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[OPINIÓN] La puñalada

la puñalada

“La puñalada por la espalda” fue el relato usado por los generales del ejército alemán para atribuir a la “traición” del pueblo que se oponía a la guerra la responsabilidad de la derrota sufrida en la Primera Guerra Mundial. El relato se hizo famoso en los primeros tiempos de la República de Weimar en Alemania (1918-1933), que se edificó precisamente sobre una verdadera y certera puñalada: la asestada por la socialdemocracia a la Revolución de Noviembre.

La experiencia de Weimar es una fuente incalculable de enseñanzas para las revoluciones que en su afán transformador deben enfrentar tanto al enemigo imperial y sus cómplices nacionales, como al reformismo que sepulta revoluciones en su nombre. Así se consumó la traición de Weimar.

1918

Finalizaba la Primera Guerra Mundial. Mientras el ejército alemán colapsaba en el frente occidental, sus generales más importantes, von Hindenburg y Ludendorff, buscaban negociar un armisticio con las potencias aliadas. Dos millones de alemanes murieron en la guerra y cuatro millones resultaron heridos. En la profunda retaguardia, el imperio alemán se desmoronaba a causa de una profunda crisis que desencadenó una gigantesca rebelión popular.

Para octubre de 1918, la descomposición política del Segundo Reich se precipitaba vertiginosamente. Para liberar tensiones, el propio Alto Mando Militar (quien al fin y al cabo ostentaba el poder real) ordenó la instalación de una monarquía parlamentaria con el príncipe Max von Baden como canciller. Baden inició inmediatamente las negociaciones de paz con los aliados.

Para noviembre la situación general era explosiva. El pueblo organizado en Consejos de Soldados y Obreros protagonizaba huelgas, movilizaciones, tomas e insurrecciones mientras exigía la caída del Reich y clamaba por una revolución socialista. El pueblo esperaba ingenuamente que el Partido Socialdemócrata (SPD por sus siglas en alemán) dictara la pauta revolucionaria.

El reformismo al mando

El SPD era en ese momento el partido más grande y más antiguo de Alemania, por lo que gozaba de mucha aceptación popular. Esto a pesar de venir abandonando su posición revolucionaria, convirtiéndose en un aparato reformista. Este viraje le costó la escisión con los socialistas independientes y la famosa ruptura encabezada por Karl Liebknecht y Rosa Luxemburgo. Los dos fundaron la Liga Espartaquista, lo que más tarde sería el Partido Comunista Alemán.

La ola revolucionaria que había iniciado en la ciudad de Kiel, tomada por 40.000 marineros, soldados, trabajadores y trabajadoras insurrectas en noviembre de 1918, se extendía a todo el territorio alemán. La socialdemocracia, en la figura de Gustav Noske, corría apresuradamente a apaciguar y controlar al pueblo rebelde. A pesar de los esfuerzos de la Liga Espartaquista por radicalizar la lucha y llevar los consejos al poder, el pueblo sucumbía frente al engaño socialdemócrata.

Una república permitida

Lo cierto es que el 9 de noviembre la situación obligó la abdicación del káiser Guillermo II y la dimisión de von Baden quien a su vez nombró como canciller al mismísimo líder del SPD, Friedrich (“Fritz”) Ebert. El sorpresivo nombramiento de Ebert contó paradójicamente con el consentimiento e incluso el apoyo de la élite de la Reichswehr (el ejército alemán).

¿Pero a qué se debió la permisividad de los militares? Ellos entendieron que nadie mejor que el SPD frenaría la revolución. A lo sumo instalaría una república democrático-burguesa, que más temprano que tarde exigiría el aplastamiento de la misma revolución de la que se sirvieron para llegar al poder. Más aún, los militares procuraban que el nuevo gobierno absorbiera toda la responsabilidad derivada de las futuras (y terribles) condiciones impuestas por los aliados en Versailles. Como diría Ludendorff: Ahora podrán hacer la paz que debe hacerse. ¡Que paguen ellos los vidrios rotos!

Este mismo día, el propio Ebert haciendo gala de su vocación reformista, buscaba desesperadamente conservar la forma imperial del régimen. Sin embargo, la “amenaza” revolucionaria presionó lo suficiente para que el también dirigente del SPD, Philipp Scheidemann, muy a su pesar, proclamara la República. El reto ahora era conservar el poder. Ya no importaba la revolución. Empezó así la macabra historia de la traición reformista.

La trampa

La mayor preocupación de Ebert a partir de este momento sería evitar que se extendiera la revolución. Pero la presión de la Liga Espartaquista y la movilización popular obligaban a la socialdemocracia a hacer concesiones.

Para el 10 de noviembre los socialdemócratas no tuvieron más remedio que ceder ante el establecimiento de la Asamblea de los Consejos de Obreros y Soldados de Berlín, que instaló un consejo de seis comisarios repartidos entre la SPD y los socialistas independientes.

A mediados de diciembre se reunió el Congreso Nacional de los Consejos, apoyando mayoritariamente las tesis socialdemócratas, por lo que se disolvió y confió el destino de la República a la convocatoria de una Asamblea Nacional Constituyente para el 19 de enero de 1919. Los consejos habían perdido su utilidad para un gobierno cuya mayor preocupación era precisamente evitar una revolución, limitándose al cambio pacífico del canciller y la forma del Estado. Con ello la revolución terminó antes de empezar, y las clases populares quedaron marginadas de la política.

La socialdemocracia jugaba a un malabarismo que le permitiese mantener contentos a la burguesía, los militares y al pueblo. Para ello mantuvo intactas las estructuras militares e incluso alcanzó un pacto secreto con el alto mando para reprimir los esfuerzos revolucionarios de los espartaquistas y del pueblo rebelde. Igualmente logró el acuerdo entre sindicatos y patronales, tranquilizando así a la burguesía y adormeciendo al pueblo con algunas reivindicaciones laborales.

La derrota revolucionaria

Cuando los espartaquistas constataron que la traición estaba consumada ya era tarde. Todos los intentos revolucionarios que le siguieron fueron infructuosos, hasta que llegó la semana sangrienta entre el 8 y el 13 de enero de 1919. Los Freikorps, cuerpos paramilitares de veteranos de guerra, al mando del socialdemócrata Noske, asesinaron a cientos de espartaquistas, incluyendo a Liebknecht y Luxemburgo. A fuerza de represión y engaño, los socialdemócratas allanaron el camino para su proyecto reformista.

De esta forma se llegaba al 19 de enero con las elecciones de la Asamblea Nacional Constituyente, cuyos resultados, aunque favorables al SPD no le permitieron obtener mayoría absoluta. El SPD optó por una alianza con la derecha y así consolidó la famosa Coalición de Weimar. Ebert, electo presidente en febrero, ya había delegado la redacción del anteproyecto de la constitución (aprobada en agosto de 1919) al liberal Hugo Preuss, con lo que buscaba no asustar ni a la burguesía ni al ejército. Ya más nunca se hablaría de los Consejos de Soldados y Obreros.

En adelante, los resultados electorales en todo el período de Weimar no hicieron más que favorecer a las coaliciones de derecha. Esta tendencia derechizante del gobierno preparó el retorno del mismísimo Paul von Hindenburg, símbolo de la vieja derecha imperial, quien ganó las elecciones en 1925 y se coronó como presidente de la misma república que había combatido. La nueva derecha nacionalista crecía estrepitosamente alrededor del nazismo, convirtiéndose en un partido de masas desde antes de 1930, y esperando la oportunidad que le daría el propio von Hindenburg en 1933 con el advenimiento de Hitler.

Crisis y golpes

El gobierno cada vez más a la derecha se agotaba en pactos, negociaciones y elecciones que no lo eximían de la amenaza golpista. Vale recordar el episodio conocido como el putsch Kapp, en el que un sector de la alta oficialidad militar, perpetró el 13 marzo de 1920 un golpe de Estado contra el gobierno de Weimar.

El gobierno confiadamente acudió a la jefatura militar con la que había pactado meses antes, pero ésta se negó a enfrentar el golpe que se cristalizaba con el nombramiento del sedicioso Kapp como canciller. El gobierno huyó despavorido. Cuatro días más tarde, gracias a la rápida organización de una resistencia obrera y popular, el golpe fue derrotado. El espíritu revolucionario reaparecía en la escena sin sospechar que el gobierno de Weimar nuevamente reprimiría al movimiento obrero y popular, causando más de 300 muertos, mientras otorgaba poderosas concesiones a la casta militar.

En el plano económico la situación no era menos grave. A la ya deteriorada situación económica que enterraba al pueblo en la miseria, le sucedió el episodio hiperinflacionario de 1923, que llegó a alcanzar un nivel de variación de precios de 1.000.000.000.000% en apenas un año. El episodio resultó trágico para la clase trabajadora ya depauperada, pero aún más para la pequeña burguesía. Su bancarrota contribuyó en gran medida a empujarla a los brazos del fascismo.

Por el contrario, la crisis resultó altamente beneficiosa para las grandes empresas que se libraban de deudas, concentraban capitales y multiplicaban sus ganancias mientras la República sucumbía ante la obligación de compensar todos los daños causados en la guerra a partir de las imposiciones de Versailles. Aunque en el período 1924-1928 la República vivió cierto clima de “estabilidad”, éste no fue más que aparente. Se trataba de una prosperidad superficial que se diluyó abruptamente frente a la Gran Depresión del año 1929.

El fin

Todo este comportamiento vacilante y agónico de la República de Weimar no hizo más que acumular un gigantesco arsenal de contradicciones, que la derecha pacientemente fue apilando, hasta convertirlo en el arma que liquidó a Weimar en 1933.

Weimar se erigió sobre la puñalada que asestó contra el pueblo alemán, contra la revolución de noviembre y contra el socialismo, y pereció llevando en sus hombros la derrota de una experiencia que cambió todo para no cambiar realmente nada. Esta derrota sirvió para el nazismo instaurara su macabro proyecto, así como se serviría del relato de la “puñalada por la espalda” como parte esencial su doctrina.

Bien lo decía Rosa Luxemburgo: cuando el reformismo “propone transformar el mar de la amargura capitalista en un mar de dulzura socialista volcando progresivamente en él botellas de limonada social reformista, nos presenta una idea más insípida, pero no menos fantástica”.

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