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[OPINIÓN] Golpe de Estado en Bolivia: debates pendientes y silencios cómplices

Por Néstor Kohan

Nuestra época, posterior a la crisis del 2008, es la del neocolonialismo imperialista. Las cadenas de formación de valor se desglosan, tercerizan y globalizan mientras la producción capitalista -manteniendo el control de las empresas y estados centrales-  se relocaliza en sus unidades productivas desplazándose y amplificándose hacia el Sur Global. Se intensifica la superexplotación de la fuerza de trabajo (mayormente feminizada y precarizada). La búsqueda voraz y desbordada de los recursos naturales del Tercer Mundo se torna fundamental y vital para disminuir el valor del capital constante y contrarrestar la caída de la tasa de ganancia en plena crisis capitalista mundial. Un proceso que en tiempos de catástrofes ambientales, cambios climáticos y escasez de recursos no renovables supera el viejo colonialismo del reparto del mundo en «zonas de influencia». Las asimetrías entre distintas formaciones sociales alientan una nueva división internacional del trabajo, reproduciendo jerarquías, dependencias, dominaciones y profundizando el desarrollo desigual del capitalismo a escala mundial.

En ese contexto, nuestra América está atravesada por múltiples contradicciones. Pero la principal y determinante es la puja entre: a) la dominación geopolítica, económica y cultural del imperialismo norteamericano (principalmente las firmas multinacionales y el aparato político-militar de Estados Unidos que las protege); y b) el bloque latinoamericano de las clases subalternas (clase obrera, campesinos sin tierra, segmentos laborales precarizados sometidos a la superexplotación del capital) y los movimientos rebeldes en lucha (de los cuales los pueblos originarios constituyen la gran mayoría a escala continental, acompañados de otros cada vez más movilizados como el de las mujeres antiimperialistas y los ambientalistas, entre varios más).  En suma: múltiples contradicciones y diversas formas de lucha, incluyendo desde los movimientos sociales que han llegado al Estado hasta espacios de resistencia extrainstitucional, legales, semilegales y clandestinos.

En ese horizonte social, epocal y geográfico, Bolivia constituye una sociedad abigarrada en la cual durante las últimas cuatro décadas (desde el decreto privatizador 21060 del 29-8-1985 en adelante) en el campo popular han convergido dos movimientos históricos: la tradición indígena y comunitaria, y la tradición obrera minera. Dos corrientes heterogéneas cuyas rebeldías y demandas a veces se encontraron y otras no. Evo Morales y el MAS como movimiento político lograron articular y entrecruzar ambas tradiciones (no a partir de un supuesto «significante vacío», según la jerga de Ernesto Laclau, sino proponiendo un proyecto histórico-político integrador y descolonizador, nítidamente definido en sus determinaciones de hegemonía popular sobre la vieja «república» colonial, dependiente y racista). Los resultados, a la vista. 

De ser el segundo país más pobre de América Latina, Bolivia pasó a tener el mayor crecimiento del PBI, mayor disminución de la pobreza, más radical reparto de la renta y una notable disminución de la inflación, contrastando con la crisis económica de todos sus vecinos de la región. No inició (todavía) la transición al socialismo, pero el siglo XX demostró que el socialismo no se puede construir en un país aislado.

Hasta ahora sí logró una sociedad muchísimo más igualitaria en un contexto de crisis capitalista mundial, aguda y sistémica, donde el capital subsumió formal y realmente la mayoría de los intentos de iniciar la transición al socialismo. Todo esto lo logró colectivamente y con la dirección política, por primera vez en la historia, de un presidente indígena. ¡Un ejemplo para todo el «alter-mundismo» (no solo latinoamericano) que había que extirpar de raíz, como antes había sucedido con el amigo de Evo, Hugo Chávez!

Por eso el aparato político-militar de los Estados Unidos (país cuyo embajador había sido expulsado de Bolivia, así como también la USAID, la NED y otras agencias de espionaje estadounidense) planificó, organizó y orientó la modalidad del golpe de Estado contra Evo Morales, quien ganó legalmente las últimas elecciones por una diferencia de 648.439 votos, es decir, por 10,5 puntos, sin ningún tipo de «fraude»1. Para conocer nombres y apellidos concretos de funcionarios norteamericanos involucrados, cantidades de dinero, tipos de armas, vías de introducción de las mismas en Bolivia, fundaciones e iglesias evangélicas involucradas y otros detalles de «la cocina» del golpe de Estado sugerimos consultar el artículo de Alfredo Jalife Rahme2

¿Por qué esta vez Estados Unidos no puso a la cabeza del golpe boliviano a un dictador militar clásico, como Barrientos, Banzer, García Meza o Videla, Pinochet, Stroessner? Porque el complejo militar-industrial estadounidense (Eisenhower dixit) y la Casa Blanca decidieron reconvertir a las Fuerzas Armadas latinoamericanas en una mucho más dócil y manejable policía interna antinarcóticos (sin abandonar las doctrinas contrainsurgentes), que ya no se ocupe de ejercer su control, incluso despótico, sobre el mercado interno y el Estado-nación. Las viejas Fuerzas Armadas adoctrinadas y entrenadas en Panamá, Escuela de las Américas y West Point podían desencadenar, sin dejar de ser fascistas, genocidas ni dependientes, una inesperada guerra de Malvinas o producir un Noriega que se saliera de control.

¡Hoy las dictaduras que digita Estados Unidos son cívico-policiales-militares! Por eso aparecen  al frente las marionetas grises y caricaturescas de un tal Juan Guaidó o una tal Jeanine Añez. «Demócratas» que se autoproclaman presidentes sin haber sido votados por nadie.

Sin poder real, como no sea abrir de par en par la puerta a la subordinación imperial y a la entrega de los recursos naturales. Simples fotocopias desdibujadas del Puerto Rico oficial (no el independentista), con ensoñaciones de convertirse en sucursales «sudacas» de Miami.

En el caso específico de Bolivia, a ese condimento del fascismo dependiente, mafioso y lumpen, se le suma un racismo extremo, de antiguo origen colonial furiosamente antiindígena, solo comparable con la ideología neonazi partidaria de la «supremacía blanca» de los bóers y afrikaners de Sudáfrica en tiempos del Apartheid. No casualmente Bolivia recibió en Santa Cruz de la Sierra criminales de guerra croatas después de la Segunda Guerra Mundial, muy activos en la política interna hasta el día de hoy, así como también a Klaus Barbie, otro criminal de las SS nazis que al llegar a Bolivia dirigió los servicios de inteligencia nativos, siendo reclutado al mismo tiempo por la Estación CIA. Ese racismo extremista quedó al desnudo cuando los golpistas contra Evo Morales quemaron públicamente la Whipala, bandera-símbolo de los pueblos originarios y del carácter Plurinacional del Estado boliviano.

La mugre de ese racismo está «espiritualmente» barnizada, por supuesto, por el óleo sagrado y las apelaciones al fundamentalismo religioso y al integrismo del neo pentecostalismo, los mormones y la derecha extrema del evangelismo, cada día más poderoso en la región, como quedó al descubierto no solo con el discurso al estilo «Pastor/Predicador» del Camacho boliviano sino también con el Bolsonaro brasileño.

El supuesto «Dios de raza blanca» vuelve, una vez más, a acompañar y legitimar el sometimiento de las comunidades indígenas originarias. Una herencia de la Conquista europea.

¿Ante una anunciada y previsible arremetida de la extrema derecha golpista, por qué en trece años de gestión estatal el MAS no preparó ni logró organizar una futura defensa del proceso de cambio que no dependiera de las instituciones tradicionales del ejército y la policía? Materia de balances pendientes… ¿y, quizás, de futuras autocríticas?

No obstante, sin subestimar ni ocultar falencias de los años de gestión del MAS ni debates abiertos a futuro, la patética intervención3 de la afamada ensayista Silvia Rivera Cusicanqui aporta elementos para el análisis. Su polémica e indefendible intervención, que niega sin rubor la existencia del golpe de Estado contra Evo, la hace… en nombre del feminismo poscolonial (curioso y exótico feminismo, el suyo, que no denuncia la vejación de mujeres indígenas por parte de los golpistas, los ataques con bazucas de grupos paramilitares contra movilizaciones de mujeres que se manifestaban en apoyo a Evo ni siquiera la violencia física ejercida contra la dirigente del MAS Adriana Salvatierra, presidenta del Senado).

Más allá de estos silencios cómplices, lo interesante se encuentra en sus cuestionamientos. Descalificando con aires de soberbia y pretendida superioridad -¿una copia del estilo de Gay Spivak y sus ataques contra Marx?- Silvia Rivera arremete contra las «nostalgias izquierdosas» [sic] en Bolivia. Y desde allí se envalentona y acusa con nombre y apellido a Juan Ramón Quintana, exministro de la presidencia de Bolivia, autor de una voluminosa obra sobre la injerencia norteamericana en el país andino y mano derecha de Evo Morales, de intentar armar a los pueblos originarios y conformar un ejército indio. Acusación que también extiende contra Hugo Moldiz. ¡Como si fuera un pecado y existiera el mandato de «poner la otra mejilla» frente a la violencia irracional de la extrema derecha racista! ¿O acaso defenderse de la violencia fascista e impedir que el imperialismo derroque cuando se le antoje a un presidente popular es… «machista»?

Ante semejantes despropósitos ideológicos y políticos no podemos dejar de interrogarnos: ¿quién financia a esta distinguida exponente del oenegerismo  «poscolonial»? Si para el posmodernismo de Silvia Rivera, el golpe de Estado contra el presidente constitucional Evo Morales es tan solo «una hipótesis» [sic], un relato, un discurso (¿los jóvenes mutilados, las mujeres violadas y los indígenas asesinados por los golpistas sufren esas agresiones en el imaginario y en el ámbito de los discursos narrativos o acontece en el ámbito de lo real?), para la académica Raquel Gutiérrez Aguilar el derrocamiento violento del presidente boliviano que ganó las elecciones con más del 10% de diferencia se explicaría por la enorme similitud entre la Bolivia del MAS y el autoritarismo del México del PRI4. ¡Extravagante utilización del método comparativo! Como si Evo Morales pudiera ser homologado con los jerarcas corruptos del PRI mexicano. Como si la constante consulta electoral de Bolivia en los últimos trece años y el diálogo con los movimientos sociales pudieran sobreimprimirse con «el dedazo» de la vieja política antiindígena mexicana. ¡A qué grado de involución ideológica y política puede conducir el resentimiento de las personas que se transforman en exrevolucionarias perdiendo la brújula en la cartografía de la lucha de clases latinoamericana!

Pero quien ganó todos los premios en la desorientación académica frente a los trágicos sucesos recientes de Bolivia fue el autonomista Raúl Zibechi. El mismo que pretendía explicarnos a quienes estuvimos en la calle en la rebelión popular del 19 y 20 de diciembre de 2001 lo que, pobrecitos y pobrecitas, no habíamos entendido y él, iluminado desde su supuesto «horizontalismo» oenegero, nos venía a revelar. Superándose a sí mismo, esta vez batió todos los récords anteriores, defendiendo un bochornoso apoyo «crítico» al golpe de Estado contra Evo denominándolo «levantamiento popular»5. Este publicista incluso sostiene que Evo Morales, por supuesto, «fraudulento», se sostenía en el gobierno… gracias a la OEA. ¡Por Zeus!, exclamaría Platón en uno de sus diálogos pedagógicos. Ahora sí que vimos la luz, gracias a los inocentes, bienintencionados y humanitarios dinerillos de las ONGs.

A pesar de este notable giro a la derecha de poscoloniales, «feministas» de ONGs y autonomistas de salón… no todo huele a podrido en Dinamarca, digo, en América Latina. Afortunadamente otras voces disidentes denunciaron a los cuatro vientos el golpe de Estado y el encubrimiento mediático (también académico) del mismo. Estas voces desobedientes nos recordaron que se puede ejercer la actividad intelectual e incluso alcanzar cierto reconocimiento internacional sin necesidad de subordinarse a la voz del amo ni repetir el libreto «humanitario» financiado por las «instituciones desinteresadas que apoyan a la sociedad civil» con dólares o euros del imperio.

Por ejemplo, Leonardo Boff, Enrique Dussel, Gilberto López y Rivas, Atilio Borón y Pablo González Casanova, entre tanta gente, se pronunciaron contra el GOLPE DE ESTADO y en defensa del proceso liderado por Evo Morales y los movimientos sociales. Trayendo aire fresco, Ramón Grosfogel, partidario histórico de los estudios decoloniales, increpó duramente a Silvia Rivera Casucanqui por su negacionismo posmoderno del golpe en Bolivia. 

Las impugnaciones contra esa supuesta «izquierda progre» que habla del ambiente, los pueblos subalternos, el patriarcado y que puede llegar a reemplazar a Lenin, a Bolívar o al Che por el veganismo y el aloe vera… pero no se ruboriza frente a la quema pública de la bandera indígena Whipala en Bolivia ni les da un poco de vergüenza marchar a remolque de la agenda política de las Embajadas (con mayúsculas) estadounidenses por el mundo, nos permite distinguir los proyectos radicalmente anticolonialistas de las imposturas que siguen la moda del momento.

Recordemos que estos alineamientos ya se venían perfilando frente a la autoproclamación del nuevo rey Guaidó, de la dinastía del Departamento de Estado frente al supuesto «autoritarismo» democratista del movimiento bolivariano en Venezuela. El golpe de Estado contra Evo Morales profundizó lo que en la Academia se venía incubando desde las denuncias y solicitadas contra «el autoritarismo» de Nicolás Maduro. Muchos y muchas de estos/as denunciadores/as seriales le exigen a los pueblos originarios que sigan sin hospitales, sin asfalto, con viviendas precarias y sin posibilidad de comunicarse con zonas y pueblos lejanos, mientras ellos y ellas viajan en avión, tienen la última computadora, el teléfono celular más caro y sofisticado y viviendas con mucamas («la chica que me ayuda»). Defensores y defensoras hipócritas de la Pachamama, siempre que se trate de los idealizados «buenos salvajes», pero que en su vida privada no renuncian a ningún avance tecnológico y ningún lujo de la modernidad occidental. Esa misma gente de doble discurso y triple moral ahora le da la espalda al movimiento indígena, obrero y popular boliviano. Nos indigna pero no nos sorprende.

Finalmente: ¿fue una buena decisión exiliarse de Bolivia? Solo la historia podrá responder. Pero recordemos que cuando se produjo el golpe de Estado petrolero contra Chávez, este se comunicó con Fidel Castro. El viejo líder de la revolución cubana le recomendó no inmolarse como hiciera Salvador Allende. Fidel tuvo razón.

Ante el levantamiento popular de su pueblo, Hugo Chávez, que estaba apresado por los golpistas decididos a asesinarlo, regresó. ¿Volverá Evo como presidente constitucional del Estado Plurinacional de Bolivia? La respuesta depende de la capacidad de organización, resistencia e insurgencia de las comunidades indígenas y de la clase obrera minera, ambas herederas de los levantamientos de Tupak Katari, Bartolina Sisa, Zárate Willka, la revolución de 1952 y la rebeldía del Che. Los pueblos de Bolivia tienen abrumadora tradición de lucha. ¿Quién dijo que todo está perdido?

Notas

1 Long, G.; Rosnick, D.; Kharrazian, C. y Cashman, K. (2019). «¿Qué sucedió en el recuento de votos de las elecciones de Bolivia de 2019? El papel de la Misión de Observación Electoral de la OEA». Washington, Center for Economic and Policy Research (CEPR). Disponible en: http://cepr.net.

2 Jalife Rahme, A. (2019): «Revelan plan de Estados Unidos para el golpe en Bolivia: nombres y apellidos, rol de la Embajada y países vecinos». Disponible en: www.conclusion.com.ar.

3 Difundida en YouTube y transcripta en: https://desinformemonos.org/esta-coyuntura-nos-ha-dejado-una-gran-leccion-contra-el-triunfalismo-silvia-rivera-cusicanqui-desde-bolivia.

4 Véase: https://www.elsaltodiario.com/bolivia/bolivia-la-profunda-convulsion-que-lleva-al-desastre-.

5 Véase: https://desinformemonos.org/bolivia-un-levantamiento-popular-aprovechado-por-la-ultraderecha/.  

Néstor Kohan

Doctor por la Universidad de Buenos Aires, donde coordina la cátedra Ernesto Che Guevara. Profesor e investigador del Instituto de Estudios de América Latina y el Caribe (IEALC). Investigador del CONICET.


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