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[GOLPE DE TIMÓN] Guía para la construcción del Socialismo que Chávez nos encomendó

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CahvezGolpeDeTimon

“No nos va a llegar lo que queremos por prodigios divinos”

Simón Bolívar, citado por Chávez en el marco

de la reunión de gabinete que paso a la

 historia con el nombre de Golpe de Timón

A 4 años de aquel 20 de octubre cuando el Comandante Chávez convirtió su primera reunión de gabinete del nuevo periodo en un ejercicio público de autocrítica, llena de lo nuevo, lo de porvenir, fustigando lo que consideraba los errores en que la Revolución estaba incurriendo y centrando su poderoso verbo en cómo corregirlos; por eso el “Golpe de Timón” es eje central de las demandas permanentes al gobierno de parte de lxs militantes que asumen el Socialismo como la tarea y las comunas como uno de los instrumentos principales para su consecución.

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[OPINIÓN] Karl Marx, viejo filósofo del mañana, cumple 200 años

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MARX 5 Corregido
 
Se apagan las luces y comienza a rodar el proyector. En la parpadeante pantalla vemos al joven protagonista descubriendo un viejo anillo o una reluciente espada que cambiará su destino. El artefacto, a pesar de ser muy antiguo, ofrece poderes especiales a quien lo recoge, dándole acceso a conocimiento acumulado por muchas generaciones y abriéndole paso, por sus poderes especiales, al futuro… Sin muchos ajustes a este guión fantasioso, así concebimos el papel del pensamiento de Marx en nuestro presente.
 
No es accidental que en estas obras de fantasía, el mundo de los adultos suela estar signado por una mezquindad y vaciedad que lo convierten en fiel reflejo del nuestro. Aunque desde el comienzo el joven protagonista intuye que no pertenece a un ámbito tan gris y monótono, es el encuentro con lo antiguo –con la generación de los abuelos, bisabuelos o tatarabuelos– lo que afirma su pertenencia a un mundo superior que lo convoca a luchar sin tregua por su realización.
 
Huelga decir que si tuviéramos la capacidad de asumir la vida real con el mismo compromiso emocional que le aplicamos a las fantasías de Hollywood, seríamos conscientes de que ese mundo superior es el socialismo y que la crítica marxista de la sociedad actual, junto a la lucha de los oprimidos, es la que abre el paso a su emerger. Pero hoy día el pensamiento de Marx es como un anillo mágico y poderoso botado en el fango al borde del camino. Muy pocos se paran para recogerlo, pero la joya no ha perdido su brillo a pesar del abandono generalizado que sufre.
 
Su persistente brillo es empíricamente comprobable, puesto que el pensamiento de Marx ha demostrado su vigencia en tantas ocasiones, desmintiendo así a los detractores que –con casi cada década desde que surge el marxismo– se han entregado al rito vacío de anunciar su muerte. Recordemos, por ejemplo, los planteamientos afirmando que la importancia del marxismo, por haberse desarrollado en el siglo diecinueve, se desvanecería con el progreso del mundo, con la emergencia de la nueva clase media, con la prosperidad generalizada, o con la invención de los controles macroeconómicos keynesianos... ¡No ocurrió así! Todos estos desarrollos y tantos otros que iban a marchitar a Marx se marchitaron con el tiempo. ¡En cambio, el pensamiento de Marx se ha mantenido fresco y lozano!
 
Así, el repaso de las páginas chispeantes y casi mágicas de Marx, pese a haber sido escritas hace más de un siglo, sigue produciendo reacciones electrificantes e impredecibles en los lectores más diversos. Podríamos decir que el frescor y la vitalidad de sus palabras se condensa en el planteamiento marxista de que vivimos en la prehistoria de la humanidad, mientras la verdadera historia está por comenzar. Esta historia porvenir, según el viejo filósofo del mañana, se desplegará en un mundo de productores donde “el libre desarrollo de cada uno será la condición del libre desarrollo de todos.” Esta es una fórmula que debemos blandir como un Excalibur frente a las metas mezquinas de los economistas y políticos de hoy que son más bien nuevos filósofos del pasado.
 
Tiempos fuera de quicio
 
Tanto en las obras de fantasía como en el discurso de Marx se plantea que el mundo está fuera de quicio, marcado por la usurpación y por una profunda ruptura del orden justo. En eso, tanto Marx como la fantasía tienen más razón que todos los discursos que intentan endulzar o naturalizar nuestro presente capitalista.
 
Marx escribió que en el capitalismo “Todo lo sólido se desvanece en el aire”. ¿No es así? En el siglo veintiuno, la economía mundial se ha ido enrareciendo, se ha tornado exótica, etérea e incluso espectral. Basta visitar un portal financiero para comprobar este hecho. Allá los sacerdotes de la economía irreal apuntan a números irracionales y gráficos enrevesados mientras hablan de productos y derivados que hacen que una fachada barroca luzca como un ejercicio de moderación. Frente a este mundo enrarecido y surrealista, las ideas de Marx se revelan robustas y humanas, con los pies firmemente plantados sobre la tierra.
 
En este sentido, y pese a lo que digan, no hay nada más humano y robusto que la apuesta marxista por una sociedad descrita, al final del primer tomo de El Capital, como la negación de la negación. A esta reflexión la han seguido una ingente cantidad de reclamos sobre su supuesto carácter hegeliano y metafísico. Pero el planteamiento no es metafísico en absoluto cuando se considera que el mundo en el que vivimos es tan claramente terrible –“negativo”–, para las grandes mayorías. Solo hay que observar cómo vive el grueso de la humanidad –sobre todo los niños y las mujeres– en los países de la periferia. Esta es la cara principal, la cara más común y difundida del capitalismo: un infierno terrenal en el que se ahogan los pocos destellos positivos del sistema. Siendo así las cosas, ¡hay que negar el sistema, superarlo! Esto es, en fin, “la negación de la negación” sobre la que escribe Marx y no tiene ni una gota de misticismo.
 
Lo mismo se puede decir del planteamiento marxista de la crítica despiadada de todo lo existente. ¿Abstracto? ¿Extravagante? ¿Exagerado? En realidad este planteamiento es mucho menos extravagante que su contrario. La propuesta marxista consiste esencialmente en demostrar que las categorías que rigen la sociedad actual (una sociedad que es obviamente insostenible durante un siglo más), son productos históricos y por lo tanto superables. Esta propuesta práctica y teórica, que rebasa el vulgar proyecto de humanizar o reformar lo existente, sigue siendo hoy la única base sólida de una propuesta civilizatoria. En cambio, la propuesta más “normal” de preservar la sociedad bajo las formas y relaciones actuales nos lleva por un camino de infinitos vericuetos y mistificaciones.
 
Este mundo fuera de quicio se registra en el discurso marxista como una realidad dominada por los fetiches del capitalismo: la mercancía, el dinero y el capital. Frente a este exoticismo que es inseparable de la modernidad en su encarnación capitalista, Marx propuso despejar la neblina y el hechizo del capitalismo, planteando la necesidad de devolver al ser humano –desplazado por el pseudo-sujeto que es el capital, el verdadero monstruo de Frankenstein de nuestros tiempos– al centro de la sociedad y al mando de la producción. Solo así puede el ser humano recuperar su capacidad de escoger en un momento en el que enfrenta disyuntivas impostergables sobre el medio ambiente, el desarrollo sostenible y la paz.
 
Las fuerzas oscuras que atacan la vida
 
No hay discurso poderoso (¡ni artefacto mágico!) que no pueda caer en manos del adversario, y la magnitud del acontecimiento marxista se puede medir por la difusión de sus ideas y sus métodos en el campo enemigo. En efecto, tan adentro han calado ciertos elementos de la visión marxista, que en ocasiones parecería que la derecha es quien mejor entendió a Marx en nuestros tiempos. La derecha internalizó, por ejemplo, que la economía es la columna vertebral de la sociedad. Palabras más palabras menos, esa fue la lección que Marx le dio a su amigo Kugelmann apuntando a que cualquier formación social que no asegure su propia reproducción se extinguirá en meses, y hoy es axiomática para todos los think tank del sistema.
 
Así las cosas, los gobiernos de derecha, ahora más “materialistas” que los de izquierda, tratan de controlar las riendas de la economía a través del FMI, del Banco Mundial, del Banco Interamericano de Desarrollo, etc. También se organizan para asfixiar los proyectos alternativos por vía de ataques económicos, embargos y sanciones. La economía para ellos es lo primordial. Lo demás, piensan, es cuchicheo de pasillo... Se apoyan además en el concepto marxista del Estado, como evidencia aquel funcionario yanqui que se burlaba de Salvador Allende en el documental de Patricio Guzmán por no entender las enseñanzas de Lenin e imaginar que “la burguesía se suicidaría sin rechistar”.
 
La naturaleza de la lucha contra este tipo de enemigo, como la de la lucha en las obras de fantasía, es épica y radicalmente diferente que las mezquinas contestas y guerras que conocemos. Así que, aunque Marx, como él mismo recalcó, no pintaría a los capitalistas “color de rosa”, se negó también a responsabilizar sin más al individuo de “unas relaciones de las cuales socialmente es producto”. Su método –en paralelo al de Balzac, al que tanto admiró– era demostrar que los actores capitalistas son personificaciones de categorías económicas. ¡Cuán necesario es retomar este trabajo antihegemónico hoy, cuando se celebra desenfrenadamente y sin criterio a los personajes de la jet set empresarial que se han levantado cruelmente sobre el sufrimiento de millones!
 
El enemigo en esta batalla épica no es meramente otro individuo o grupo humano; en verdad, apenas es humano, es más bien la negación de la humanidad. Como los caminantes blancos o los zombies de las películas, el enemigo consiste en una monstruosidad moderna de confección capitalista, y no es accidental que la vida y obra de Marx se desarrollasen en paralelo con el surgimiento de los vampiros en la literatura, forma narrativa con la cual Marx compartió mucho de su contenido y toda su pasión. The Vampyre de John William Polidori, la primera obra del género, se escribió en 1819 cuando Marx tuvo apenas un año. Bastantes años más tarde, el siglo de Marx concluye con la publicación del Drácula de Bram Stoker. Resulta significativo y nos convoca a la reflexión el hecho de que desde la ficción sobre vampiros y desde la ciencia marxista, se enfrentó el mismo problema: el desangre del mundo por una fuerza misteriosa, peligrosa y ajena al ser humano...
 
No hay feliz final sino feliz comienzo
 
¿Cuánto tiempo va a durar este desangre capitalista, este parasitismo del capital (trabajo muerto) sobre el ser humano (fuerza viva)? Marx sentenció que ninguna formación social desaparece antes de que se desaten todas las fuerzas productivas que caben en su interior. Nuestra realidad, por su condición crítica y extrema, hace muy sencillo descifrar esta frase epigramática, porque hoy la fuerza productiva fundamental, la humanidad misma, no cabe realmente en un mundo capitalista. Trágicamente la “fuerza productiva desatada” que es la humanidad no encaja en este mundo de relaciones capitalistas porque no puede darnos de comer, garantizar el oxígeno que respiramos o el agua que bebemos.
 
Aunque el modo de producción capitalista se agotó, según este criterio hace rato, cumpliéndose así la sentencia de Marx, esto no es suficiente. Como es el caso con toda sentencia, alguien debe llevarla a cabo, y sobre ésto Marx nos dejó también algunas pistas. En el cuestionario que le dio su hija, Marx afirmaba que su virtud favorita era la fortaleza, que su idea de la felicidad era la lucha y que sus héroes eran Espartaco (rebelde organizador) y Kepler (la ciencia y el valor). Pero el heroísmo de Marx no era el del individuo sino el de lo cotidiano y colectivo y su tarea no era sencillamente derrocar un adversario, sino erradicar todo un sistema.
 
La lucha del proletariado, o de los ninguneados del sistema capitalista, es una lucha a muerte pero también en contra de la muerte. El penúltimo capítulo de El Capital muestra, por ejemplo contrapuesto, qué es el socialismo. Puesto que la esencia del capitalismo es separar al obrero de sus condiciones de trabajo y de vida, una separación que llega, en palabras del propio Marx, “chorreando sangre y lodo”, en el socialismo los trabajadores serán reasociados, en pleno uso de sus facultades racionales y creativas, con estas mismas condiciones de vida. ¿Terminará así la historia? No, lo que Marx nos enseña, como ya hemos resaltado, es que con este pequeño paso la historia humana justo comienza. Encendemos las luces, salimos a la calle, ahora con fuerza y sabiduría a toda máquina, para lanzarnos a una realidad reencantada.
 
Caracas, Mayo de 2018
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[VIDEO] Cierra la legendaria revista chilena Punto Final

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punto final

El cierre de una emblemática revista de izquierda con más de 50 años de historia ha causado conmoción en Chile. La publicación era parte de uno de los últimos intentos por hacerle frente al monopolio de la prensa escrita en ese país, dominado por dos grandes consorcios de la comunicación.

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[ANÁLISIS] El 68 en EEUU: El largo asesinato de Martin Luther King

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martin luther king jr

 

Resumen Latinoamericano / 1 de abril de 2018 / Paul Street
 
A medida que se acerca el 50 aniversario de la muerte violenta del Dr. Martin Luther King (el 4 de abril de 1968), es previsible escuchar en los medios de comunicación de EEUU más y más detalles reales y supuestos de su asesinato físico (o tal vez de su ejecución). Pero nada se dirá sobre el asesinato moral, intelectual e ideológico subsiguiente y continuo de King.
Me refiero a la narrativa neo-macartista convencional, exculpatoria, sobre Martin Luther King que se repite cada año con ocasión de la fiesta nacional que lleva su nombre. Este retrato aburguesado y difuminado de King como un reformista liberal moderado que quería poco más que unas cuantas reformas básicas de derechos civiles en el sistema supuestamente bueno y decente de EEUU, es decir, como un leal reformador que estaba agradecido a los líderes de la nación por hacer finalmente cambios nobles. Este año tampoco fue la excepción.
 
Las conmemoraciones oficiales no dicen nada sobre el Dr. King que estudió a Marx con simpatía a una edad temprana y que dijo en sus últimos años que “si queremos alcanzar la igualdad real, los Estados Unidos tendrán que adoptar una forma modificada de socialismo”. Borran al King que escribió que “el verdadero problema que hay que afrontar” más allá de cuestiones “superficiales” es la necesidad de una revolución social radical.
 
Han eliminado al King que habló en la Canadian Broadcasting Corporation (CBC) a finales de 1967 para reflexionar sobre lo poco que había conseguido la lucha por la liberación de los negros más allá de algunos pequeños cambios en el Sur de EEUU. Deploró “el freno del avance limitado del progreso” que los negros y sus aliados habían alcanzado “por la resistencia blanca [que] ha puesto al descubierto el racismo latente que [todavía] está profundamente arraigado en la sociedad estadounidense”.
 
“A medida que murieron la euforia y las expectativas”, explicó King en la CBC, “los negros se hicieron más conscientes de que el objetivo de su liberación estaba aún lejano y que nuestra situación inmediata es sustancialmente todavía una agonía de privación. En la última década, se ha hecho poco por los ghettos del Norte. Todos los cambios legislativos han sido para remediar las condiciones del Sur. E incluso éstas solo han mejorado parcialmente”. King pensaba que las conquistas ganadas por los americanos negros durante lo que él consideraba sólo la ‘primera fase’ de su lucha por la libertad (1955-65) estaban en peligro en la medida que “habían creado en los blancos una sensación de realización”: la impresión absurda de que el llamado “problema negro” había sido resuelto y que, por tanto, no había ya fundamento o justificación para el activismo negro. “Cuando los negros asertivamente comenzaron a subir el segundo peldaño de la escalera,” señaló King, “se produjo una resistencia firme de la comunidad blanca… En algunos sectores se trataba de un rechazo cortés, en otros, se trataba de una reacción blanca en contra. En todas partes, sin lugar a dudas, se trataba de resistencia pura y simplemente”.
 
Explicando a sus oyentes de CBC la importante ola de disturbios raciales que se multiplicó en las ciudades de Estados Unidos en los veranos de 1966 y 1967, King no excusó la violencia negra. Culpó de los disturbios a “la estructura del poder blanco … que sigue buscando mantener los muros de la segregación y la desigualdad intactos”. Denunció que la principal causa de los disturbios era la postura reaccionaria de “la sociedad blanca, que no esta preparada ni dispuesta a aceptar un cambio estructural radical”, que”produce caos” diciéndole a los negros (cuyas expectativas de un cambio de fondo habían despertado) “que deben esperar seguir siendo permanentemente desiguales y permanentemente pobres”.
 
King también atribuyó los disturbios en parte a la guerra imperialista y genocida de Washington en Vietnam. Junto con la miseria que infligía a Indochina, según King, la agresión militar salvaje de Estados Unidos contra el sudeste asiático restaba recursos a la breve y débil ‘guerra contra la pobreza’ de Lyndon Johnson. Se envió a los negros pobres como carne de cañón de una manera desproporcionada. Y creó el ambiente social en el que cuajó la idea de que la violencia era una respuesta razonable e incluso una solución a los problemas sociales y políticos.
 
Los negros estadounidenses, pero también otros sectores de la población, percibían lo que King llamó “la cruel ironía de ver a chicos negros y blancos en las pantallas de televisión, matando y muriendo juntos por una nación que es incapaz de sentarlos juntos en la misma escuela. Los vemos en brutal solidaridad quemar las chozas de una aldea pobre, pero nos damos cuenta que nunca vivirían en el mismo bloque en Detroit”, dijo King en la CBC, y agregó que “no podía permanecer en silencio ante tan cruel manipulación de los pobres”.
 
Más allá de la hipocresía racial, King dijo que “una nación que continúa gastando año tras año más dinero en defensa militar [aquí podría haber dicho mejor en un ‘imperio militar’] que en programas de mejora social está cada vez más cerca de su bancarrota espiritual”.
 
¿Violaron la ley los alborotadores, como les acusan tanto sus críticos liberales como conservadores? Sí, dijo King, pero agregó que las transgresiones de los alborotadores eran delitos derivados… consecuencia de unos crímenes más importantes de los… responsables políticos de la sociedad blanca“, que habían creado “la discriminación … en los barrios pobres [y] perpetuado el desempleo, la ignorancia y la pobreza… El hombre blanco”, explicó King “no respeta el estado de derecho en el gueto. Día tras día viola las leyes de asistencia social para privar a los pobres de sus exiguas asignaciones; viola flagrantemente los códigos y reglamentos de la vivienda; su policía se burla de la ley; viola las leyes sobre igualdad en el empleo y la educación y la prestación de servicios públicos. Los barrios pobres son la consecuencia de un sistema vicioso de la sociedad blanca”.
 
¿Son los alborotadores violentos? Sí, contestó King, pero señaló que su violencia fue dirigida “en un grado sorprendente… contra la propiedad no contra las personas”. Observó que “la propiedad representa la estructura del poder blanco , que [los manifestantes] [comprensiblemente] atacan y tratan de destruir”. Frente a quienes creen que la propiedad es ‘sagrada’, King argumentó que “la finalidad de la propiedad es servir a la vida, y por mucho que la rodeamos de derechos y respeto, no tiene carácter personal’.
 
¿Qué hacer? King defendió cambios radicales que iban en contra de la estructura del estado corporativo, lo que reflejaba su acuerdo con los militantes de la Nueva Izquierda, en el sentido de que “sólo mediante un cambio estructural se podrán eliminar los males actuales, porque las raíces están en el sistema y no en las personas o en un funcionamiento defectuoso”. King defendía un programa nacional de emergencia, que proporcionase empleo para todos o garantizase una renta básica nacional “de manera que permita vivir en circunstancias dignas”. También hizo un llamamiento a la “demolición de los barrios pobres y su reconstrucción por la población que vive en ellos”.
 
Sus propuestas, dijo, buscaban algo más que justicia racial. Su objetivo era eliminar la pobreza de todos, incluidos los blancos pobres, y creía que “la revuelta negra” era un desafío frente a lo que llamó “los tres males interrelacionados” del racismo, la injusticia económica / pobreza (el capitalismo) y la guerra (el militarismo y el imperialismo). La lucha negra “ha evolucionado, afortunadamente, en algo más que la búsqueda de la eliminación de la segregación [racial] y la igualdad”, dijo King. Se había convertido en “un desafío a un sistema que ha hecho milagros en la producción y la tecnología”, pero no ha sido capaz de “hacer justicia”.
 
“Si el humanismo está fuera del sistema [capitalista],” dijo King en CBC cinco meses antes de su asesinato (o ejecución), “los negros han revelado la naturaleza del despotismo y tendrá lugar una lucha mucho mayor por la liberación. Los Estados Unidos están ante el desafío sustancial de demostrar que se pueden abolir no sólo los males del racismo, sino también el flagelo de la pobreza y los horrores de la guerra…”
 
No hay la menor duda de que King se refería al capitalismo cuando hablaba del “sistema” y la “naturaleza del despotismo”. Esto es evidente en la mejor obra sobre King, la biografía épica de David Garrow, ganador del premio Pulitzer, Bearing the Cross: Martin Luther King, Jr. and the Southern Christian Leadership Council (Harper Collins, 1986)
 
Nadie que escuchase con atención la intervención de King en la CBC pudo ignorar el radicalismo de su visión y sus tácticas. “Los desposeídos de esta nación -los pobres, tanto blancos como negros- viven en una sociedad cruelmente injusta”, señaló King. “Deben organizar una revolución contra esa injusticia”, agregó.
 
Una revolución de este tipo requeriría “algo más que un llamamiento a la sociedad en general”, más que “manifestaciones en las calles”. “Debe”, añadió King, “ser una fuerza que interrumpa el funcionamiento [de la sociedad] de forma decisiva”. Esa fuerza haría uso de una “desobediencia civil masiva” para “transmutar la profunda rabia del gueto en una fuerza constructiva y creativa, dislocando el funcionamiento de la sociedad”.
 
“La tormenta crece contra la minoría privilegiada de la tierra”, añadió Martin Luther King. “La tormenta no disminuirá hasta que [haya una] justa distribución de los frutos de la tierra …” La “resistencia activa, masiva, no violenta contra los males del sistema moderno ” que King defendía era “de alcance internacional”, porque “los países pobres son pobres principalmente porque [las naciones occidentales] les han explotado a través del colonialismo político o económico. Los estadounidenses, en particular, deben ayudar a su nación a arrepentirse de su imperialismo económico moderno”.
 
King era un demócrata socialista que defendía la desobediencia de masas y un antiimperialista que abogaba por una revolución mundial. Los guardianes de la memoria nacional no quieren que se sepa nada de ello cuando transmiten doctrinalmente una memoria oficial impuesta sobre King como un reformador liberal y paniaguado. (De manera similar, nuestros señores de la ideología no quieren que sepamos que Albert Einstein [“Personaje del siglo XX”, según la revista Time] escribió un brillante ensayo en defensa del socialismo en el primer número de la venerable revista marxista estadounidense Monthly Review – o que Helen Keller era una defensora de la revolución rusa).
 
La amenaza que suponen para la memoria oficial burguesa las conferencias de King en CBC -y por lo que King dijo y escribió en los últimos tres años de su vida- no es sólo que demuestran que el pacífico reformador de la iconografía oficial era un demócrata socialista que se oponía al sistema capitalista y su imperio, sino también revelan con claridad cómo King analizaba los obstáculos al progreso de la nación de la injusticia racial y de clase, hasta el punto de impedir cualquier evolución en la década de 1970, como consecuencia de una reacción blanca que ya estaba en marcha a principios y mediados  de la década de 1960 (antes del surgimiento de los Panteras Negras, a los que los historiadores liberales consideran culpables de la deriva racista a la derecha de EEUU con Nixon y Reagan) y la guerra de las clases dominantes estadounidenses contra la clase trabajadora que se inició bajo Jimmy Carter y llegó a su cenit con Ronald Reagan.
 
La “condena espiritual” del militarismo de Estados Unidos ha pervivido, y Washington causó incontables millones de muertes directa e indirectamente de centroamericanos, sudamericanos, africanos, musulmanes, árabes, asiáticos y otros a lo largo de los años desde Vietnam. Con aproximadamente el 40 por ciento del gasto militar del mundo, los EEUU mantienen unos presupuestos de “defensa” (imperiales) desde la Guerra Fría para sostener un imperio mundial históricamente sin precedentes (con al menos 800 bases militares repartidas en más de 80 países extranjeros y “soldados u otro personal militar en cerca de 160 países y territorios”) incluso cuando más de 45 millones de estadounidenses continúan viviendo bajo el nivel de pobreza del propio gobierno federal. Un número muy desproporcionado de los pobres del país son negros y latinos.
 
Es obvio que el racista y supremacista blanco Donald J. Trump, cuya fortuna procede del sector inmobiliario, fue un hipócrita cuando recordó con cariño al Dr. King el pasado lunes. Pero ¿y su predecesor, Barack Obama, el primer presidente oficialmente negro de la nación? Fue cruelmente irónico que Obama tuviese un busto de King en la Oficina Oval para velar por continuar la traición de los ideales de paz y justicia por los que murió Martin Luther King. En consonancia con la profética (1996) y acertada descripción del Dr. Adolph Reed Jr. del futuro presidente como “un brillante abogado de Harvard con credenciales impecables y permeable a las represivas políticas neoliberales”, Obama respaldó consistentemente los intereses empresariales y financieros (cuyos representantes llenaron y controlaron sus administraciones, campañas y fondos de campaña) contra aquellos que estaban dispuestos a aplicar programas serios para poner fin a la pobreza, redistribuir la riqueza (la reconcentración salvaje desde la época del Dr. King ha producido una nueva Era dorada capitalista en los EEUU), otorgar atención médica gratuita y universal, poner límites al capital, y defender un ecosistema habitable a medida que nos acercamos a una serie de puntos de inflexión críticos en el camino hacia una catástrofe irreversible. Uno de los seguidores de Obama (Ezra Klein) se quejaba a finales de 2012 de que un presidente “cuya plataforma se compone de la ley de salud de Romney, las políticas ambientales de Newt Gingrich, los recortes de impuestos financiados con déficit de John McCain, los rescates a la banca y las empresas de George W. Bush, y una mezcla de la política fiscal de Bush y Clinton” todavía es denunciado como un ‘izquierdista’.
 
Obama se opuso a todo programa especial o atención federal para acabar con las desigualdades raciales salvajes de la nación, tan enormes que la media de ingresos de los hogares blancos era 20 veces mayor que la de los hogares negros y 18 veces mayor que la de los hogares hispanos hacia el final de su mandato. Y lo hizo cuando su llegada a la Casa Blanca reforzó profundamente el sentimiento blanco en Estados Unidos de que el racismo como barrera para el progreso de los negros estaba ya superado, y generaba su propia reacción blanca que empeoró la situación de los negros estadounidenses menos privilegiados.
 
Obama dejó claro como el cristal de una manera que ningún presidente blanco hubiera podido que lo que el Dr. King llamó en 1963 la “deuda pendiente” a la comunidad negra de Estados Unidos seguiría sin pagarse. Todo esto era tristemente coherente con la absurda afirmación de Obama en su campaña de 2007 (en una conmemoración de la marcha encabezada por King en 1965 por el derecho al voto) de que los negros ya habían alcanzado un “90 por ciento”de la igualdad en EEUU.
 
Para redondear su contribución a los “tres males”, Obama – el auto-nombrado verdugo en jefe de la Guerra Mundial contra el Terror- continuó y amplió las diversas operaciones de espionaje, asesinatos y crímenes en todo el mundo que heredó de Dick Cheney, Donald Rumsfeld, Paul Wolfowitz y George W. Bush. Redujo las guerras terrestres fallidas de Bush pero aumentó enormemente los ataques de fuerza especiales y aviones no tripulados siguiendo imprudentemente el modelo imperial de John Fitzgerald Kennedy. El programa de aviones no tripulados de Obama, según Noam Chomsky a principios de 2015, ha sido “la peor campaña terrorista de los tiempos modernos”. Su “objetivo eran personas sospechosas de tener alguna vez la intención de dañarnos algún día, y cualquier desafortunado que estuviese cerca” escribió Chomsky.
 
En su mortal, desastrosa y demoledora guerra aérea sobre Libia, Obama (a diferencia de Bush antes de la invasión de Irak) ni siquiera se molestó en buscar la aprobación del Congreso. “Debería ser un escándalo”, escribió en CounterPunch hace un año Stansfield Smith, “que liberales de izquierda describieran a Trump como una amenaza radical, un militarista – [pero] no a Obama, que ha sido el primer presidente en guerra todos los días de sus ocho años de mandato, con siete guerras en la actualidad, que arrojó tres bombas cada hora, 24 horas al día, en 2016”. Como Allan Nairn declaró al programa Democracy Now de Amy Goodman a principios de 2010, Obama mantuvo la gigantesca maquinaria imperial de EEUU “en función de matar”.
 
Obama superó con creces al régimen Bush-Cheney en la represión de los disidentes contra la guerra, por no hablar de quienes se oponían a la dominación del 1 por ciento, que fueron aplastados por una campaña federal coordinada en el otoño de 2011. “Como todo tipo de periodistas han señalado,” apuntó Glenn Greenwald a principios de 2014, “la administración de Obama es más agresiva y más vengativa cuando se trata de castigar a los filtradores que cualquier otra administración en la historia de Estados Unidos, incluyendo la de Nixon”.
 
Por otra parte, y para empeorar las cosas, Obama ayudó al calentamiento del planeta. Como Stansfield Smith señaló dos días antes de la tórrida toma de posesión de Trump:
 
“Obama, que dice que reconoce la amenaza para la humanidad que representa el cambio climático, invirtió al menos 34 mil millones de dólares en promover proyectos de combustibles fósiles en otros países. Es decir, tres veces más que George W. Bush en sus dos mandatos, casi el doble que Ronald Reagan, George HW Bush y Bill Clinton juntos… Obama financió 70 proyectos de combustibles fósiles extranjeros. Cuando se terminen habrán liberado 164 millones de toneladas métricas de dióxido de carbono a la atmósfera cada año – aproximadamente lo mismo que las 95 plantas eléctricas que operan actualmente con carbón en Ohio, Pennsylvania y Oklahoma. Financió dos plantas de gas natural en una isla en la Gran Barrera de Coral, así como dos de las minas de carbón más grandes del planeta… Por otra parte, con Obama, los EEUU han invertido la caída constante desde 1971 de la producción de petróleo en Estados Unidos. Los EEUU producían  sólo 5,1 millones de barriles/día cuando Obama asumió el cargo. En abril de 2016 eran ya 8,9 millones de barriles/día. Un aumento del 74%.
 
Como Obama dijo con orgullo en 2012, en la película Esto lo cambia todo :
 
‘En los últimos tres años he ordenado a mi administración abrir millones de acres a la exploración de gas y petróleo en 23 estados diferentes. Estamos abriendo más del 75% de nuestros recursos potenciales de petróleo en alta mar. Hemos cuadruplicado el número de plataformas de operación hasta un máximo histórico. Hemos construido suficientes oleoductos y gasoductos nuevos como para circunvalar la tierra y algo más. Por lo tanto, estamos perforando en todos lados actualmente’”.
 
Tal vez la presidencia neoliberal de Obama -la partera de las atrocidades de Trump- sea al menos una lección sobre porqué un cambio progresista y democrático es algo más que un cambio de partido o de color de quién esta nominalmente en la presidencia. Eso es algo que King (que tendría hoy 88 años) habría entendido muy bien si hubiera podido ser testigo directo de la mentira sin fin del primer presidente medio blanco de EE UU.
 
“La revolución negra” escribió King en un ensayo de 1969 publicado póstumamente, titulado “Un testamento de esperanza” (defendiendo un tipo muy diferente, auténticamente progresista, de esperanza que la de la marca Obama en 2008) “es mucho más que una lucha por los derechos de los negros. Está obligando a los Estados Unidos a enfrentarse a todos sus defectos relacionados: el racismo, la pobreza, el militarismo y el materialismo. Está exponiendo males que están arraigados profundamente en toda la estructura de nuestra sociedad. Revela fallas sistémicas más allá de defectos superficiales y apunta a una reconstrucción radical de la sociedad como su verdadero problema”.
 
Esas palabras son más ciertas que nunca hoy, más urgentes si cabe, cuando el sistema capitalista lleva a la humanidad al precipicio ambiental. Son palabras que nunca escucharemos en las conmemoraciones oficiales del Día de Martin Luther King.
 
King, vale la pena recordar, fue propuesto como candidato progresista a la presidencia de Estados Unidos en 1967 por parte del movimiento anti-guerra. Él declinó cortésmente, alegando que tendría pocas posibilidades de ganar y que prefería ser la conciencia moral política de la nación.
 
La verdad profunda, evidente en los escritos y discursos de sus últimos años, es que no tenía ningún interés en llegar a formar parte de la élite del poder: su pasión era la “revolución” de “los desposeídos” y alentar un movimiento popular de masas para la redistribución de la riqueza y el poder – una “reconstrucción radical de la sociedad misma” – de abajo a arriba. El Dr. King estaba interesado en lo que el difunto historiador radical estadounidense Howard Zinn consideraba la urgente política de “quién está sentado en las calles”, muy diferente de la política comparativamente superficiales de “quién está sentado en la Casa Blanca”.
 
Será importante recordar en los próximos días y meses como se ha ocultado oficialmente el pasado radical de Martin Luther King y la dicotomía inteligente y sabia de Zinn cuando los liberales de “izquierda” traten de proponer un nuevo Obama (¿Oprah tal vez?) en 2020. Eso es, sin duda, lo último que necesitamos.
 
Paul Street es Historiador y politólogo. Fue director de investigación de la Chicago Urban League. Autor de siete libros, el más recientes de los cuales es They Rule: The 1% v. Democracy (Paradigm, 2014).
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[TEOLOGÍA DE LA LIBERACIÓN] Frei Betto: “El socialismo es el nombre político del amor”

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Publicamos nuevamente esta entrevista realizada por el Colectivo Frente Unido-Investigación Independiente a Frei Betto en mayo de 2017. Consideramos que es un gran aporte para repensarnos las izquierda de cara a las grandes dificultades que enfrenta hoy en América Latina.

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[VIDEO] Escuela de Cuadros 213: La comuna (Hugo Chávez con Reinaldo Iturriza)

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LaComuna

Habiendo evaluado las vicisitudes del socialismo real, Hugo Chávez propuso la comuna como camino al socialismo. En este programa de Escuela de Cuadros estudiamos, con Reinaldo Iturriza, el "Alo Presidente no. 1" (junio 2009), enfocado en la comuna.

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