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[FEMINISMOS] Del no ser, al ser nombradas

“Ahora que si nos ven…”

“¡Qué ganas de joder!”, “¡es redundante!”, “¡ahora hay que escribir más!” se escuchaba en las escuelas de Derecho –y de derechas- cuando comenzábamos a estudiar la Constitución de la República Bolivariana de Venezuela de 1999 que desde su promulgación apuesta por la incomodidad de nombrar al sexo femenino en el discurso institucional legal. La estorbosa repetición de palabras para nombrar a las mujeres que fastidiosamente se percibían a sí mismas fuera del masculino universal. La imperdonable ignorancia de asumir que “hombre” era género y no especie, comenzaba a ser debate público nacional: “Redundancia”, “Comicidad”, “Desastre lingüístico”, “Manejo caprichoso del lenguaje” y “Demostración de ignorancia” fueron las críticas que recibió la Comisión de Estilo de la Asamblea Nacional Constituyente encarada por una de sus mayores referentes Viki Ferrara.

La resistencia era lógica, un espacio de poder era ahora disputado: el lenguaje. Pero; ¿De qué va la apuesta por nombrar a la mitad del mundo en las palabras que decimos? ¿Por qué no conformarnos con la mención de “hombre” como representante de toda la humanidad?

Desde pequeñas las mujeres hemos tenido que identificar las veces que “hombre” representa lo que somos por su histórico uso como referente de especie o de humanidad. Pero también, hemos tenido que identificar que eso que llaman “hombre” se refiere a la otra parte del mundo que no somos. Entonces, somos algo que no es “hombre”, quizá algo que lo acompaña o que entra en relación con él, cuando lo nombran estoy, no como hombre, sino como otra cosa que subyace, que rodea, que quizá se incluya pero que no Es. Desde acá se desarrolla un complejo entramado identitario que para las mujeres presupone el peor lugar de la balanza. Paseamos por el lenguaje adivinando cuándo somos nombradas como sujetas y cuándo no estamos nombradas pero de seguro que estamos allí, en algún lugar. Los hombres por su cuenta no tienen este problema. En ellos se encierra su género: masculino. Pero también algo más potente, lo humano.

Existe una marca en el lenguaje: la marca de género.

Para Butler esta marca responde a una economía significante hegemónica de lo masculino. La imperiosa necesidad de hacer más corto el lenguaje ha hecho que se asuma que un género es la marca de todo. Y el otro, es eso: lo otro, lo que no es referencia, lo que no es totalidad ni siquiera mayoría. En la lengua castellana, los artículos que señalan lo masculino: él, ellos, todos: son considerados, por economía gramatical, una totalidad, pero, dependiendo del contexto, son marca también de un género concreto. Pero no de un género cualquiera. Se trata de un género que es referencia del todo pese a que se trate como individuo. Se trata de un género que sostiene un dominio concreto sobre el otro: la otra. He aquí el asunto; “poner al falo como referente, como significante de lo universal y del poder, ha hecho a la mujer un mero dispositivo portador de “carencia” metafísica, y la ha colocado fuera de lo simbólico, de lo social, y de lo cultural”. (Colaizzi, 1990:5)

Fue así como “de pronto” lo masculino se convirtió en lo abstracto pudiendo ser un sujeto o El sujeto universal, mientras que lo femenino es la referencia de lo concreto (Wittig, 2006:86).  Hay quienes dicen que se trata de una suerte de “economía del lenguaje”. La lengua masculina es hábito, pero, ¿por qué no sucedió al revés? ¿Por qué no fue: la, ellas, todas, el recurso económico para nominar la totalidad? Si lo masculino ha sido la totalidad, es porque al mismo tiempo y por las mismas razones lo masculino ha sido dueño de lo público mientras lo femenino ha sido relegado a lo íntimo, lo privado: lo doméstico. Las mujeres, excluidas siempre de la vida pública, académica, literaria, institucional, hemos sido invisibles en todas las esferas y el lenguaje no sería la excepción, por el contrario, sería el mayor recurso de invisibilización y más allá, de ordenación de esta dicotomía: “Quién necesita nombrar a las mujeres si son, como su aporte a la sociedad, tan necesario como invisible”. (Ferrara, 2001:3).

El lenguaje como creación humana que es, responde a intereses concretos, crea un discurso: nombra y ordena realidades. Lo masculino, el varón, es el universalizante en tanto que es el modelo de lo humano, el referente, el sujeto de enunciación legítimo: esto tiene repercusiones de extrema violencia. Si todo lo que no sea varón, no es nombrado, significa básicamente que no existimos. Las mujeres y toda identidad que transgreda lo masculino, somos completamente borradas de la memoria colectiva cuando nos silencian y ponen a quienes ejercen el poder sobre nosotras como referentes de toda la humanidad. No participamos en la construcción del lenguaje, no somos parte de la narrativa, no hicimos historia, no hicimos nada, somos nada. 

El lenguaje, entonces, se encarga de ocultarnos bajo el género masculino y éste no sólo comunica sino que confirma las relaciones, los hábitos. Si sólo los hombres han tenido el poder en el lenguaje de nombrar, caracterizar, definir, son ellos fundamentalmente quienes han conformado la Cultura, como señalan diversas feministas: son ellos los creadores de la cultura masculina.

El poder sobre el lenguaje, el discurso y la cultura no responde exclusivamente a una dicotomía sexual aunque la incluya. En el sistema occidental moderno, capitalista y patriarcal, como denominan las feministas descoloniales, el poder de nombrar, de representar y construir símbolos responde a una estratificación más completa que no se reduce en femenino-masculino pero que tampoco en trabajador-obrero. Responde también a unas relaciones de poder que privilegian a unos sujetos sobre otres en razón de clase social, territorio, fisonomía, “raza”, sexo, géneros, entre otras. Sin embargo algo sí nos debe quedar claro en el devenir histórico: escriben los poderosos.

Las mujeres, siendo centro de diversas violencias, tantas violencias como sujetas hay, unas de las que ferozmente se ejercen, existen en este lenguaje, el que tenemos, el de los varones. Un lenguaje que no nos nombra y que de señalarnos, -como sujeto enunciado, nunca enunciante-, ejerce dispositivos sexistas que reproducen estereotipos y re-ordenan permanentemente la violencia simbólica con todo lo que esté por fuera del gran varón: mujeres cis, transexuales, transgéneros, y toda diversidad emergente que vive, resiste y construye identidades. Esto no es casual: ¿Cuántas mujeres trabajan en la Real Academia Española? ¿Cuántas la han presidido? ¿Cuántas al menos han tenido un desempeño importante? ¿Cuántas transexuales son parte de las comisiones de estilo para redactar constituciones? ¿Cuántas negras? ¿Cuántas sudacas?; ¿Cuántas pobres decidimos cómo debemos vivir el habla?

 “El idioma del opresor, representa no sólo la violencia, sino que es violencia”

El lenguaje, no es inocente ni neutro: transmite ideología, interpreta, reproduce la cultura, refuerza los valores imperantes en la sociedad y condiciona nuestra visión de la realidad: hablamos la lengua del patriarcado, la del capital. Como señala Van Dijk, “El lenguaje constituye discursos y estos discursos organizan controlan y reprimen la vida diaria”.

Invisibilizadas en la reconstrucción escrita de la Historia, no tenemos injerencia en la construcción de significantes que sean referencia social. Nombrarse, nombrar, tener dominio en la construcción del lenguaje, del discurso, permite el poder de definir que no es menos que “el poder de conformar la cultura, es el poder de establecer lo que es y lo que no es”. (Facio, Alda. 1992:21). En los últimos siglos, las mujeres no hemos ejercido esta forma de poder. Facio nos señala cómo las definiciones desde la perspectiva masculina constituyen la subjetividad imperante. Posicionan formas de ver las relaciones sociales y las estructuras a las que estas responden. Las perspectivas masculinas son las que encontramos en nuestros diccionarios. El diccionario ideológico de la lengua española “Julio Casares” de la Real Academia Española, continúa, define “Patriarcado” como “el gobierno o autoridad del patriarca” sin más, dejando en un silencio invisible a las personas sobre las cuales se ejerce esa autoridad. ¿Qué dice la Real Academia Española sobre el Capitalismo?

“Toda igualdad es fingida si el referente de lo humano sigue siendo el masculino”[1]

Es imperante nombrar lo que nos oprime y más aún, nombrar la resistencia a esa opresión desde las sujetas que lo resisten. Las sociedades patriarcales no sólo son regímenes de propiedad privada de los medios de producción, sino también de propiedad lingüística y cultural, sistemas en los que el nombre del padre es el único “nombre propio”, el nombre que legitima y otorga autoridad y poder, el logos que controla la producción de sentido determina la naturaleza y la calidad de las relaciones, el modus propio de la iteracción humana. (Colaizzi, 1990:5) El lenguaje entonces transmite y reproduce relaciones de poner e invisibiliza el valor simbólico que les otres identidades y subjetividades aporten en la construcción de la cultura. El silenciamiento de las mujeres está tan normalizado que hombres y mujeres nos habituamos a que las mujeres “no existen”.[2] De la misma forma pasa con la negritud.

Transgredir la masculinidad imperante en el lenguaje trasciende el cambio de pronombres. Desde los diversos feminismos la reivindicación de algunos términos que  eran usados como insultantes o descalificativos pasan a ser banderas de identificación: putas, solteronas, cachaperas, camionas, sudacas, incluso feministas. Así mismo la creación de nuevos pronombres con el uso de la “x” o de la “e” para buscar universalizantes que trasciendan la reproducción de la dicotomía binaria que el “@” o el “Todos” y “todas” no logra romper; son una de las tantas formas que desde los feminismos se van consensuando como una nueva forma de moldear el lenguaje.

Incomodar el habla rompiendo el hábito masculino quizá nos permita entender que “la incomodidad” de nombrar lo diverso no es tal como la de perecer en el mundo simbólico para reproducir un despojo invisible. Y en esto radica la disputa simbólica, no sólo en mencionarnos, también en  poder narrar, identificar, definir desde nuestra perspectiva qué es que hemos llamado “lo humano”. No necesitamos ser nombradas para que esto ocurra. La disputa ocurre, lo correcto es que sea nombrada.

Carolina Santiago

Enero, 2019


Referencias:

  • Butler, J. (1999): El género en disputa. El feminismo y la subversión de la identidad. Paidós, México.
  • Colaizzi, G. (1990): Feminismo y teoría del discurso: razones para un debate. En: Feminismo y teoría del discurso. Editorial Cátedra, Madrid.
  • Facio, A. (1992): Cuando el género suena, cambios trae. Una metodología para el análisis de género en el fenómeno legal. ILAUS. San José, Costa Rica.
  • Ferrara, V. (2001): Uso no-sexista del lenguaje en la Constitución Bolivariana de Venezuela. En: Otras Miradas. Vol. 1 N°1, Junio.
  • Van Dijk, T (1980): Estructuras y funciones del discurso. Siglo Veintiuno Editores. España.
  • Wittig, M (2006): El pensamiento heterosexual y otros ensayos. Editorial Egales. 1era edición 1992. Boston

[1] (Ferrara, 2001)

[2] (Facio, Alda. 1992).

Sobre el autor

Militante feminista de Faldas~r. Egresada de Derecho y Ciencias Políticas. Tesista en Maestría en Etnología.

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