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[OPINIÓN] Golpismo, etapa superior del Sifrinismo

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¿Qué presenciamos durante dos décadas sino los intentos de la oposición por tomar el poder sin operar sobre la realidad del cuerpo político al que pretenden poseer? La aplanadora reducción de toda agenda al gesto; la agobiadora sustitución del fondo por la forma; la insubsanable convicción de que basta antojarse de una cosa para tenerla constituye el denominador común de los aparentemente antitéticos fenómenos del sifrinismo de centro comercial y el golpismo de pasarela.

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Había una vez cuatro señoritos que se plantaron en una encrucijada en Altamira, luciendo ostentosas boinas y capas de cuento de hadas. Repartían panfletos en defensa de la Tradición, Familia y Propiedad. Nada necesitaba menos defensa en esa urbanización de pelagatos aspirantes a oligarcas. Son los mismos o casi los mismos que tres décadas después se exhibirán en un distribuidor al Sur de la misma urbanización para convocar una degollina en nombre de la Propiedad, la Familia y la Tradición. Sólo que esta vez en lugar de panfletos disponen de panfletarios. Todas las cadenas del mundo divulgan atónitas el llamamiento de los mismos petimetres para que se les entregue el poder en bandeja de plata, sin alegar el menor mérito para ello y sin que nadie les haga caso.

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A fines del siglo pasado Emilio Lovera popularizó el personaje de “El Woperúo”, un hijito de Mami que cada vez que se metía en aprietos salía de ellos llamando con el celular a Papi. El problema es que en este caso Papi es un narcisista demasiado ocupado ocultando su calvicie y consultando a los servicios de inteligencia más omniscientes del que se cree todavía el país más poderoso del mundo:“Espejito, espejito mágico, ¿Verdad que mis deseos son órdenes?” A lo que el espejito, ávido de no ser quebrado, responde: “Sí, papacito. Basta que tú lo desees para que todos los habitantes de ese país petrolero se mueran por entregártelo”. Comedieta que cabría esperar de un millonario especializado en quiebras, rubias explotadoras y rabietas públicas, que escogía a sus ejecutivos en un reality show televisivo donde ganaba el que menos le llevara la contraria. El hombre de las apariencias sólo confía en apariencias de hombres.

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Mucho hemos escrito sobre la tentación decorativa: la ilusión de que el mundo no es más que espacio mediático, cuya ocupación equivale al poder. La falacia de que el cosmos se define en términos de imagen que es sólo reflejo de uno mismo. Pantalleo, luego existo: milito en la operación sobre las apariencias, cuya única mediación con la realidad es la rabieta. Un imperio capitalista sucesivamente derrotado en lo militar, lo económico y lo social debe buscar su refugio en el Big Data y el Fake News, su apoteosis conceptual en el sifrinismo. Ya no se asesina con puñal, sino con dron; no se dinamitan centrales hidroeléctricas, se las inhabilita con pulso electromagnético; no se habla a las masas, se las tuitea; no hay campo de batalla, sino plataformas 2.0. En lugar de líderes, gadgets; en vez de programas, eventos. La pasarela es una ideología. Compadezcamos a quienes aspiraron al poder desfilando por ella. Su único valor residual para quienes fallaron al tratar de ponerlos de moda es como falsos positivos.

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Para vivir debemos saber sobre el enemigo; para sobrevivir debemos evitar parecernos a él. Repetidamente alerto a la izquierda contra el error de imitar a la derecha sustituyendo trabajo de masas por figuración mediática. Desdeñamos los servicios de seguridad y de espionaje del enemigo porque creyeron ciegamente en su propia patraña de que militares y pueblo acudirían masivamente a la convocatoria de dos lechuginos haciendo el ridículo en el distribuidor de una urbanización de clase alta venida a menos. Pero a la misma falacia apostó su honor y su carrera nada menos que el general Christopher Figuera, director de nuestro Servicio Bolivariano de Inteligencia SEBIN, y nuestra alta dirigencia empeñó su confianza en él. No es la primera vez que entrega los destinos de la República a nulidades sin trayectoria, sin obra y sin ideología, quizá creyendo que tan evidentes carencias los hacen manejables. Así padecimos una Fiscal que se puso de parte de una Asamblea Nacional en desacato; un presidente de PDVSA que aparentemente destruyó la institución; un diputado que promovió una Ley para privatizar ríos, lagos y lagunas, una presidenta del TSJ que sentenció que Venezuela se había acogido al sistema de “soberanía limitada”, un constituyente que solicitó que Chávez fuera enjuiciado y depuesto por la Corte Penal de la Haya. Preguntémonos en cuántas de nuestras estructuras partidistas o administrativas hemos incrustado dientes rotos sin más credenciales que la falta de compromiso, la fe en la “burguesía revolucionaria” y el odio a la soberanía. En la medida en que todo nuestro poder viene del pueblo, sólo pueden dañarnos los adversarios a quienes transferimos ese poder.

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Mirémonos en el espejo del pueblo y preguntémonos: “Espejito mágico ¿Aceptaremos por siempre ser sacrificados a la impunidad de un puñado de acaparadores, banqueros, bachaqueros, paramilitares y contrabandistas de extracción?” Y actuemos en consecuencia.

Sobre el autor

Luis Britto García. Caracas, 1940. Narrador, ensayista, dramaturgo, dibujante, explorador submarino, autor de más de 60 títulos. En narrativa destacan Rajatabla (Premio Casa de las Américas 1970) Abrapalabra, (Premio Casa de las Américas 1969) Los fugitivos, Vela de armas, La orgía imaginaria, Pirata, Andanada y Arca. En teatro, La misa del Esclavo (Premio Latinoamericano de Dramaturgia Andrés Bello 1980) El Tirano Aguirre (Premio Municipal de Teatro1975) Venezuela Tuya (Premio de Teatro Juana Sujo en 1971) y La Opera Salsa, con música de Cheo Reyes. Con Me río del mundo obtuvo el Premio de Literatura Humorística Pedro León Zapata. Como ensayista publica La máscara del poder en 1989 y El Imperio contracultural: del Rock a la postmodernidad, en 1990, Elogio del panfleto y de los géneros malditos en el 2000; Investigación de unos medios por encima de toda sospecha (Premio Ezequiel Martínez Estrada 2005), Demonios del Mar: Corsarios y piratas en Venezuela 1528-1727, ganadora del Premio Municipal mención Ensayo 1999. En 2002 recibe el Premio Nacional de Literatura, y en 2010 el Premio Alba Cultural en la mención Letras.

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