EscritaAnálisis y OpiniónNoticiasNacionalGeopolítica

[OPINIÓN] Ganar la guerra y perder la paz

Si alguna guerra es justificable es la de liberación. Contra la voluntad de los pueblos de existir se estrellan los más feroces imperios. Pero éstos arrebatan en las mesas de negociaciones lo que pierden en las batallas. Veamos.

La rebelión de los esclavos

La primera insurrección libertadora en América Latina ocurre en 1791 en Haití. A fines del siglo XVIII medio millón de esclavos producían para sus amos 75% del azúcar que se consumía en el mundo. Una noche los ingratos esclavos se sublevaron al mando de Toussaint Louverture, expulsaron a sus dueños, desbarataron las fuerzas francesas y arrojaron al mar las intervenciones española e inglesa. Con la humanitaria intención de hacerlos de nuevo esclavos, Napoleón envió 40.000 soldados de élite de la campaña de Egipto: 30.000 fueron aniquilados por las milicias negras de Dessalines, Petion y Christophe. En 1822 el general mestizo Pierre Boyer dominó todo lo que ahora es República Dominicana. Para evitar nuevas insurrecciones de esclavos, contra Haití se tendió un férreo bloqueo. Boyer sólo pudo lograr el reconocimiento de su Independencia en 1825, cuando Francia lo otorgó a cambio de la aplastante indemnización de 150.000 millones de francos para los antiguos propietarios de los esclavos. El gobierno de Boyer debió endeudarse con un banco francés para afrontar los primeros pagos. Gracias a ello Haití es desde entonces el país más pobre de América.

Venezuela

Nuestro país perdió entre la tercera parte y la mitad de su población entre el 19 de abril de 1810 y el triunfo de Ayacucho en 1824. Mientras ganábamos batallas, los capitalistas ganaban la guerra. Para comprar armas se requieren empréstitos: para contratarlos el Libertador envía a Londres a Luis López Méndez, quien contrae deuda por dos millones de pesos, y luego a Fernando Peñalver, quien firma compromisos por tres millones de libras esterlinas. Bolívar había confiscado todas las propiedades de los realistas; mientras prepara la batalla de Carabobo, ordena distribuirlas entre los soldados de la patria. El ministro de Hacienda de la Gran Colombia las reparte en vales negociables, y el 17 de julio de 1821 Bolívar le increpa este carácter transferible del título: “porque iban a ser propietarios de él hombres que reducidos a la indigencia, se veían en la necesidad de cambiarlo por cualquiera cantidad efectiva que remediase al pronto sus necesidades”. Y en efecto, la oligarquía compra a los arruinados soldados los títulos por menos de un 5% de su valor, y hace que la República le reintegre a los nuevos dueños su valor completo. Al tiempo que libera Ecuador, el 14 de junio de 1823, el prócer escribe al vicepresidente Santander: “La deuda pública es un caos de horrores, de calamidades y de crímenes”. Los políticos la dilapidaron en negociados, importaciones inútiles y hacerse cancelar supuestas indemnizaciones por la República. En 1826, la Gran Colombia debe la impagable suma de 11.039.000 libras esterlinas. Ese año, Bolívar informa a Santander con una irónica frase que conoce su enriquecimiento con el empréstito; este contesta con el intento de asesinato de 1828.

La comedia de horrores no había terminado. Cuando Fermín Toro y Alejo Fortique obtienen en 1845 el reconocimiento por España de la Independencia de Venezuela, ésta “reconoce espontáneamente como deuda nacional consolidable la suma a que ascienda la deuda de Tesorería del Gobierno español”. Por si fuera poco “Todos los bienes muebles o inmuebles, alhajas, dinero, u otros efectos de cualquier especie que hubieren sido con motivo de la guerra secuestrados o confiscados a ciudadanos de la República de Venezuela o súbditos de S.M.C. y se hallaren todavía en poder o disposición del Gobierno en cuyo nombre se hizo el secuestro o la confiscación, serán inmediatamente restituidos a sus antiguos dueños o a sus herederos o legítimos representantes”. El producto de las confiscaciones de bienes realistas, que nunca fue entregado a los soldados patriotas, fue restituido a sus antiguos propietarios, para lo cual hubo que contraer nueva y onerosa deuda. Difícil destino el de una República que nace con semejantes cargas. Con razón había dicho el Libertador al resignar sus poderes en 1830: “Me ruborizo al decirlo: la independencia es el único bien que hemos adquirido a costa de los demás”

Vietnam

Entre 1963 y 1973, Estados Unidos arrojó contra Vietnam tres veces más bombas que las utilizadas en la Segunda Guerra Mundial; sus tropas sufrieron unas 50.000 bajas y debieron huir ignominiosamente mientras se firmaban los Acuerdos de París en 1973. Entre retórica diplomática, contenían el mismo veneno que el reconocimiento por España de la Independencia de Venezuela: Vietnam debía asumir la Deuda Pública del desaparecido gobierno títere del Sur, vale decir, quedaba obligado a resarcir las sumas que se habían gastado en intentar exterminarlo. Una vez más un país arrasado por las heridas de la guerra quedaba desangrado por una deuda incosteable. Las políticas sociales quedaron severamente comprometidas. Como señala Hong Xoan, el gobierno comunista, para atraer la inversión extranjera, “ha intentado competir con otras naciones en la región en términos de ofrecer mano de obra barata”. Entre 2009 y 2010, 49.7% de los habitantes no están registrados en el universo laboral, 19,9% trabajan por cuenta propia, sólo 25% son asalariados. Sobre las condiciones laborales apunta Hong Xoan que “la luz inadecuada, ruido, superpoblación, calor y otras deficiencias son frecuentes. Los trabajadores trabajan normalmente muchas horas sin descanso, sin estándares de seguridad para protegerlos”. Muchos laboran en neoliberales maquilas (Nguyen Hong Xoan: Economic Adjustment and Living Conditions of Young Migrants in Ho Chi Minh City.Vietnam Journal of Family and Gender Studies, 10 (1) (2015), pp. 29-56).

Indispensables y graves negociaciones se realizan para enfrentar el asedio que resiste Venezuela. No consintamos cláusulas que afecten la soberanía. Ganemos la guerra, venzamos la paz.

Sobre el autor

Luis Britto García. Caracas, 1940. Narrador, ensayista, dramaturgo, dibujante, explorador submarino, autor de más de 60 títulos. En narrativa destacan Rajatabla (Premio Casa de las Américas 1970) Abrapalabra, (Premio Casa de las Américas 1969) Los fugitivos, Vela de armas, La orgía imaginaria, Pirata, Andanada y Arca. En teatro, La misa del Esclavo (Premio Latinoamericano de Dramaturgia Andrés Bello 1980) El Tirano Aguirre (Premio Municipal de Teatro1975) Venezuela Tuya (Premio de Teatro Juana Sujo en 1971) y La Opera Salsa, con música de Cheo Reyes. Con Me río del mundo obtuvo el Premio de Literatura Humorística Pedro León Zapata. Como ensayista publica La máscara del poder en 1989 y El Imperio contracultural: del Rock a la postmodernidad, en 1990, Elogio del panfleto y de los géneros malditos en el 2000; Investigación de unos medios por encima de toda sospecha (Premio Ezequiel Martínez Estrada 2005), Demonios del Mar: Corsarios y piratas en Venezuela 1528-1727, ganadora del Premio Municipal mención Ensayo 1999. En 2002 recibe el Premio Nacional de Literatura, y en 2010 el Premio Alba Cultural en la mención Letras.

Comenta aqui