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[OPINIÓN] Dolarización: ¿el cisne negro?

Por: Luis Salas Rodríguez/15yÚltimo

Hoy día, tal y como lo ha dejado en evidencia el blackout eléctrico al dificultar las operaciones de pago electrónicas y virtuales, en no pocas ocasiones, incluso para compras tan comunes como un cartón de huevos, a muchas personas les ha resultado más fácil pagar con dólares o cualquier otra moneda e incluso cosas (otras mercancías) que con bolívares. Para algunos esto es una sorpresa. Para otros,  entre los que me cuento, no tanto. A continuación explico por qué:

Los cisnes negros sí existen

En sentido estricto, para que un fenómeno o hecho encaje dentro del perfil clásico de lo que los teóricos suelen llamar un Cisne Negro, debe reunir al mismo tiempo los siguientes atributos:

  1. Debe ser inesperado, en el sentido que se halla fuera del ámbito de las expectativas regulares (lo que colectivamente se espera o parece más probable que suceda), pues hay entre poco y nada en el pasado que puede hacer sospechar de manera convincente su posibilidad (de hecho, la evidencia existente suele apuntar más bien a su imposibilidad).
  2. Debe tener un impacto extremo, en el sentido de significar un antes y después.
  3.  Sin que resulte contradictorio con lo dicho en el numeral 1, una vez ocurrido, pueden encontrarse elementos que lo hagan explicable e incluso no tan inesperado como parecía al principio.

Desde este punto de vista, es posible que la dolarización de la economía venezolana, de terminar ocurriendo definitivamente, pueda ser catalogada como el gran cisne negro de toda esta historia.

Ciertamente, pudiera ser discutible que tan inesperado resultaría una dolarización definitiva en el caso de ocurrir. Por variadas razones, muchos hemos alertado o pronosticado sobre esta posibilidad, unos porque quieren que ocurra y otros porque no queremos. Entre estas razones pueden citarse que si bien no es siempre ni necesariamente el caso, los procesos hiperinflacionarios suelen conducir hacia dolarizaciones de forma más o menos “espontánea”. Pero el tema es que no estamos hablando solamente de un dolarización de facto o por la vía de los hechos, que en efecto y de forma “pública, notoria y comunicacional” se viene dando, sino que estamos haciendo referencia a una dolarización de derecho, en el sentido que se haga vía decreto por las autoridades monetarias y políticas respectivas, léase el gobierno y específicamente el actual, lo que es menos común que ocurra y pese a la propaganda que se la hecho al temas es más bien una excepción y no la regla, al final de las hiperinflaciones.

Por otra parte, y en lo que toca a la segunda característica de los “cisnes negros”, está fuera de toda duda el impacto extremo que tendría una medida de este tipo. Pero de por sí, la dolarización “espontánea” que viene dándose ya lo tiene. Y cuando decimos “espontánea”, así entre comillas, es porque de espontánea no tiene nada. Lo que me lleva al punto tres, es decir, a que en realidad, de terminar ocurriendo, cuando revisemos en retrospectiva, nos daremos cuenta de que todo venía dándose de tal forma que condujera definitivamente a dicho desenlace, solo que tal vez nuestros sesgos perceptivos ligados a nuestras expectativas, posiciones políticas, etc., no nos permitieron “darnos cuenta” por evidente que fueran la señales.

¿Crónica de una dolarización anunciada?

En principio, por las características propias de la economía venezolana, su dolarización siempre ha sido un hecho latente. De un lado, existe eso que solemos llamar “renta petrolera”, que al ser causada a partir de la venta de nuestros barriles de petróleo en mercados internacionales, constituye de cara al país un ingreso “extraordinario” de divisas que, sin embargo, no por “extraordinario” deja de ser el motor de la vida económica (y por tanto de la lucha política) nacional.

Y por otro: al tratarse de una economía con una tradición inflacionaria relativamente larga (de al menos cuatro décadas) y más larga aún de fuga de capitales y envío de remesas (hasta 2012, por increíble que nos parezca ahora, Venezuela estuvo en el top 20 de los países a partir de los cuales la gente enviaba –no recibía– remesas), la relación con las divisas y particularmente con el dólar no nos resulta tan ajena. Desde luego, a esto hay que agregar el factor importador, lo que hace que la formación de precios en nuestro país y, en consecuencia, el cálculo de los mismos, no solo se haga en bolívares sino también en divisas.

Pero eso, por decirlo así, tiene que ver con el mediano y largo plazo del asunto. En lo más inmediato, a mi modo de ver, lo que preparó las condiciones para la dolarización forzada a la que hemos sido sometidos, fue el endeudamiento en divisas en que incurrieron tanto el BCV como PDVSA, endeudamiento que se hizo contracorriente al proceso de fortalecimiento del bolívar impulsado por el presidente Chávez y por el cual deberían rendir cuenta todos los exministros de finanzas y presidentes de PDVSA hasta la fecha.

Y es que este endeudamiento, más allá del problema en sí que representa toda deuda en divisas, expuso al bolívar fuerte y a la economía nacional en condición de vulnerabilidad frente a sus enemigos, enemigos que se aprovecharían de ello en especial –como hemos reseñado ampliamente junto a muchos otros compañeros y compañeras– tras el agravamiento y posterior muerte del presidente Chávez. Pues esa deuda en buena parte consistió en la emisión de bonos comprados en bolívares pero denominados en dólares, que no solo facilitaron la fuga de divisas sino la posterior especulación contra el bolívar, pues los tenedores de dichos bonos –en su gran mayoría venezolanos y buena parte de ellos ligados al sector financiero y bancario, que los compraron a particulares– luego fueron los primeros interesados en devaluar al bolívar, en principio como mecanismo para multiplicar capitales y, poco más tarde, además con fines políticos: derrocar al actual gobierno y acabar con el chavismo.

En sentido estricto, la guerra económica actual comenzó aquí. Y justamente este pasado lunes 11 de marzo, cuando nos encontrábamos todavía en medio del blackout eléctrico, se cumplieron 6 años de la publicación del decreto de guerra a muerte contra el bolívar fuerte. Es también un tema que hemos reseñado ampliamente: se trata del famoso artículo El fallecimiento de Chávez ¿Y de su moneda?, firmado por el economista norteamericano Steve Hanke y publicado en El Universal, 11 de marzo de 2013, apenas seis días después de la muerte del presidente Chávez.

Si bien resulta simplista decir que el artículo de Hanke –quien, entre otras cosas, ha fungido de “asesor económico” de Dólar Today– fue el comienzo de todo, no cabe duda que delineó las bases de la campaña sobre la cual se sostendría todo el ataque contra el bolívar fuerte que de hecho acabó con él en 2018 y tiene a su sucesor – el bolívar soberano–, ya en fase crítica apenas a 7 meses de su entrada en vigencia. Recordemos lo esencial del mismo para dejar constancia de lo que estamos hablando:

“Aunque Hugo Chávez Frías, el presidente de Venezuela, fue superado por la enfermedad que le aquejaba, deja otro paciente cuya salud comenzó a deteriorarse en las últimas semanas: la moneda del país, el bolívar fuerte, que probablemente necesite pronto reanimación cardiopulmonar. (…) El bolívar ha ingresado en lo que pudiera catalogarse de espiral de la muerte, lo que se ha acelerado con las noticias sobre la defunción de Chávez. Poco antes de su deceso, el gobierno de Chávez reconoció que el bolívar presentaba problemas y devaluó la moneda en 32%, llevando la tasa de cambio oficial a 6,30 bolívares desde 4,30 bolívares. Aun así, el bolívar continúa “sobrevaluado” en 74% frente a la tasa de cambio libre (…)”

Y tal vez lo más importante:

“¿Cómo puede Venezuela aplazar una crisis y colocar su economía de nuevo sobre una sólida base monetaria? La solución es sencilla: hay que reemplazar el bolívar por el dólar estadounidense. Esta opción, conocida como “dolarización”, fue la que le presenté al presidente Rafael Caldera cuando era su asesor allá por el año 1995. El modelo ha tenido bastante éxito en Ecuador, donde fui asesor para el ministro de economía y finanzas y partidario, ya para aquel entonces, de la dolarización.”

Como se ve, la lógica argumentativa que ya hoy día forma parte del sentido común y convenció no solo a extraños sino también y sobre todo a propios, es bastante simple: a la muerte de Chávez seguía necesariamente la de “su” moneda: el Bolívar Fuerte, que se encontraba en un “espiral de muerte” “acelerado” precisamente, por la muerte de aquel. Acto seguido, se dice que la grave enfermedad que lo aquejaba es la “sobrevaluación” con respecto a la “tasa de cambio libre”, que no es otra que la ilegal-paralela, en aquel entonces ya monopolizada por Dólar Today. Para en conclusión, afirmar que tras su muerte lo que advendría es la dolarización, es decir, el reemplazo del Bolívar Fuerte –símbolo monetario de la Revolución Bolivariana– por la moneda del país de su gobierno archienemigo: el dólar norteamericano.

Seis años después: ¿qué ha pasado?

De entonces a la fecha han pasado muchas cosas. No solo un salvaje ataque contra el bolívar, evidenciado en el hecho de que desde 2013 a la fecha su variación nominal ronda el 4 mil %, si tomamos en cuenta que pasó de 0,000063 en marzo de 2013 a 3.299, manejándonos en tipo de cambio oficial actual y en bolívares soberanos. En medio de todo ello, además, el gobierno ha venido flexibilizando las condiciones que permiten realizar un creciente número de transacciones financieras y comerciales en dólares, algunas directamente (como el Convenio Cambiario N° 33 que dictó las normas para las operaciones en divisas en el sistema financiero nacional, el N° 36 que permite cobrar en dólares los servicios internacionales que prestan las operadoras del sector turismo y la derogación de la ley de ilícitos, lo suficientemente ambigua como para dejar la laguna con respecto a la posibilidad de pagar cualquier cosa con divisas). Otras lo han sido indirectamente, como pasa con  todo lo referido a las criptomonedas, que por la vía de hecho ha coadyuvado al desplazamiento del bolívar como moneda de curso legal.

Más cerca en el tiempo, si bien en lo formal la propuesta dolarizadora fue derrotada políticamente en las elecciones de mayo de 2018, paradójicamente, o quizás no tanto, luego de esas elecciones la dolarización forzada se aceleró. Desde luego, el ataque sistemático contra el bolívar y la hiperinflación llevan la voz cantante en esta materia. Pero a mi modo de ver, y como ya he señalado en anteriores ocasiones, la estrategia de política económica escogida para enfrentar tanto una cosa como la otra, han terminado más bien facilitándoles el camino. Esto es particularmente notable luego de los factores de “corrección” aplicados al Plan de Recuperación, Crecimiento y Prosperidad el 29 de noviembre pasado (ver también acá), si bien ya los ingredientes básicos de la estrategia estaban latentes en el propio lanzamiento del Plan en agosto de 2018.

Del blackout monetario-cambiario al eléctrico y viceversa.    

Hagamos un ejercicio de supuesto negado: al día de hoy, si el gobierno, por la razón que fuese, decidiese oficialmente dolarizar la economía, para cambiar todo el circulante monetario (M2) alcanzaría con solo 812 millones de US$. Y en el caso de los billetes y monedas, con unos 46 millones de US$, todo esto tomando en cuenta el valor reportado por el BCV del total de la liquidez monetaria al 22 de febrero de este año y el actual tipo de cambio oficial de 3.299 bolívares soberanos por US$.

Para que nos hagamos una idea más clara de lo que estamos hablando, según las estimaciones más conservadoras, el año pasado fueron enviados al país unos 2 mil millones de US$ en remesas. Supongamos que de esa cantidad no todos ingresaron, pues sabemos que buena parte se queda en cuentas internacionales. Pero forzosamente una parte sí. Si asumimos –para seguir siendo conservadores– que solo una cuarta parte de esos dos mil millones ingresaron como billetes. Y le sumamos la circulación de dólares ya existentes atesorados o ingresados por diversas vías, fácilmente podemos concluir que en los actuales momentos a cambio oficial hay en términos reales más dólares circulando que bolívares. Es decir, así en cantidad de billetes haya más bolívares, en la práctica, la forma dinero predominante a la hora de comprar y vender cada vez pareciera ser más el dólar norteamericano.

Esto en parte explica por qué, como ha quedado en evidencia estos días de blackout eléctrico, el dólar ya circula abiertamente en los comercios de las ciudades y pueblos casi tanto como los bolívares. No se trata ya solamente de que las operaciones se calculen en dólares, lo que tiene rato pasando y es un efecto directo de la hiperinflación (que una moneda considerada “fuerte” tome el lugar de unidad de cuenta). Y tampoco que a la hora de ahorrar la gente abandone los bolívares y se vaya a los dólares u otras divisas y criptomonedas, lo que también tiene rato ocurriendo como efecto de la hiperinflación (el efecto reserva de valor que también cumplen las monedas consideradas fuertes frente aquellas que se debilitan), sino que ya en la función más simple y llana de las monedas –servir de medio de intercambio, es decir, para pagar y cobrar– el dólar tiene ahora tanta presencia como los bolívares.

En mi criterio, esto último no solo es producto, como decía, de la hiperinflación y las consecuencias de la guerra económica sino de la política económica que se supone vino a enfrentarla. Ya hemos hablado sobre ello, pero no está de más enumerar sus características principales. Además de todo lo ya dicho sobre las facilidades para el uso de otras monedas distintas al bolívar, debemos agregar al menos lo siguiente: 1) una devaluación en torno al 98% del bolívar soberano desde su entrada en circulación el 20 de agosto de 2018; 2) un anclaje salarial que lo mantiene en niveles mínimos, alrededor de unos 6 dólares mensuales, 55 veces por debajo de sus pares regionales mientras los precios –formalmente liberados– ya superan en muchos casos al promedio regional en sus rubros respectivos. 3) A la par, la liquidez monetaria en términos reales –contada la inflación– ha caído en torno también a un 90, todo lo cual constituye la lobotomía monetaria que en conjunción al shock cambiario de enero de este año (ocurrido a raíz de la “sorpresiva” aparición de Interbanex) ha prácticamente dejado sin bolívares los bolsillos de los venezolanos y venezolanas.

¿Una dolarización sin dólares?

Es una pregunta de respuesta compleja, pues tal y como vimos, al tamaño que se ha visto reducida la economía venezolana parece necesaria una baja cantidad de dólares para su conversión. Sin embargo, y dejando de lado el hecho que con todo, el tamaño de la economía venezolana es mayor a eso (lo que es otro debate), paradójicamente, es probable que lo que a la larga evita y evitará la dolarización definitiva u oficial son las sanciones norteamericanas, cuyo torniquete se dirige, precisamente. a reducir a su mínima expresión el ingreso de divisas.

En tal virtud, como hemos comentado antes, lo más probable en el corto plazo de seguir las cosas tal cual van, es que se profundice más las desbolivarización de la economía venezolana, siendo que nuestra moneda de curso legal siga siendo reemplazada tanto por el dólar de los Estados Unidos como por otras monedas, entre ellas el peso colombiano y el real en las respectivas fronteras con Colombia Y Brasil. A ello hay que sumarle las criptomonedas, pero también el Euro. Este escenario –ya lo hemos dicho también– recuerda mucho y para nada reconfortantemente al de Zimbabue.

A la larga, es posible que tras ese período de anarquía monetaria se pase a la dolarización definitiva, lo que no sería mejor noticia dadas las implicaciones que ello conlleva y que podríamos volver a tocar en otra ocasión.

Como quiera que sea, ocurra una cosa o la otra o las dos, esperemos que entonces el gobierno no diga que el asunto lo tomó por sorpresa y fue inevitable. Si lo era y todavía lo es. Pero solo si abandona el dejad haced dejad pasad que las cosas se arreglan solas, que como ha quedado demostrado históricamente, lo único que arregla es que los intereses de los más fuertes se impongan sobre las grandes mayorías y en detrimento de éstas.

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