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[OPINIÓN] El COVID-19 o la pandemia de la desigualdad: apuntes para América Latina

Covid-19 América Latina Tatuy

La pandemia del coronavirus llegó a América Latina y las respuestas de los diferentes gobiernos han reflejado en mucho lo que son sus prioridades políticas. En este artículo, el politólogo latinoamericanista Jesus Alavez analiza los diferentes contextos y explica como el peso de la crisis terminará recayendo sobre lxs trabajadorxs.

Transcurridas exactamente cuatro semanas desde el primer caso registrado de COVID-19, el 26 de febrero en Brasil, y dos semanas y media desde la primera muerte a causa del virus, el 7 de marzo pasado en Argentina, hemos visto que en nuestra región, América Latina, es la heterogeneidad la que apremia para afrontar la pandemia. Desde Brasil se escucha la voz negadora de su mandatario; en Chile el gobierno fructifica la situación para intentar acallar las protestas que han venido menguando su popularidad desde octubre del año pasado; en Ecuador la pandemia sirve como excusa para impulsar parte de los recortes que habían detonado una importante movilización social a la par de las movilizaciones chilenas.

Colombia no se encuentra lejos de este cúmulo de maniobras gubernamentales. Más allá de que su Ejecutivo nacional decretara 19 días de cuarentena obligatoria a partir del 24 de marzo, precipitado más por la presión de su población que por interés propio, pues apenas un día antes había cancelado los intentos de alcaldes y gobernadores de aplicar toques de queda regionales, la irrupción del COVID-19 ha sido, en primer momento, el tapón perfecto para acallar el caudal de escándalos políticos que fueron exhibidos en las últimas semanas y que ponen sombras en la legitimidad de un presidente, hoy denunciado por el ingreso de dineros ilícitos a su campaña presidencial. Y en un segundo momento, decretada ya la emergencia, la crisis dio pie para que sin tapujos se promoviera vía decreto que los recursos de entidades territorialidades y pensiones fueran utilizados para el rescate de la elegantemente llamada Iniciativa Privada.

Mientras tanto, Jeanine Añez, quien lleva las riendas de Bolivia luego del golpe de Estado de noviembre pasado, invita a la población del país andino a orar en ayuno para contener la epidemia antes de decretar estado de emergencia. En ese mismo sentido, el mandatario progresista mexicano, Andres Manuel Lopez Obrador, sugiere que su fuerza moral y las estampillas religiosas que le entrega la población serán suficientes para aguantar la curva de contagio, por ello le han llovido críticas desde el interior como del exterior, sin embargo poco se advierte, además de la coyuntura particular que vive México, que tales críticas provienen tanto del empresariado local como de grandes medios trasnacionales.

La pandemia del COVID-19 ha desenmascarado, entre otras cosas, las aristas de una desigualdad que, como bien sabemos, ha estado siempre presente en la sombra del éxito de quienes la sugieren como un subproducto residual no deseado. Algo nos queda claro: no es lo mismo vivir y atajar una pandemia de semejantes características y temibles consecuencias en el llamado primer mundo –también desbordado- que en países como los de Latinoamérica, donde la invisibilización sistemática de dicha desigualdad traerá como consecuencia la incapacidad de los gobiernos de salir al encuentro de los reales afectados por el cese de los mercados.

Las muertes, según informes de la OMS, han sido a causa de las complicaciones que el virus suma a quienes tienen sistemas inmunológicos más débiles como los adultos mayores o aquellos que presentan un historial clínico crónico, lo que no nos dicen es que estas afecciones son producto de la insana forma de vida en pleno siglo XXI y del desmantelamiento de los sistemas de salud.

La modernidad resulta tanto interesante como profundamente contradictoria; por un lado significa no morir a causa de enfermedades curables y, solapado a esto, significará para lxs más desprotegidxs las peores consecuencias, teniendo en cuenta la tendiente propensión de los Estados Neoliberales en medio de las crisis a recortar presupuestos y a desaparecer puestos de trabajo. Es así como después de conjurada la pandemia, lejos del sueño feliz de ver por terminada una tragedia, vendrán los duros golpes de una enfermedad aún más letal, esta es, la desigualdad.

El COVID-19 también ha puesto a la luz -en tiempos de Twitter; Facebook e Instagram- que el liderazgo de los Estados Unidos de América solo salva a la humanidad en sus adineradas ficciones hollywoodenses. Ese ha sido un padecimiento generalizado de los liderazgos occidentales durante la pandemia que, entre la romantización de la calamidad y la desesperación por entender qué tenemos enfrente, nos hace cuestionarnos si la llamada “comunidad internacional” sirve para algo más que para derrocar gobiernos.

Escenarios como los de Italia que desbordada y desolada recibe entre ovaciones y aplausos a los médicos y enfermeras cubanas, además de solicitar ayuda china y rusa, resultan en extremo conmovedoras. Dichas imágenes resultan una cachetada de dignidad a un mundo desdeñoso y vilipendiador “liderado” por Estados Unidos, país que en la impotencia de perder protagonismo hoy se trenza en una patética escena con el gobierno alemán en la puja por la patente farmacéutica de una vacuna que, por la premura, se saltará al menos una fase experimental.

En tanto, los dos brazos de la reforma estructural del Estado, el Fondo Monetario Internacional (FMI) y el Banco Mundial (BM), se frotan las manos ante un mercado cautivo tan rentable como es América Latina. El primero ya desempolvó un billón de dólares para contener la pandemia con créditos extraordinarios por “causas humanitarias” abriendo así un profundo debate al interior y exterior de Venezuela cuando, por las mismas razones, fue solicitado un préstamo de 5 mil millones de dólares por el presidente Nicolás Maduro el 18 de marzo pasado. El segundo, el Banco Mundial, entrará en escena en plena recesión internacional con base en su discurso de lucha contra la pobreza. Cabe sospechar que dichos créditos, como en el recordado caso de Mauricio Macri en Argentina, podrían quedar estacados en el sistema financiero sin lograr su esperada circulación hacia las mermadas cadenas de producción de la economía real.

Asimismo, la actual pandemia demuestra que la centralidad protagónica del Estado no ha degenerado su esencia, pese a que todavía exista una gran cantidad de personajes hambrientos del libelo ideológico que dicta la autorregulación de los mercados y el adelgazamiento del Estado. Nada más alejado de la realidad. Los Estados no paran de crecer, solo se reconfiguran, y han sido estos por medio de sus gobiernos y los particulares intereses que persiguen, quienes de una u otra manera salen a atajar la pandemia, misma que tiene enclaustrada en sus hogares a más de un cuarto de la población mundial -gran parte discutiendo teorías de la conspiración que, como dice un querido amigo venezolano, “estimulan la imaginación y refuerzan convicciones ideológicas”- y que ha legitimado sin obstáculos el Estado policiaco-militar.

Escenas que no veíamos desde el franquismo o desde la segunda guerra mundial hoy las vemos con alto apoyo social en España y en general en una Europa desmembrada que pasó, en medio del desespero, del repudio de esos paternalismos a ser quien los aclama, entonces acuden a la exhumación de las tesis de John Maynard Keynes, sepultadas ya junto al Estado desarrollista/benefactor, para rematar diciéndonos que la salud pública debe ser una conquista social inexorable. Así el hecho de que las camas de hoteles hayan sido improvisadas para atender a los contagiados de la pandemia se aleja de la crítica y la colocan como un ejercicio legitimador de las respuestas gubernamentales. Impulsan que la réplica colectiva parta desde la compasión y no desde la concientización política, desenfocando el meollo del asunto.

Las imágenes que nos llegan a través de los medios se repiten una y otra vez. En el actual epicentro de la pandemia, Italia, los muertos desbordan cementerios y camiones militares a pleno son sacados de Bergamo sin ceremonias fúnebres; en España, el Palacio del Hielo, una popular pista de patinaje artístico, tuvo que ser convertida en morgue ante el desbordamiento de las funerarias (se estima que el próximo epicentro luego de Italia y España sea en los Estados Unidos). Escenas que por espantosas ponen de manifiesto el deseo siempre latente de un Estado Vigilante.

América Latina, aunque apenas comienza, empieza por parecérsele. Las fuerzas armadas toman el control social mientras las caras civiles se desdibujan paulatinamente. La resignificación del papel de las fuerzas armadas en el control poblacional tiene un punto de inflexión ahora mismo en todas las latitudes, pero velado por las repeticiones constantes de las escenas en poblaciones que más han sido afectadas. El golpe a la salud mental es brutal, en tanto, los medios de difusión masiva hacen lo suyo.

Según la CEPAL, en América Latina y El Caribe vivimos 184 millones por debajo de la línea de pobreza y 62 millones en pobreza extrema. Al tiempo que la Unión Internacional de Telecomunicaciones (UIT) acusa que el promedio de acceso a internet en América Latina es del 44% (con una penetración de banda ancha móvil del 30% y de banda ancha fija del 10%), teniendo el siguiente derrotero: Cono Sur 54%, Centroamérica 34%, Países Andinos 34% y Caribe 20%, y ya ni hablemos de la calidad del internet que utilizamos. En este contexto el aislamiento social, la sana distancia, el trabajo en casa y todo lo que se lee en los manuales de cuarentena, se convierte en un privilegio intensamente discordante y disímil.

Otro ejemplo es el agua. Pese a que la región cuenta con el 33% de los recursos hídricos renovables del planeta, solo 65% de la población latinoamericana y caribeña tiene acceso al servicio y 22% tiene acceso a saneamiento, según cifras de Naciones Unidas (hasta el año 2015). En una epidemia como la del COVID-19, para la que es imprescindible lavarse las manos de manera continua, la desigualdad opera de forma que la enfermedad avance más amenazantemente sobre los menos favorecidos y, ya cernida sobre esa capa invisibilizada de población, organismos internacionales, grandes empresarios y algunos gobiernos avivan los análisis voluntaristas para lavarse las manos, en el sentido figurado que representa salvarse de la responsabilidad que tienen en dicha crisis.

Entre tanto sus manuales de recomendaciones para evitar el contagio quedan como un requerimiento vano y hasta humillante. El COVID-19 se suma a la larga cuenta de pesares que acechan la región y aplasta la atención de otras enfermedades que se propagan rápidamente por el subcontinente como el dengue, la hepatitis y el sarampión.

El COVID-19 dejará más empobrecidos que muertos. Las crisis son cíclicas y es bien sabido que son los más poderosos quienes siempre salen airosos de ellas. Mientras los gobiernos se resuelven a implementar estrategias (SMS o encuestas digitales) para considerar a posibles candidatxs a pruebas de diagnóstico de la cepa del COVID-19 y así descongestionar los empobrecidos sistemas de salud ya de por sí saturados, resulta claro que, aunque aún es largo el trayecto que falta por recorrer -más de la mitad de una cuarentena que a juzgar por las cifras será insuficiente y trágica- las maniobras estarán encaminada cada vez más a la reconfiguración de todo el sistema financiero internacional y, tal como ocurre siempre, seremos lxs trabajadorxs quienes pagaremos sus estragos en vida o a costa de ella.

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