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[OPINIÓN] A leña limpia

mireya peña leña limpia

Caracas, febrero de 2021

Hoy cuando fui a prender la cocina comprobé que el gas “se está yendo”, como decimos en casa. Vinieron a mi memoria momentos en los que cocinar ha sido un proceso de evolución.

Hace mucho me tocó arreglármelas con kerosén; en mi casa se compraban uno o dos litros diarios. Para mí era una odisea encender la cocina, sobre todo si tenía prisa o hambre. En esos casos subía el fuego levantando la hornilla con una cajita de fósforos o inclinaba el frasco donde se echaba el kerosén. Entonces se enchumbaba la mecha, explotaba y salía una gran llama que ennegrecía de tizne no solo las ollas sino también mi cara.

Cuando por fin pudimos comprar una cocina de gas, teníamos una sola bombona; si se terminaba el fin de semana, comprábamos carbón y se cocinaba en un anafre, una especie de cocina hecha con latas de aceite que vendían en las bodegas, al igual que el kerosén y el carbón, y nadie sufría si el gas se terminaba.

En los tiempos en que yo era una joven pizpireta era frecuente ir de visita a Barlovento a casa de Maya (mi abuela) y donde las tías de mi mamá. En todas esas casas había fogón de leña. Para nadie es un secreto que la comida a leña es más sabrosa. Eso fue allá por los años 70. Desde entonces han pasado unos cuantos años, sin perder de vista la leña y el carbón, sobre todo en los sancochos y parrillas al aire libre. Son recuerdos de infancia y juventud que siempre acuden a mi memoria. Con casi cincuenta años de los míos, ahora comprar gas se ha convertido en un suplicio.

Primero, cuando comenzó la escasez, una vez por semana venía el camión; había que amanecer en la cola y correr con suerte. Siempre se terminaban primero las bombonas de presión; me tocó comprar de todos los reguladores para no quedarme sin gas.

Ahora con el transcurrir de los años lo que te regulan es la compra. En mi barrio nos venden dos bombonas al mes, lo que -gracias a Dios y a la situación económica- facilita que se llegue al mes con gas. Claro, la mayoría de las familias pobres o vulnerables como nos llaman ahora, hacemos dos comidas al día. Ya comer tres es una especie de suerte.

Y esto es en Caracas, en la ciudad, porque en algunos pueblos es peor. Querer traspasar los límites de la regulación… ¡Madre mía!, cuesta 20$ más el transporte. Y si – como ahora – el gas se retrasa, toca hacer uso de la leña como en tiempos de la abuela.

Bueno, en el barrio cualquier palo es leña. Con la limitación de que nuestras viviendas no están hechas como en los campos: aquí nuestra pared es la del vecino y espacios abiertos o patios es bien difícil que existan.

Cómo es más fácil hablar de la leña propia que la del vecino, la falta de gas no es la única leña que estamos llevando los venezolanos. Yo no sé si para algunos será lo mismo cortar leña, cargar leña, o llevar leña, lo que sí sé es que llevo unos cuantos años llevando leña y de la buena.

Sé que no soy la única pero para mí no es consuelo, como dicen algunas personas para darse ánimos: “es que esto es un problema mundial”, ¡nojose!.

Un amigo hace años hablando sobre el tema económico, me decía, “Negra, esto va a mejorar… A lo mejor no lo vemos nosotros, pero si nuestros nietos”. ¡Qué esperanza! A nuestros niños también les ha tocado duro, pero ahí vamos. Cuando hay se come, cuando no hay se aguanta.

Sin querer echarle más al fuego, la leña no queda ahí: el transporte, el agua, los servicios, son algunos de los problemas que estamos sobrellevando los venezolanos. Sin hablar del modelo de salud, que con la “pandemia” es otro tema. Y no es que saltemos la talanquera, que somos escuálidos y todos los peyorativos con que tildan a quienes nos atrevemos a quejarnos. Pero es que cargar leña siempre le toca al más zoquete.

Los de menos recursos somos los más castigados, quienes más perdemos y sufrimos, porque sólo somos una especie de escalera que se halaga, se utiliza, se enaltece cuando se necesita para subir, para aplaudir o para hacer sentir omnipotentes a quienes detentan el poder. Hoy estamos al borde del caos, el pueblo es copartícipe de un proceso que no acabamos de comprender y mientras tanto seguimos llevando leña limpia.

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