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[OPINIÓN] Gramsci, Chávez, Maduro y el bloque histórico

bloque histórico

En los últimos días la reflexión de izquierda ha sido atravesada por un nuevo debate, el suscitado alrededor de la comprensión, análisis y formulación de la categoría gramsciana de bloque histórico, muy de moda en los recientes días en el discurso del presidente Maduro. El mandatario da mención de ella reiteradamente en varios medios y alocuciones.

En el marco de la saturación de esta categoría, la versión que más me ha llamado la atención ha sido la manifiesta en el artículo de Franco Vielma en el portal Misión Verdad ¿Qué es el bloque histórico y por qué Maduro lo convoca más allá de la izquierda?

. Un aspecto que me pareció relevante es que Franco utiliza la expresión “más allá de la izquierda” en su título, justificándolo como algo dicho por Maduro en su intervención en el Congreso Bolivariano de los Pueblos el 22 de agosto del 2020. Sin embargo, el presidente no utiliza esta frase, sino que habla de una “alianza que va más allá del más allá”. Es entonces la interpretación del autor que el nuevo bloque histórico debe trascender a la izquierda.

En un primer momento, el artículo de Vielma se concentra en una definición fugaz de bloque histórico, crisis orgánica y hegemonía, amenizando esta intención con el conocido discurso del presidente Chávez del 2 de junio del 2007. Luego intenta construir una narrativa que permita ver una continuidad entre la idea de bloque histórico de Chávez y la aspiración de bloque histórico de Maduro.

Hay varios elementos del mencionado escrito sobre cuáles me gustaría detenerme , pero antes es necesario un paso rápido por Gramsci.

Un necesario ajuste teórico

Como bien menciona Vielma, la categoría de bloque histórico está estrechamente vinculada a la de hegemonía. Gramsci sustancializa esta última en la relación que existe entre el consenso y la coerción. Revela también la dinámica de estos dos procesos al interior de la relación binaria entre la sociedad civil y la sociedad política.

Para la tradición marxista, a la cual Gramsci pertenencia, las sociedades en su proceder histórico-material pueden estudiarse según un modelo teórico explicativo dual. Por una parte está la estructura, en la cual podríamos englobar las relaciones sociales de producción, es decir las formas organizativas que los hombres desarrollan para resolver su materialidad como organismo colectivo. En un segundo plato está la superestructura, a saber la división social del trabajo, quién trabaja qué y quién se queda con qué. Para justificar lo último es necesaria la creación de un entramado ideológico-jurídico. A la unión de estos dos planos se le suele llamar formación histórico-social o de forma genérica “modo de producción”.

Es necesario aclarar que la división de la formación histórico-social o modo de producción en dos partes es meramente explicativa. En la cotidianidad estos dos niveles están entrecruzados y vinculados hasta en el más mínimo recoveco. Dentro del marxismo ha existido una polémica en cuanto a la importancia y a la primacía de ambas dimensiones, una especie de aporía al estilo del huevo y la gallina. Para aliviar esta polémica es mejor entender estos dos niveles como polos de una misma fuerza dinámica que desde su interior es atravesada por la inestabilidad de sus contradicciones y antagonismos generada por ella misma.

Gramsci previene contra el error de considerar separadamente estos dos niveles. El concepto de bloque histórico tiene por objeto justamente evitar este error, en el primer capítulo de El materialismo histórico y la filosofía de Benedetto Croce. Gramsci sostiene que “el análisis de estas afirmaciones (estructura y superestructura), llevan a reforzar la concepción de bloque histórico, en cuanto las fuerzas materiales son el contenido y las ideologías la forma, siendo esta distinción de contenido y de forma puramente dialéctica, puesto que las fuerzas materiales no serían concebibles históricamente sin forma y las ideologías serían caprichos individuales sin las fuerzas materiales”. La articulación del bloque histórico permite entonces diferenciar metodológicamente dos esferas complejas: la estructura socioeconómica y la superestructura ideológica, estrechamente y orgánicamente vinculadas.

Dentro de la compleja superestructura del bloque histórico, Gramsci distingue dos esferas: la sociedad civil y la sociedad política. En Los Intelectuales y la Organización de la Cultura afirma que “la sociedad civil está formada por el conjunto de los organismos vulgarmente llamados privados”. Es desde ella desde donde se formaliza la consideración hegemónica dominante que se ejerce en toda la sociedad, constituyéndose como “contenido ético del Estado”. Usualmente Gramsci contrapone a esta la sociedad política, que concibe por lo que genéricamente podríamos llamar “Estado”, el cual ejerce el dominio directo por medio del gobierno jurídico. 

Como se dijo arriba, en el marco de la teoría gramsciana la sociedad civil sería la “base” y el “contenido ético” del Estado. Sería por medio de la construcción de dicho contenido ético que la sociedad civil lograría el control de la sociedad política (Estado) y formalizaría el consenso hegemónico.

Por “contenido ético” debemos entender la construcción de filosofías, sentidos comunes e ideas generadas al interior del campo de lucha ideológica cuya consolidación siguiendo a Gramsci podemos llamar bloque ideológico, este último diseñado en las entrañas de la sociedad civil, amparado en el dominio formal de las relaciones sociales de producción y a su vez en la potestad fáctica de los medios de producción, para así establecer un tipo de división social del trabajo y con ella las distintas narrativas jurídica dentro del Estado alrededor del trabajo, la propiedad, salario, cultura, etc. “El derecho es el aspecto represivo y negativo de toda la actividad positiva de la formación civil desplegada por el Estado” sostiene Gramsci en el capítulo dedicado al Estado Moderno en sus Notas sobre Maquiavelo, sobre política y sobre el Estado Moderno.

La sociedad política, citando nuevamente a Gramsci en Los Intelectuales y la Organización de la Cultura, cumple la tarea de “conformar a las masas del pueblo de acuerdo al tipo de producción y de economía de un momento dado”.

Profundizando un poco más en la categoría de bloque ideológico, que es para Gramsci el nódulo por medio del cual la sociedad civil se vincula con la sociedad política y sobre la cual se sustenta parte importante de la hegemonía, observamos también que es una estructura que por base tiene al intelectual. 

El intelectual es una figura central para Gramsci, no es la concepción tradicional del individuo aislado y elitesco sino a la idea del sujeto practicante y conocedor de la estructura económica social de la que forma parte y revelador de sus contradicciones. Es el obrero o el profesional con conciencia de clase quien genéricamente Gramsci define como intelectual orgánico, aquel que es atravesado por las contradicciones de la estructura y superestructura con un hálito siempre revolucionario, o por lo menos, en la medida que lucha por un nuevo bloque ideológico.

Este tipo de intelectual orgánico es el que promueve y disputa el escenario ideológico y es uno de los principales elementos a considerar al pensar la crisis orgánica, crisis histórica o el desgaste del bloque histórico. Es el albañil de la hegemonía, quien promueve nuevos sentidos comunes, piensa nuevas formas de administración y divisiones del trabajo, es el disputador de imaginarios y símbolos, el aperturador de horizontes.

Cabe señalar que los intelectuales no son una clase sino que están al interior de las distintas clases, donde disputan el control ideológico. Una vez un grupo o clase logre imponerse sobre las demás surge el bloque ideológico.

La pugna por la hegemonía es una lucha ideológica que a su vez se desplaza al escenario estructural y material. Gramsci lo deja muy claro en en sus Notas sobre Maquiavelo… “[…] la hegemonía es ético-política pero no puede dejar de ser también económica, no puede menos que estar basada en la función decisiva que el grupo dirigente ejerce en el núcleo rector de la actividad económica”. Es en este punto donde Gramsci revela el calor al cual se cocina la hegemonía. La llama sigue siendo, aunque algunos lo quieran negar, la lucha de clases en lo material, y la lucha ideológica entre las mismas clases en la pugna intelectual.

Es necesario en este punto hablar un poco sobre la idea un tanto errada de coalición o alianza de clases, un tanto polémica al menos dentro de la teoría gramsciana de hegemonía. 

Aunque Gramsci utilizó la categoría de “alianza de clases”,, es claro que la idea de hegemonía supone la existencia de una clase dirigente y una clase dirigida. En este punto el propio Gramsci sostenía la existencia de “grupos auxiliares” o “aliados”, pero siempre en una dinámica subalternada.

La alianza de clases supone una horizontalidad donde cada actor desarrolla tanto rango de acción como su equivalente, pero nuevamente Gramsci en sus Notas sobre Maquiavelo comenta “el grupo dominante es coordinador concretamente con los intereses generales de los grupos subordinados y la vida estatal es concebida como una formación y una superación continua de equilibrios inestables entre los intereses del grupo fundamental y los de los grupos subordinados, equilibrios en donde los intereses del grupo dominante prevalecen”. Es la imposición de los intereses de una clase lo que sucede dentro de la hegemonía, no la alianza de varias clases en un escenario sin tensiones.

Olvidar este detalle encubre lo arriba comentado: la lucha de clases es fundamental al interior de la hegemonía, y en Gramsci esto es notorio.

La idea de alianza de clases está suscrita en cierta tradición de la teoría de la hegemonía, sobre todo en la versión posmarxista de Ernesto Laclau y Chantal Mouffe. En Hegemonía y estrategia socialista, Laclau y Mouffe sostienen la condición “sublimada de las clases” y su función de articulación en el “espacio fallido” de la hegemonía; “debemos pues considerar a la apertura de los social como constitutiva, como “esencia negativa” de lo existente, y a los diversos “órdenes sociales” como intentos precarios y en última instancia fallidos de domesticar el campo de las diferencias “ sostienen ambos autores en la mencionada obra al meditar sobre “la positividad de lo social” es decir la posibilidad de rebelarse en lo social y sobre los campos de lucha reales, que dicho sea de paso, no son más que luchas retóricas, discursivas y simbólicas según apuntes nuevamente ambos autores.

No cabe duda que el campo de lo social está lleno de diversidad, pero eso no significa que la diversidad esté desvinculada de las dinámicas de clases y del conflicto. Afirmar las condiciones fallidas de la hegemonía es precisamente no entender su dinámica, ni la del bloque ideológico. Últimamente es muy común la confusión en torno a la categoría de hegemonía entre sus distintos exponentes, lo que ha llevado a afirmaciones un tanto pintorescas, como que un movimiento social es una “religión cívica”. Esta clasificación dice poco del movimiento, nada de su quehacer político o de sus dinámicas internas de clase y poco de sus chispeantes conflictos, mucho menos del bloque ideológico que le da cohesión.

Es en este marco que el análisis de la teoría y la práctica deben tener una meditación con mayor detalle y compromiso.

Hegemonía y bloque histórico en el discurso de Chávez

El presidente Chávez comienza a hablar abiertamente de la teoría gramsciana de bloque histórico y de hegemonía en 2007. En el famoso discurso de 2 de junio de 2007 en Caracas, el presidente formuló las líneas generales de la teoría gramsciana y, según su criterio, el foco antagónico que la teoría desvelaba: “Una de las grandes contradicciones que hoy tenemos en Venezuela está precisamente allí, entre la sociedad política, el Estado que ha venido experimentado un proceso de transformación y de liberación, diría yo, y una llamada sociedad civil de instituciones comúnmente privadas que ya no controlan el Estado”.

Desde el inicio de la Revolución Bolivariana e incluso desde los manifiestos de Yare, Chávez entendió que el problema de la política venezolana se focalizaba en lo que podríamos definir genéricamente como la necesidad de un nuevo sujeto político y con él un nuevo orden de lo político. El concepto de democracia participativa y protagónica viene a reafirmar esta hipótesis, la lucha creciente por darle protagonismo al naciente poder popular, la nueva constitución y las posteriores reformas se orientaban a lo que terminaría tomando fuerza en 2011, año donde la teoría Gramsciana viene a ser aterrizada en el terreno político y social bajo la aspiración de construir una nueva sociedad civil, o como el mismo (Chávez) la definía, una nueva sociedad humana.

Chávez siempre fue muy claro en reconocer que poseer parcialmente el poder sobre la sociedad política no es suficiente para construir hegemonía. En el discurso de lanzamiento del Gran Polo Patriótico el 7 de octubre de 2011 sostenía: “Porque nosotros pudiéramos tener hegemonía pasajera, mayoría; o creer que la tenemos: “No, somos mayoría y tenemos allá a Miraflores y el Gobierno, y tenemos la Asamblea Nacional…”. Y descuidarnos y no profundizar, y crear de verdad el sistema hegemónico que va mucho más allá de las estructuras del Estado. Es el poder, vuelvo al concepto y a la categoría del poder político, cultural, moral, económico.” Es decir construir un nuevo “contenido ético” del Estado, un nuevo bloque ideológico, nuevos imaginario y sentido común. En resumen una nueva sociedad civil desde donde surjan las bases de una nueva hegemonía.

Este idea del presidente se dibujaba en dos linderos. El primero consiste en disputar a la vieja sociedad civil espacios en el entramado productivo por medio de la creación de empresas de propiedad social, grupos de intercambio solidarios, democratizando el acceso a créditos y al sistema financiero. En resumidas cuentas fomentar una plataforma económica para la lucha del poder popular por el dominio de la sociedad civil históricamente manejada por la clase empresarial. El segundo lindero marchaba sobre la ampliación de la participación política mediante los nuevos sistemas de agregación y la gestación del nuevo sujeto dentro de la práctica política. La intención era pugnar dentro de la sociedad política (Estado) los espacios conquistados por la sociedad civil tradicional. El proyecto del Estado Comunal y la política de los injertos socialistas deben entenderse en este marco.

En el famoso discurso del “Golpe de timón” en el consejo de ministros del 20 de octubre del 2012, Chávez señaló las “condiciones que orientarían el tránsito de Venezuela al socialismo. Enumeraba: 

“1.- La modificación de la base productiva del país buscando una mayor democratización del poder económico; 

2º.- El cambio en el rol del Estado para lograr que el proceso acumulativo se oriente a la satisfacción de las necesidades básicas de la mayoría de la población y a la defensa de la soberanía; 

3º.- La incorporación de mecanismos de autogestión productiva a nivel colectivo; 

4º.- La utilización de una planificación democrática como mecanismo regulador de las relaciones productivas; 

5º.- La ubicación autónoma del país frente a la internacionalización del sistema capitalista”

Todas las anteriores condiciones pueden leerse en el contexto que venimos señalando, bajo la idea de la nueva hegemonía y el nuevo bloque histórico.

El proyecto original del Gran Polo Patriótico, por otra parte, más que una táctica electoral, tenía el objeto de convertirse en el nuevo bloque ideológico que ayudaría a parir la nueva hegemonía necesaria en el marco de la crisis del bloque histórico precedente. En el mismo discurso ya señalado del 2011 Chávez reafirmaba: “el Gran Polo Patriótico apunta en esa dirección. Primero, conformar un nuevo sistema hegemónico, la hegemonía, más nunca debe imponerse aquí la hegemonía de la derecha, la hegemonía burguesa, más nunca. La hegemonía popular revolucionaria es la que tiene que imponerse aquí, la hegemonía popular revolucionaria”.

Es en este caso, el poder popular revolucionario el sujeto de la vanguardia para la construcción de la nueva hegemonía. Este poder popular se disgrega en un gran espectro de sujetos del mapa social y político desde comuneros, movimientos sociales, colectivos, hasta obreros especializados o no especializados aglutinados por la ideología progresista enmarcada en los derechos sociales de participación y protagonismo económicos y políticos, esta última enmarcada en la tradición de izquierda.

Nueve años después de toda esta historia, con bloqueo y sanciones de por medio, pareciera que las ideas formuladas por Chávez sobre el bloque histórico y la necesidad de la nueva hegemonía han sido rescatados por el presidente Maduro. Nuevamente el Gran Polo Patriótico se encuentra emparentado a esta historia, pero esta vez por polémica de otra índole. El llamado de Maduro de ir “más allá del más allá” deja confundidos a muchos y la afirmación de Franco Vielma de ir más “allá de la izquierda”, que parece ser más una exégesis del propio Franco que una cita textual, no aclara tampoco el panorama.

Lo cierto es que, como solía decir Gramsci, “la política es, de hecho, en cada ocasión, el reflejo de las tendencias de desarrollo de las estructuras, tendencias que no tienen por qué realizarse necesariamente”.

Nos encontramos en la encrucijada más titánica de nuestra historia, enmarcados en una lucha contra el imperialismo y contra el reformismo. Pugnando desde abajo a puños y codazos espacios de lucha por la materialidad, por la construcción de nuevas formas de producción y consumo, pariendo ideas y cosechando sentidos y símbolos.

Hoy más que nunca la lucha sigue siendo ideológica, contra los oportunistas y contra el olvido, contra la sociedad civil tradicional y contra la sociedad política convertida en conservadora. No cabe duda que hay un país que se niega a morir y otro que aún no ha nacido. Nuestra pugna hoy por hoy sigue siendo la misma, la construcción de una nueva hegemonía y con ella de un nuevo bloque histórico, no como aspiración pasajera sino como legado necesario, no con el empresario sino con nuestros iguales, desde las bases populares, desde el barrio, desde el campo, en el calor del trabajo y desde el hervidero de la calle.

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