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[OPINIÓN] La semilla campesina en Venezuela: movimiento, práctica y política conuquera

ley de semillas

Ana Felicien

Luego de la instalación de la nueva Asamblea Nacional para el ciclo 2021-2026, recordamos que en Venezuela, hace 5 años, en el último minuto de la última sesión legislativa de la Asamblea Nacional con mayoría chavista, se aprobó la ley de semillas. 

Lejos de ser un acto de última hora, fue el cierre de un largo proceso de debate y disputa en el que dos visiones agrarias se enfrentaron: una visión alineada con el modelo hegemónico globalizado donde la semilla constituye hoy uno de los principales nichos de acumulación de riqueza; y otra visión que plantea la soberanía alimentaria como horizonte, reconociendo los aportes que han tenido y tienen las agriculturas campesinas, indígenas y afro que se encuentran en la identidad conuquera. Cada visión se corresponde con una forma de ejercicio legislativo propio. 

La visión hegemónica se debatía al interior del palacio legislativo con formas representativas y tecnócratas de escribir leyes; mientras la propuesta conuquera se gestó en la calle y permitió el desarrollo de mecanismos protagónicos y participativos de crear no sólo una ley, sino una movilización nacional alrededor de la semilla. Este diálogo, tenso y prolongado, no fue fácil. Contar con mayoría chavista en la Asamblea Nacional no significó un mayor apoyo a la propuesta conuquera, incluso contando con varios diputados campesinos. De hecho los debates más importantes se dieron a lo interno del llamado Bloque de la Patria en el que incluso se proponía aprobar semillas transgénicas justificadas por la participación de Venezuela en el Mercosur. 

Pero lo que sí permitió fue la posibilidad de disputar y abrir este debate más allá de las formas representativas. Así nació el proceso de Debate Popular Constituyente, un ejercicio de protagonismo popular que recorrió varias regiones del país con la participación de 1036 personas de diversas organizaciones populares, comunidades e instituciones. Como saldo tenemos una ley de semillas que ha sido reconocida internacionalmente por más de 190 académicos y activistas por sus avances en el reconocimiento del derecho de los agricultores y del principio de precaución bajo el cual se prohíben las semillas transgénicas.

La aprobación de esta ley coincidió con la intensificación del asedio, bloqueo y crisis en el que la Asamblea Nacional de mayoría opositora jugó un papel clave, más tarde fabricando una “presidencia interina”, y gatillando una de las fases más violentas de la movilización opositora: las guarimbas.

En medio de esta crisis, las semillas han sido centrales para el control corporativo de nuestra alimentación, frente al cual las resistencias campesinas continúan construyendo autosuficiencia, autonomía y resguardando la diversidad alimentaria.

Es así como cinco años después de la histórica aprobación de la ley de semillas, en diálogo con organizaciones, agricultores y redes, presentamos un breve balance de los avances y desafíos para este proceso de construcción de soberanía alimentaria basado en el rescate y producción de las semillas locales, campesinas, afro e indígenas que llamaremos semillas conuqueras

Como contexto específico, tras 5 años de asedio intensificado, las transnacionales semilleras y los gremios de productores han ido retomando el poder de las semillas e insumos agrícolas. Uno de los principales mecanismos es la comercialización y ocupación del mercado semillero informalizado, que dadas las condiciones de precarización institucional y ausencia de controles económicos, ha generado contrabando y comercio informal. De este modo, las relaciones de dependencia se han intensificado a través de mecanismos de alta opacidad y en constante adaptación al contexto de la crisis, permitiéndole a estos actores transnacionales ejercer un control de la mayoría de los rubros de consumo urbano que concentra la mayor parte de la población. 

El caso emblemático son las hortalizas. En términos de superficie cultivada ocupan poca superficie a nivel nacional (según el último censo agrícola alcanzaban aprox. 5%). En estas se concentra la infraestructura de riego, el mercado de agroquímicos y la distribución del campo a la ciudad a través de las cadenas de intermediación que confluyen en los principales mercados del país: Coche y Mercabar. 

El maíz es un rubro clave en esta disputa por la semilla. La mayoría del maíz se cultiva y cosecha para el procesamiento de harina de maíz precocida, contando una sola marca (Polar) con aproximadamente el 60% del mercado nacional. Así que el 90% de la semilla que se utiliza en el país son semillas híbridas de maíz blanco destinado a su procesamiento agroindustrial. En correspondencia con este monopolio del grano de maíz, se reconoce en el gremio el predominio del maíz Dekalb a pesar de los esfuerzos en el desarrollo de variedades nacionales de maíz por el Instituto Nacional de Investigaciones Agrícolas (INIA).

Frente a la actual crisis y el sistemático acaparamiento del mercado semillero convencional, la respuesta desde abajo, desde ese otro sistema de semillas diversas que son custodiadas y reproducidas en las parcelas conuqueras. Este sistema viene ocupando cada vez más parcelas y mayores superficies, diversificando los canales de intercambio de semillas, conocimientos y prácticas en redes cada vez más amplias de organizaciones y comunidades. Sin embargo, sigue estando invisibilizado a pesar que la presencia de los rubros de origen campesino es absolutamente contundente en cada mercado y esquina del país donde se comercializan alimentos frescos. Desde estas prácticas se está implementando la ley de semillas desde abajo y de manera autónoma, conformando espacios para el resguardo de semillas campesinas, generando procesos participativos de garantía de calidad de estas semillas y promoviendo el intercambio de semillas y conocimientos entre comunidades.

La retoma campesina del maíz

Volviendo al maíz, dos experiencias han venido construyendo procesos de reapropiación de la semilla campesina bajo la premisa de la semilla como bien común: el plan de ensemillamiento “Sin Maíz no hay País” y la Comuna el Maizal. 

El plan de ensemillamiento de maíz nace de una articulación entre la comunidad semillerista de La Florida, en Guanape (Anzoátegui) y la plataforma Vida Comunal junto a BANMUJER (Banco Nacional de la Mujer) y la Universidad Bolivariana de los Trabajadores Jesús Rivero. Pablo Characo, maestro semillerista de Guanape, que participó en el proceso de redacción y defensa de la ley de semillas, ha acompañado el establecimiento de núcleos de ensemillamiento en todo el país. Su rol como maestro-pueblo está reconocido en la ley de semillas que los reconoce como: “aquellos hombres y mujeres, creadores, poseedores, portadores y transmisores de la tradición oral, popular y comunitaria, así como de los conocimientos, saberes, prácticas y creencias locales, campesinas, indígenas y afrodescendientes sobre la agrobiodiversidad”.

En los núcleos de ensemillamiento, las familias campesinas reciben la semilla de maíz Guanape MFE que fue mejorada en Guanape en respuesta a la escasez y altos costos de las semillas híbridas que nunca han sido accesibles para estas comunidades conuqueras. 

El maíz Guanape MFE es un maíz amarillo desarollado bajo manejo agroecológico por campesinos y campesinas de las comunidades de Los Médanos, La Florida y La Escondida, con acompañamiento del INIA y del INSAI. Está adaptado a condiciones de poca agua y fue mejorado para alimentación humana y animal. Así, con la entrega de la semilla y el compromiso de multiplicarla inician todos los núcleos de ensemillamiento que participan en este plan que tiene entre sus ejes más fuertes el Oriente del país (Bolívar, Anzoátegui y Sucre) y la región central (Caracas y Miranda). La semilla ya no es una mercancía, se ha vuelto un elemento de transformación y conocimiento para cada núcleo en el cual se da el proceso de multiplicación del maíz liderado principalmente por mujeres en un esquema de acompañamiento no financiero del Banco de la Mujer: se entrega semillas, bioinsumos y conocimiento. 

Pauline Arindell, responsable de la sistematización del plan de ensemillamiento, señala que actualmente están recolectando datos de cantidad y lugar al que va la semilla. Las semillas de maíz Guanape por principio del plan no se venden, se entregan o intercambian. 

“El plan tiene tres fases: el ensemillamiento, el escalamiento y el encadenamiento productivo; el trabajo de sistematización nos permitirá conocer el estado y avances en cada etapa, aún no hemos avanzado en un plan para el resguardo”, explica.

Sin embargo la semilla de maíz Guanape se ha transformado en un instrumento potenciador de la organización de los colectivos de campesinos y nuevos sembradores en espacios urbanos. Pauline también destaca que, “aunque el principal rubro sembrado es el maíz amarillo variedad Guanape, sabemos por los diferentes reportes que nos han llegado que asociados al cultivo de maíz se encuentran otras especies comestibles, recolectar ese información es parte del trabajo de sistematización”. 

Y finalmente considera que abrir el debate con la AN podrá permitir ampliar y sincerar muchas de las leyes que en materia agrícola nos rigen. 

“Es importante poner sobre el tapete legislativo la construcción de un nuevo sistema popular de producción y justa distribución, que amalgame las miles de experiencias colectivas que apuntan a una transformación real del estado y el sistema socioproductivo”, concluye.

De este modo, a través de este maíz conuquero se está tejiendo una importante red en la que se van reconociendo los atributos de esta semilla campesina y su calidad de manera participativa y desde la práctica productiva que revalora el conocimiento tradicional e innovador de las comunidades agricultoras. Como dice Pablo Characo, “recuperar nuestras semillas es la respuesta al saqueo que hicieron de nuestra memoria”.

La Comuna El Maizal viene construyendo otra respuesta orientada a fortalecer sus capacidades internas y autonomía semillera. En alianza con el Movimiento Sin Tierra (MST) de Brasil ha venido consolidando sus procesos de autoabastecimiento y resguardo de semilla de maíz. En el último ciclo de producción de maíz los comuneros y comuneras cultivaron semilla nacional y a partir de la selección de esta cosecha se inició un proceso de resguardo de semilla de maíz y caraotas en la comuna, implementando así una de las instancias claves de la ley de semillas: los centros comunales de resguardo para la semilla campesina.

El entramado de la dependencia hortalicera en Los Andes Venezolanos

La región andina del país, por sus condiciones climáticas y disponibilidad de agua, es el principal centro de producción de hortalizas desde el establecimiento de los sistemas de riego por aspersión en los años 60 que se orientaron a producir estos rubros para las ciudades y campos petroleros.

Alirio Rangel es ingeniero agrícola y agricultor del estado Trujillo, integrante de la Red de semilleristas de papa y hortalizas del Estado Trujillo y miembro de Fundaconuco. Desde su punto de vista, estos cambios significaron el inicio de la dependencia tecnológica a las semillas importadas de los rubros de ciclo corto, hortalizas principalmente, como principal dispositivo de cambio de modelo acompañado de los agroquímicos; ya que la agricultura continúa basada en el trabajo familiar y tracción animal en parcelas pequeñas entre 1 y 4 has. con un uso intensivo del suelo que implican entre 2 y tres ciclos de producción al año. 

En la comunidad de La Quebrada que forma parte del monumento natural Teta de Niquitao, desde donde Alirio nos responde, existen 3 unidades de riego que agrupan aproximadamente 100 agricultores. Aquí como en todos los Andes, las semillas de hortalizas que se utilizan son totalmente importadas. Provienen de Chile, Estados Unidos, Francia y Brasil, países proveedores de semilla que tienen sus casas distribuidoras y agentes de intermediación en Venezuela. Pero actualmente estas casas comerciales están operando principalmente desde Colombia, donde se procesan estas semillas y se comercializan acá en el país en las casas agrícolas privadas totalmente en dólares: coliflor, cebollín, zanahoria, brócoli, repollo, lechuga, ajo porro, remolacha. Todas son importadas.

% del costo de las semillas en relación al costo total de producción de los principales rubros cultivados en Los Andes (datos referenciales de La Quebrada, Trujillo. Fuente: Alirio Rangel)

Como balance, Alirio señala que algunos ensayos institucionales que se han dado de producción de semillas de hortalizas han sido muy débiles, sin escalamiento ni políticas orientadas a atender a los agricultores de hortalizas. 

“El plan nacional de semilla de papa se puede decir que no existe”, explica. “Y en Trujillo hay un problema con la estación experimental La Cristalina, que tiene 4 años en manos de Agrofanb y no ha producido ni un microtubérculo de papa desde entonces. Lo que está activo es la experiencia de PROINPA (Productores Integrales del Páramo) con el apoyo del Ministerio del PP para Ciencia y Tecnología.” No obstante, señala que los precios son prohibitivos, y que la siembra de 1 ha tendría una costo de 10.000$ sólo en semillas, sin contar que se requieren cuatro ciclos para obtener la semilla de papa para consumo, y que por eso las familias campesinas optan por comprar pequeñas cantidades de minitubérculos.

“Sin embargo”, dice Alirio, “tenemos otras semillas soberanas: apio criollo, maíz chiquito, caraotas, arvejas, habas; así como el trigo que como respuesta a la crisis de insumos y semillas, en las zonas por encima de los 2800 m de altura está proliferando mucho”. 

El productor trujillano expone que los costos de producción son muy elevados para las hortalizas, pero que el panorama cambia para los rubros soberanos.

“En nuestra comunidad la sustentabilidad se garantiza con los cultivos de apio criollo, maíz chiquito, caraota “poncha”, trigo y arveja.” 

Alirio explica que se utilizan semillas criollas adaptadas a las condiciones locales que son fundamentalmente resultantes del intercambio productivo con diferentes comunidades del páramo merideño. “Podemos decir que no es posible la autogestión y sustentabilidad del cultivo de hortalizas dada la alta dependencia tecnológica, además de una altísima especulación en los precios de las semillas: en Venezuela es el triple con respecto a cualquier país latinoamericano”, concluye. “Este ingrediente especulativo atenta contra la sostenibilidad de la agricultura de hortalizas en Venezuela.”

Diferencia del precio de las semillas entre Venezuela y Colombia en dólares (Fuente: Alirio Rangel)

Un rubro marcador de la crisis actual es la papa. “Este año, lo reconocemos como el año de la ruina del sistema papero venezolano”, señala Alirio. En Los Andes venezolanos este cultivo tiene un alto costo dado que están totalmente dolarizados los costos de insumos para plagas y enfermedades importados, los fertilizantes y el abono, que hoy cuesta 1$ el saco y se requieren 1000 sacos por ha. “Producir un saco de papa cuesta 14$ y las expectativas que tenían los agricultores era venderlo en 20$, pero el precio no superó los 7$ lo que trajo enormes pérdidas para las comunidades, que sostienen esta producción de manera autogestionaria basada en la inversión propia, sin ningún tipo de crédito agrícola ni público ni privado” recalcó el productor.

Finalmente, Alirio reconoce que “la crisis nos está enseñando nuevos caminos, nuevos senderos”. El alto costo de los insumos y semillas ha propiciado importantes cambios en el uso del suelo, el retorno a cultivos tradicionales y el uso eficiente de los insumos. Igualmente destaca que uno de los desafíos claves es la consolidación de nuestras propias estructuras organizativas, en la comunidad de La Quebrada así como en la mayoría de Los Andes venezolanos. El sistema de riego suele ser la instancia alrededor de la cual se hace prácticamente toda la planificación comunitaria de la agricultura. 

También considera como puntos claves: 

  • La formalización de un plan nacional de semillas y que se constituya la Comisión Nacional de Semillas; 
  • Que se otorguen recursos financieros para la investigación y fortalecer las estaciones experimentales que permitan dignificar el trabajo de investigación e innovación; 
  • Fortalecer el financiamiento agrícola en todos los rubros tanto vegetales como animales;
  • Eliminar el bachaqueo de los insumos agrícolas;
  • Crear una relación directa entre la FAO y los agricultores, en especial en Trujillo;
  • Reactivar la estación experimental La Cristalina, donde nacieron las semillas de papa María bonita, Dorinia, Andinita y muchos otros rubros.

Apuestas colectivas para la producción de hortalizas: Plan Pueblo a Pueblo y CECOSESOLA.

El Plan Pueblo a Pueblo es un plan para la organización social de la producción, distribución y consumo planificado de alimentos en sus variadas formas que nace en el 2015 en respuesta al desabastecimiento y uso de los alimentos como arma de guerra. Es un continuo histórico que retoma la ruta diseñada por el Frente Guerrillero Simón Bolívar comandado por Argimiro Gabaldón, “Comandante Carache”. 

Esta ruta comprende los estados Trujillo, Lara, Falcón, Yaracuy y Portuguesa. La principal premisa del plan es asumir que los alimentos son un derecho humano, no una mercancía, y en consecuencia la semilla también es un derecho de los agricultores. En ese sentido, desde el Plan Pueblo a Pueblo se ha implementado un modelo de doble participación que articula comunidades organizadas de la ciudad (comunas, cooperativas, consejos de trabajadores, etc.) con redes de productores libres y asociados que agrupan a 140 familias campesinas, para realizar distribuciones de hortalizas, tubérculos y frutas a precios transparentes basados en la estructura de costos. Con esta metodología, en 5 años se han distribuido casi 3 millones de kilos de hortalizas en jornadas comunitarias que sostienen un proceso de planificación de la siembra en base al consumo y no sometido al vaivén del mercado. 

Como vimos, la semilla juega un papel importante en esta estructura y por ello el Plan Pueblo a Pueblo ha desplegado una estrategia diversa para avanzar en el control social de la semilla. La primera está basada en una alianza con la organización PROINPA a partir de la cual se establecieron 5 núcleos de producción de semilla de papa con agricultores de las redes Pueblo a Pueblo.

El primer paso fue un de diagnóstico de las capacidades de producción de semilla en los ejes productivos del plan, la compra de los microtubérculos de Andinita, Granola, Amarilis, María Bonita, Angostureña, Kenebec y Caroly; la organización de los núcleos, realización de asambleas y el intercambio de experiencia entre los núcleos semilleristas. El objetivo es generar un mecanismo que permita mantener el control popular de la semilla hasta el consumo como estrategia para contrarrestar la especulación y acaparamiento. 

En maíz, el Plan también viene realizando un proceso de multiplicación de semilla nacional. En noviembre del 2017, se realizó la siembra de maíz amarillo variedad INIA 7- Registrada en Portuguesa, bajo riego suplementario con la finalidad de multiplicar semillas para la producción de maíz de consumo animal, asesorados por investigadores del INIA. Se obtuvo un rendimiento promedio de 4200 kg por ha y de ahí se obtuvieron semillas para la siembra del ciclo invierno 2018 y para nuevamente multiplicar. En Trujillo, las redes de agricultores vienen realizando un proceso de rescate y multiplicación de los maíces criollos como el cucuteño, el diente de cabra y el cariaco.

Sin embargo, el Plan Pueblo a Pueblo maneja alrededor de 27 rubros de los cuales las hortalizas son un componente importante. Para estos rubros de altísima dependencia tecnológica la estrategia está basada en alianzas, en este caso de solidaridad internacional e innovación campesina. Así, se ha constituido una Brigada Internacional de Semillas Pueblo a Pueblo, a través de la cual se han traído semillas de hortalizas de variedades producidas por cooperativas de agricultores de Estados Unidos, Brasil y Francia, las cuales han sido entregadas a agricultores custodios de las redes de productores libres y asociados del Plan, principalmente en Carache (Trujillo) y Humocaro (Lara) para desarrollar las pruebas y ensayos de multiplicación bajo manejo agroecológico, así como su uso en la producción de rubros que son distribuidos en la ciudad, alcanzando un ámbito nacional. 

Sin embargo, es importante destacar que una de las principales limitaciones para el escalamiento de este proceso son las preferencias de los agricultores a las semillas importadas conocidas, cuyo alto rendimiento y alta dependencia a insumos significa una barrera comercial y cultural para la masificación del uso de semillas re-producidas localmente.

Otra experiencia que implica la conexión semilla – consumo es la de CECOSESOLA. Esta cooperativa tiene 51 años de existencia y está integrada por más de 50 organizaciones comunitarias. Hugo Quintero de la Cooperativa Puente de Piedra Estiguates en Trujillo, parte de CECOSESOLA, expone que los principales rubros que se produjeron este año fueron papa, zanahoria, apio y cebollín, distribuidos a través de las ferias de consumo de CECOCESOLA en su totalidad. 

La semilla de zanahoria es importada y se compra en casas comerciales. Pero las semillas de cebollín y apio las producen los propios integrantes de la cooperativa. En el caso de la papa, se está produciendo semilla de alta calidad genética, también gracias a un convenio con PROINPA. 

“Para adquirir las semillas contamos con un financiamiento de los fondos de la cooperativa o del fondo de ayuda mutua que tenemos en conjunto todas las organizaciones integradas en CECOCESOLA,” detalla Hugo. “En la cooperativa siempre buscamos la autogestión. Para nosotros el cooperativismo es una forma de vivir, y por lo tanto nuestros proyectos son financiados por nosotros mismos.” 

El integrante de la cooperativa defiende que el lema es “la semilla es lo primero.” Mirando hacia adelante, plantea que “nuestra perspectiva es articular con instituciones que nos ayuden a mejorar la calidad genética de nuestras semillas y el desafío además de sumar más organizaciones en el tema de producción de semilla.”

La semilla campesina: una cosecha de la formación agroecológica. 

En Barinas, el Instituto Latinoamericano de Agroecología Paulo Freire viene trabajando en la producción de semillas como parte de su proceso de formación de jóvenes campesinxs que egresan como Ingenierxs en agroecología. 

Estas semillas campesinas son producto de la articulación universidad-comunidad, y han sido seleccionadas y reproducidas por los educandos y educandas conjuntamente con los maestros y maestras campesinas en sus conucos. En la experiencia del IALA vemos como la articulación de estos maestros-pueblo a los procesos de formación agrícola es un elemento que potencia no solo los procesos educativos sino la autogestión y producción agrícola.

Origen de la semilla utilizada en el ciclo de producción del IALA del año 2020 (fuente IALA)

2020: los 15 años del día de la semilla campesina

En homenaje y exigiendo la aparición del profesor Carlos Lanz, contra todo pronóstico se dio el encuentro virtual por el Día de la Semilla Campesina. Este encuentro se realiza todos los 29 de octubre en la comunidad de Monte Carmelo-Lara, y fue uno de principales espacios de debate de la ley de semillas. 

A pesar de los problemas de conectividad, transporte y las limitaciones de la pandemia y su cuarentena, del 27 al 29 de octubre se realizó un encuentro virtual de semilleristas, vía foro – chat por Whatsapp, medio de mayor accesibilidad para las comunidades y experiencias participantes. El llamado de Gaudí García, fundadora del día de esta celebración fue claro: 

“En estos momentos es necesario consolidar un buen movimiento a nivel nacional relacionado con el rescate de nuestra semilla, su conservación, su cultivo y su multiplicación. Hay formas artesanales de conservar la semilla, y más que eso tiene que ser un matrimonio con la agroecología”

Con este formato, participaron 257 personas en Whatsapp, donde se realizaron los debates centrales y se priorizó la participación de campesinos y campesinas semilleristas quienes, a pesar de los problemas de conectividad, realizaron un esfuerzo sin precedentes para compartir sus experiencias conuqueras de todo el país. Hubo participaciones de Lara, La Guaira, Mérida, Apure, Monagas, Anzoátegui, Trujillo, Miranda, Aragua, Distrito Capital, Táchira, Yaracuy, entre otros. 

Los principales ejes de trabajo que se desarrollaron fueron: reconocimiento de experiencias de resguardo y protección de la biodiversidad: semillas en producción, recuperación de rubros sub-utilizados, uso de bioinsumos), intercambio de semillas y conocimientos libres y, la implementación de la ley de semillas. Entre las múltiples propuestas de continuidad, la más importante ha sido el intercambio de semillas que se ha realizado post-encuentro y que es la base para un futuro Plan Popular de Semillas.

Una nueva asamblea frente al conuco de siempre

Las diversas lecturas de la instalación de la Asamblea Nacional hablan de un nuevo ciclo político. La apertura de este “nuevo ciclo” significa nuevos desafíos para la política agroalimentaria y en especial para la agricultura campesina, en un contexto en el que las llamadas “alianzas estratégicas” con el sector privado han significado un rampante proceso de privatización de las capacidades estatales. Estas privatizaciones son parte de los impactos de las presiones y sanciones internacionales, que favorecen a la agenda del agronegocio en el país. Es tan claro que los voceros del sector privado lo manifiestan de manera abierta y pública como una victoria y señal de cambio de modelo económico.

Por ello, os curules mayoritariamente del Gran Polo Patriótico no significan victorias automáticas, sino la apertura de nuevos espacios de disputa para los cuales es fundamental la lectura de nuestros propios procesos de construcción de poder popular: métodos, estrategias, articulaciones concretas que en este momento de máximos desafíos son elementos claves para una ruta de lucha necesaria y de la que depende nuestra alimentación. 

La ley de semillas se ha venido sembrando desde abajo y en medio de la guerra. Así, este proceso de democracia protagónica va definitivamente más allá de lo legislativo. Por ello entendemos la ley semillas como proyecto político en el cual la histórica y reciente movilización conuquera nos está dando claves para la construcción del horizonte comunal.

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