sentía que aún caminaba, y que la hierba era alta, y veía a los elefantes, y no entendía que ya habíamos llegado allá lejos.

Pero la abuela aún era fuerte, todavía podía tenerse en pie, y como sabe escribir, firmó por todos nosotros. La abuela nos consiguió este rincón en la carpa junto a una de sus paredes; es el mejor sitio porque, aunque entra algo de agua cuando llueve, podemos levantar la lona cuando hace buen tiempo y nos da el sol, y se van los olores feos. La abuela conoció a una mujer que le enseñó dónde hay buena hierba para hacer esteras para dormir, y la abuela nos las hizo. Una vez al mes llega a la clínica el camión de la comida. La abuela va con una de las tarjetas que firmó y cuando le hacen el agujero nos dan un saco de maíz. Hay carretillas para llevarlo a la carpa; mi hermano mayor lo carga por ella, y luego él y los otros chicos hacen carreras con las carretillas vacías hasta el hospital. A veces tiene suerte y un hombre que ha comprado cerveza en el pueblo le da dinero para que se la carguen; aunque esto no está permitido, porque hay que devolver las carretillas enseguida a las monjas apenas se desocupen. Él se compra un refresco y me da un trago si lo descubro. Otra vez al mes, la iglesia deja un montón de ropa vieja en el patio de la clínica. La abuela tiene otra tarjeta para que le hagan el agujero, y entonces podemos elegir algo: yo tengo dos vestidos, dos pantalones y un suéter, así que puedo ir a la escuela.

Pues los del pueblo nos dejan ir a su escuela. Me sorprendió que hablasen nuestra lengua. La abuela me dijo que por eso nos dejan estar en su carpa. Hace mucho tiempo, en tiempos de nuestros padres, no existía la cerca que mata, no estaba el Parque Kruger entre ellos y nosotros, y éramos todos un solo pueblo, bajo nuestro propio rey, desde el hogar de donde nos marchamos hasta este sitio allá lejos adonde hemos llegado.

Llevamos ya mucho tiempo en la carpa (yo he cumplido once años y mi hermanito tiene casi tres, aunque es muy pequeño, solo tiene grande la cabeza, y aún no está del todo bien) y han arado  por todo alrededor y han sembrado frijoles y trigo y acelgas. Los ancianos entretejen ramas para cercar sus jardines. No está permitido que nadie vaya a buscar trabajo en los pueblos, pero algunas mujeres, sin embargo, lo hacen y así pueden comprar cosas. La abuela, como todavía está fuerte, consigue trabajo donde la gente construye casas; porque en este lugar la gente construye bonitas casas con ladrillos y cemento, y no con barro como las que teníamos en nuestro pueblo. La abuela mueve ladrillos y cestas de piedra en la cabeza para ellos. Así que tiene dinero para comprar azúcar y té y leche y jabón. En el almacén le ha regalado un calendario que ella ha colgado en la lona de nuestra carpa. Voy muy bien en la escuela, mi abuela guardó los papeles de los anuncios que la gente bota al salir de comprar en el almacén y me forró los libros. A mi hermano mayor y a mí nos manda afuera para hacer las tareas todas las tardes antes de que anochezca, porque no hay espacio aquí dentro en nuestro lugar en la carpa más que para estar acostados, muy juntos, como lo hacíamos en el Parque Kruger, además las velas son demasiado caras. La abuela todavía no ha podido comprarse un par de zapatos para ir a la iglesia, pero nos ha comprado, a mi hermano mayor y a mí, zapatos negros colegiales y crema para limpiarlos. Todas las mañanas, al levantarnos, los niños lloran, la gente se empuja frente a las llaves de agua de afuera y algunos niños se chupan los restos del atol pegados en las ollas donde comimos por la noche y mi hermano mayor y yo nos limpiamos los zapatos. La abuela nos hace sentar en las esteras con las piernas estiradas para ver los zapatos y asegurarse de que están bien. Nadie más en la carpa tiene verdaderos zapatos colegiales. Al mirar a los demás es como si estuviésemos otra vez en una verdadera casa, sin guerra, y no aquí, allá lejos.

Llegaron unos blancos a tomarnos fotografías a los que vivimos en la carpa; dijeron que estaban haciendo una película, que es algo que nunca he visto pero sé lo que es. Una mujer blanca se metió en nuestro espacio y le hizo a la abuela unas preguntas que otro que entiende la lengua de la mujer blanca nos las decía en la nuestra.

– ¿Cuánto tiempo llevan viviendo de este modo?

– ¿Quiere decir aquí?, dijo la abuela. En esta carpa, dos años y un mes.

– ¿Y qué espera del futuro?

– Nada. Estoy aquí.

– ¿Y para sus pequeños?

– Quiero que aprendan para que puedan conseguir buenos empleos y dinero.

– ¿Esperan en regresar a Mozambique, a su país?

– No volveré.

– ¿Pero cuando termine la guerra… y ya no puedan quedarse aquí? ¿No desea volver a su hogar?

Me pareció que la abuela no tenía ganas de seguir hablando. Me pareció que no le iba a contestar a la mujer blanca. La mujer volteó la cabeza, nos miró y nos sonrió.

La abuela sin mirar a la mujer blanca, dijo:

– Ya no hay nada. Ya no hay hogar allí.

¿Por qué dirá esto la abuela? ¿Por qué? ¡Yo si regresaré! ¡Regresaré a través del Parque Kruger! Cuando termine la guerra, cuando ya no queden más bandidos, quizá mamá nos esté esperando. Y puede que aquel día que dejamos al abuelo solo, él al final terminó por encontrar el camino, y se regresó poquito a poco, a través del Parque Kruger, y esté también allí esperándonos. ¡Estarán en casa, y yo los encontrare! ¡Nunca olvidare!

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