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[OPINIÓN] ¿Racismo en Venezuela?

racismo en Venezuela

Marielis Fuentes

“Es negrita pero buena gente”, “hay que trabajar como negros pa´ vivir como blancos”, “todas las negras son calientes”, “búscate un blanco pa´ que mejores la raza”, “pelo e´ tumusa”, todas las anteriores son frases muy arraigadas en el discurso cotidiano venezolano y conforman la estructura que naturaliza el racismo en nuestra cultura.

Aunque nos cueste aceptarlo, en Venezuela hay racismo, y este debate que parecía saldado con los avances legislativos e institucionales de los últimos años sigue hoy más vigente que nunca.

Nuestro país, rodeado por el mar Caribe, cuenta con grandes asentamientos afrodescendientes a lo largo y ancho del territorio, fundados a partir de una construcción histórica marcada por el colonialismo y la barbarie impuesta por los invasores españoles, quienes propiciaron el secuestro de millones de personas negras extraídas de África, para ser vendidas como fuerza de trabajo esclava en nuestro continente.

De ese pasado doloroso aún quedan resabios que suelen reproducirse a manera de “echadera de broma” o “mamadera de gallo” -como dicta el argot popular- en nuestro imaginario social y constituye la manifestación flagrante de la lógica jerárquica de la colonialidad del mundo moderno, que categoriza los cuerpos y ofrece privilegios a todo lo que no es blanco. La realidad nos demuestra lo delgada que es la línea entre lo supuestamente “inocente” y lo realmente aberrante.

Aunque para algunas personas el nivel de racismo autóctono no puede compararse con el vivido en países como Brasil o EEUU donde el exterminio sistemático de poblaciones negras e indígenas es política de estado, nuestro racismo es tan repudiable como cualquier otro y parte del camino hacia la solución es superar la negación.

Crimen de odio racista: caso Orlando Figuera

El 20 de mayo de 2017, el joven Orlando Figuera, fue quemado vivo, en plena Plaza Altamira de Caracas, epicentro de las manifestaciones violentas convocadas por sectores de la oposición venezolana de ultraderecha contra el gobierno Bolivariano, conocidas como “guarimbas”. La razón del asesinato: Orlando Figuera era negro, pobre y parecía chavista.

Todo el odio inoculado por décadas en el imaginario social en una parte de la sociedad venezolana de clase media o pudiente, desembocó aquel triste día contra Orlando, cuyo único error fue el de intentar cruzar la turba para llegar hasta la casa de sus familiares en el sector de Petare. Ese día Figuera no llegó a casa, fue interceptado por los “guarimberos” que después de golpearlo, apuñalarlo y prenderlo en candela, le gritaban “maldito negro” mientras el joven, de apenas 22 años, corría tratando de apagar el dolor que le producían las llamas consumiendo su cuerpo.

Tras 15 días agonizando en el hospital, Orlando Figuera muere a consecuencia de las quemaduras que cubrían el 90% de su cuerpo. A pesar de que existen múltiples vídeos y fotos como prueba del crimen de odio racista y clasista, que deja a una madre y familia devastada, el Ministerio Público del país logró la solicitud de aprehensión a través de Interpol contra solo uno de los implicados, Enzo Franchini Oliveros, indiciado de quemar vivo a Orlando, quien ya había abandonado el país para el momento. Al cabo de unos días, el gobierno de España niega la extradición y deja en libertad al asesino. El crimen contra Figuera sigue impune.

Los sectores de la mal llamada “Venezuela de bien”, configurado principalmente por las clases privilegiadas económicamente en el país, vienen usando el racismo como arma de guerra. Las protestas de 2014 y 2017, violentas en su mayoría, auspiciadas por la dirigencia opositora que en Venezuela representa a esos sectores de la sociedad de clases, han fomentado desde el discurso el vilipendio y estigmatización de la dirigencia chavista por su rasgos afro o indígenas. Una de las razones por las que nunca aceptaron al comandante Chávez era por ser un hombre negro y de origen campesino, el desprecio a la otredad ha sido el bastión de la antipolítica de la derecha opositora.  

Endorracismo en cifras

Pero no sólo el racismo en Venezuela opera desde lo blanco contra lo no blanco, revisando algunas cifras que aporta la última actualización en 2014 del Instituto Nacional de Estadísticas (INE), indica que: de un total de 27.050.003 millones de venezolanos y venezolanas, sólo el 0.67% se autoreconoce como afrodescendiente, mientras que el 2,68% se declara negro o negra, un 2.79% indígena, en contraste observamos que un 50.26% del total se autopercibe como moreno o morena, frente a un 42.48% que se asume blanca o blanco, en un país predominantemente mestizo.

Esos datos nos hablan de la autonegación racial afianzada en el sentimiento de rechazo hacia la propia identidad, pues la denominación morena o moreno a la que recurre más de la mitad de la población del país, denota la presencia del endorracismo, que según la escritora feminista afro venezolana Esther Pineda G. es: “el racismo desde dentro, una autodiscriminación emanada del sujeto que sufre y experimenta el prejuicio por su pertenencia étnico-racial”. [1]

Detrás de ese llamarse “moreno” o “morena” se encubre la necesidad de blanquearse, de alejarse de aquello que avergüenza, de aquello que no se quiere ser y que se desea olvidar, para encajar en un mundo donde lo blanco cuenta con la aceptación social y las mejores oportunidades.

Este blanqueamiento empuja a gran parte de la población venezolana descendiente de raíces africanas a renegar de su corporeidad, llegando a optar por intervenciones quirúrgicas o costosos tratamientos químicos para “suavizar” cualquier indicio de negritud, procedimientos que no solo cuentan con el aval de la medicina, sino que son auspiciados por la industria de la estética en el país, tan permeada por la idea de la “Miss” impuesta por el monarca de la discriminación racial y étnica Osmel Sousa.

Racismo en las cimientes

Continuando con el análisis de las cifras, según el informe del INE (2014), más del 20% de las personas autoreconocidas negros o negras viven en ranchos, de igual manera lo hacen alrededor de un 10% de afrodecendientes, 20% de morenos o morenas, en relación a menos del 9% de personas blancas.

Aquí hemos de tener en cuenta que es precisamente en las barriadas y zonas rurales donde habitan mayoritariamente las personas racializadas, que los cuerpos de seguridad del estado suelen tener una acción desmedida, tal como señala la campaña (2019) #BastaDeEjecucionesEnElBarrio del colectivo chavista de derechos humanos “Surgentes”.

Así mismo, el número de personas blancas que logran estudios superiores universitarios es mayor al número de personas no blancas, lo cual repercute en el acceso a espacios laborales mejor remunerados o formales, donde se requiere mano de obra cualificada.

También destaca el INE (2014) que “la población con un porcentaje mayor en condición de pobreza extrema son indígenas, seguidos de negros-negras y morenos-morenas. Esta situación se mantiene para los pobres no extremos”. Representado en porcentajes esto quiere decir que: sólo el 5.5% de personas blancas vive en pobreza extrema mientras el 41.48% de indígenas, el 13.08% de personas negras, el 9.35% de morenos y morenas, así como el 5.44% de afrodecendientes viven en precarias condiciones, con limitado acceso a servicios básicos como el agua, cloacas, aseo, electricidad o pertenencia de la tierra, esta última dependiente en gran medida de su propia fuerza de trabajo, siempre precarizada o no remunerada.

Y aunque las cifras datan de 6 años atrás, esa dura realidad en Venezuela persiste, no sólo eso, se ha agudizado en medio de una debacle multifactorial que tiene su punto de partida en la arremetida de la ultraderecha nacional e internacional, así como también en un deterioro institucional y el auge de la perversión de buena parte de la dirigencia política, que vio en el poder un medio para el beneficio individual a costa del detrimento colectivo.

Por supuesto todas estas situaciones de vulnerabilidad se incrementan cuando hablamos de mujeres y niñas negras, afro e indígenas, quienes además debemos enfrentar la hipersexualización de nuestros cuerpos y el uso de ellos como instrumentalización para la guerra, la violencia y el sicariato en los territorios.

El camino andado y lo que falta

Antes de la llegada del comandante Chávez la presencia mediática de las personas afro en las pantallas de cine y televisión era ínfima. Los y las pocas que lograban aparecer en una producción nacional solo podían hacerlo optando a papeles secundarios y estigmatizados; ser la sirvienta, la esclava o el malandro (ladrón) era lo común.

Con la irrupción cultural que supuso la revolución Bolivariana y con ella el reconocimiento de las banderas antirracistas en el país; gracias a la organización de los distintos movimientos que venían haciendo el proceso de cimarronaje cultural desde hace más de 500 años, esa violencia simbólica fue combatida, lográndose la creación de un ordenamiento legislativo e institucional, que permitió la difusión de contenidos, proyectos y campañas con una mayor representación diversa y pluricultural.

Para los sectores hegemónicos, este acto de reconocimiento étnico-racial representaba una amenaza y claro que lo es, fue el inicio del desmontaje de desigualdades y con ello un paso hacia la justicia social anhelada por las mayorías.

Lamentablemente tal como dijera el líder Bolchevique Lenin “la legalidad ante la ley no implica legalidad ante la vida”, hoy a pesar de contar con una Ley Contra la Discriminación Racial promulgada en 2011 y la apertura de diversas instituciones que promueven los derechos de la comunidad afro como CONADECAFRO (Consejo Nacional para el Desarrollo de las Comunidades Afrodescendientes de Venezuela), el racismo sigue lacerando nuestras entrañas.

La actual crisis sanitaria Covid-19 ha evidenciado en todos los países del mundo la profunda crisis civilizatoria del capitalismo global. En estos momentos el nivel de supervivencia esta mediado por la construcción histórica de sistemas de opresión y dominación instaurados por las supremacías siempre blancas, patriarcales, clasistas, fascistas y coloniales.

En un país como el nuestro, en donde la mayoría de la población vulnerable a migrado al trabajo informal como consecuencia de la hiperinflación y pauperización del salario, las medidas de aislamiento social y cuarentena obligatoria tienen un impacto desproporcional en quienes dependen del ingreso diario para el sustento de sus familias, gran parte de ellas cuerpos racializados.

Aunque el ejecutivo nacional implementa medidas paliativas como la entrega de bonos a las familias o bolsas de comida bajo el sistema CLAP (Comités Locales de Abastecimiento y Producción), acceso a pruebas Covid-19 gratuitas o la atención de salud casa a casa, ninguna de esas políticas viene acompañada de un estudio diferencial que reconozca el impacto según la pertenencia étnica o racial, sino que tiende a una atención homogénea que invisibiliza las diferencias y necesidades de quienes además de la pandemia sufrimos también el peso de la discriminación histórica.

En el caso de las personas afro migrantes peor suerte han corrido, puesto hasta el momento el grueso número de mujeres y hombres procedentes de Haití o países de raíces afro que viven en Venezuela han sido invisibles, careciendo de acciones en favor de su calidad de vida. Vale acotar que la mayoría de ellos y ellas representan la fuerza de trabajo informal que sostiene parte importante de nuestra vilipendiada economía.

Desde la práctica de base y la organización popular se han diseñado estrategias para mitigar el impacto que de manera diferenciada afecta a las poblaciones según el origen étnico-racial, así como para socializar las buenas prácticas que desde la gobernanza deben desarrollarse, sin embargo, el alcance en su implementación se ha visto limitado por una profunda desconexión entre las instancias de gestión institucional y el liderazgo comunitario. Sigue prelando aquello de que los asuntos afro o indígenas son relegados a los ministerios o instituciones especiales, que poco alcance llegan a tener, desconociendo que estos deben ser una política transversal en todas las esferas del orden estatal.

En el escenario de la “nueva normalidad” las poblaciones negras e indígenas requerimos se supere la política de la caridad o el asistencialismo, que cree que lanzando migajas puede subsanar las amplias brechas.

El sistema Patria (plataforma tecnológica social) ha sido el medio por el cual el gobierno nacional monitorea en tiempo real los posibles casos de contagio, también ha servido como medio de consulta sobre temas de interés nacional como prosecución de la educación a distancia o sondeo acerca de la percepción de la población venezolana sobre la actual situación, sin embargo, este sistema aún carece de traducción a las diversas lenguas indígenas, este es uno de los tantos ejemplos que demuestran la urgencia de transversalizar el enfoque étnico-racial-género en la gestión de la actual pandemia. Es imperativo recuperar la escucha activa, la participación protagónica que respeta la diversidad y reconoce el valor de la ancestralidad.

El racismo es un sistema de dominación y exclusión estructural, presente en el mundo basándose en la supuesta superioridad de una raza sobre el resto, por tanto, pretender que Venezuela es una excepción más que ingenuo, configura en sí mismo la reproducción por omisión de la lógica de la supremacía blanca.

Así como en el mundo la pobreza tiene rostro de mujer, también tiene un color de piel. Gestionar la pandemia sin tener claridad de ello es andar a tientas en un mar picado y lleno de agua mala.

Exigimos un estado con la suficiente voluntad política como para impulsar medidas que generen acciones afirmativas de manera diferenciada, y una sociedad lo suficientemente consciente como para tejer desde lo local la respuesta popular que mitigue los impactos desproporcionales en las poblaciones más vulnerables.

Aquí un llamado también a toda la sociedad, pues no será criminalizando y revictimizando a la negritud con falsas acusaciones de un supuesto “racismo a la inversa” históricamente imposible -pues nunca ha existido un apartheid contra la blanquitud- que lograremos la transformación necesaria. Tampoco será protegiendo los intereses de las clases dominantes de siempre.

Hoy, cuando el mundo se consterna ante el asesinato de George Floyd, que se suma a la sangrienta lista de jóvenes negros masacrados en los EEUU a manos de la supremacía Ku Klux Klan envestida de “fuerzas del orden”, hoy cuando se levanta la consigna que recuerda que #BlackLivesMatter (las vidas negras importan), cuando nos cuesta respirar y todo lo conocido se vuelve inusual, más que nunca debe primar el cuidado de la vida humana, del planeta, de la dignidad y del respeto a la pluriculturalidad como el centro del rol social, de lo contrario, algo siempre nos va a fallar.

Nota

[1] Pineda G, Esther. (2017). Racismo, endorracismo y resistencia. Caracas: Editorial el Perro y la Rana. P 55.

Publicado originalmente en CLACPI. Foto de portada de Cacica Honta

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